Autor: Eduard Punset 5 octubre 2008
Helen Fisher, Antropóloga
Recientemente, los científicos han comenzado a analizar el amor, algo que había estado reservado para los poetas y literatos. Científicos como Helen Fisher ahora miran con en el escáner el cerebro de personas locamente enamoradas o deprimidas por la pérdida de un gran amor y han descubrierto la importancia fundamental de los factores biológicos y hormonales de las substancias químicas en el proceso de amar.
Fecha de la entrevista: 2007-05-30
Lugar de la entrevista:
Web oficial de Helen Fisher.
The science of love, and the future of women, vídeo de la charla de Helen Fisher en los TED Talks.
Entrevista a Helen Fisher en el Magazine de El Mundo.
Helen Fisher es investigadora del Departamento de Antropología de la Universidad de Rutgers, EE.UU. Ha conducido un extenso estudio sobre la evolución, la expresión y la ciencia del amor. Es autora de varios libros como ¿Por qué amamos? que describe cada aspecto de la experiencia de enamorarse desde un punto de vista científico.
Eduard Punset:
¿Por qué nos gusta una persona en concreto entre todas las demás?
Helen Fisher:
Es una pregunta muy difícil. Nadie sabe la respuesta. Sabemos que interviene un componente cultural muy importante. El momento también es muy importante: hay que estar dispuesto a enamorarse. La gente tiende a enamorarse de alguien que tiene alrededor, próxima; nos enamoramos de personas que resultan misteriosas, que no se conocen bien.
"Los hombres se enamoran más deprisa que las mujeres y ello tiene una
explicación evolutiva", dice Fisher a Punset. (Imagen: Smartplanet)
EP:
Los hombres se enamoran más deprisa que las mujeres. Y esto también tiene una explicación evolutiva.
HF:
Sí. Tres de cada cuatro personas que se suicidan cuando una relación se acaba son hombres. Los hombres son tan apasionados como puedan serlo las mujeres y, en efecto, se enamoran más deprisa. A mí me interesan las semejanzas en el cerebro de hombres y mujeres pero algunos de mis colegas me sugerían analizarlos por separado para ver si existían diferencias. Pensé que era buena idea y, en un experimento que realizamos con diez mujeres y siete hombres, descubrimos algunas diferencias de género, aunque no en el aspecto pasional, porque tienden a sentir lo mismo…
EP:
Los dos son igualmente apasionados.
HF:
Sí, pero en los hombres descubrimos una mayor actividad en una pequeña región cerebral asociada con la integración de los estímulos visuales. Eso tiene sentido: el negocio de la pornografía se apoya en los hombres y las mujeres se pasan la vida intentando agradar con su aspecto a los hombres… Durante millones de años, el hombre ha tenido que mirar bien a la mujer y tomarle la medida para ver si ella le daría un niño saludable.
EP:
Increíble. O sea que las imágenes visuales son más importantes que el olor, por ejemplo.
HF:
No estoy segura. Lo cierto es que somos primates, nuestros antepasados descendieron de los árboles, y si te caías del árbol morías. Así que somos un animal que tiene un sentido del olfato reducido. Por eso lo llaman amor a primera vista, no amor a primera olida.
EP:
Es cierto…
En el caso de las mujeres, el enamoramiento se asocia con una
mayor actividad con áreas cerebrales relacionadas con
la capacidad de rememorar. (Imagen: Smartplanet)
HF:
Pero hemos hallado algo entre las mujeres que me sorprendió muchísimo. Descubrimos en ellas una mayor actividad en unas tres áreas diferentes, asociadas con la memoria y la rememoración, no simplemente con la capacidad de recordar. Y al principio lo no entendí, pero luego pensé que, durante millones de años, una mujer no podía mirar a un hombre y saber si podía ser un buen padre y un buen marido. Para saberlo, tenía que recordar. Tenía que recordar lo que había dicho el último día de San Valentín, cómo se había comportado con anterioridad.
EP:
Y es verdad que se acuerdan.
HF:
…y nos acordamos. Y esperamos que se cumpla lo dicho. Y nos llamamos las unas a las otras por teléfono, y lo recitamos, para estar seguras de que nos acordaremos. Es un mecanismo de adaptación que las mujeres probablemente han poseído durante cuatro millones de años, para conseguir al hombre adecuado.
EP:
¿Y qué le sucede al cerebro de los mamíferos cuando están realmente locos de amor?
HF:
Hallamos actividad en muchas partes del cerebro, pero las dos cosas más importantes fueron la actividad en una pequeñísima fábrica que hay cerca de la base del cerebro, llamada el área ventral tegmental. Y lo que hace esa fábrica es producir dopamina, un estimulante natural: un estimulante que proporciona sensaciones de plenitud, euforia y cambios de humor.
La química del amor: ¿qué sucede en nuestro
cerebro cuando nos enamoramos? (3 min 23 seg).
La magia de la química amorosa
EP:
Pero, realmente, ¿es todo química?
HF:
Yo tengo que decirles que sí, que todo es química. Cada vez que producimos un pensamiento, o tenemos una motivación, o experimentamos una emoción, siempre se trata de química. Sin embargo, se pueden conocer todos y cada uno de los ingredientes de un pastel de chocolate, pero todavía nos gusta sentarnos y comerlo. De la misma manera, podemos conocer toda la química que hay detrás del amor romántico –todavía no la conocemos toda, pero estamos empezando a conocerla en parte- y todavía ser capaces de captar toda su enorme magia.
EP:
Has mencionado el chocolate. Parece ser que el chocolate activa los mismos tipos de neuronas que el amor romántico, y es por eso que ambos son adictivos. ¿Es así?
HF:
Sí, el amor romántico es adictivo.
EP:
Helen, hay algo en lo que todo el mundo estaría de acuerdo: es lo que tu llamas el impulso sexual, el impulso sexual general. Sin él no habría niños y los genes no se perpetuarían.
HF:
El impulso sexual es diferente del amor romántico y es diferente del afecto. También creo que han evolucionado por razones diferentes. El impulso sexual evolucionó para que saliéramos a buscar a nuestras parejas. Creo que el amor romántico es el impulso verdadero, porque emana de este cerebro primitivo y es más fuerte que el impulso sexual. Cuando estamos locamente enamorados, queremos irnos a la cama con nuestra pareja, pero lo que realmente queremos es que nos llame por teléfono, que nos invite a cenar, y se crea una unión emocional. De hecho, una de las características principales del amor romántico es el deseo de contacto sexual… y de exclusividad sexual. Cuando nos acostamos con alguien y no lo amamos, no nos importa realmente si también se acuesta con otros. Pero cuando nos enamoramos, pasamos a ser realmente posesivos. En la comunidad científica lo llamamos ”vigilancia de la pareja”. El amor romántico es muy peligroso. Lleva consigo una gran felicidad y una gran tristeza. Cuando se nos rechaza estando enamorados, hay personas que pueden matarse, o matar a otra persona.
El deseo sexual y el amor son cosas distintas y los
caminos cerebrales que los rigen también son diferentes. (2 min 01 seg).
EP:
Algo de lo que os habéis dado cuenta es que, en el cerebro, el amor y el odio se parecen mucho. De hecho, si se analizan los ciclos cardiacos de una persona, no se puede apreciar la diferencia entre si una persona acaba de matar a otra o ha tenido un orgasmo.
HF:
El amor y el odio son muy parecidos. La indiferencia es su contrario. Y hacemos las dos cosas: amamos a la persona y la odiamos al mismo tiempo. Y aquello por lo que suspiramos es la indiferencia. De hecho, el amor y el odio tienen mucho en común. Cuando odiamos, concentramos nuestra atención tanto como cuando amamos. Cuando amamos o cuando odiamos, nos obsesiona pensar en ello. Tenemos una gran cantidad de energía, nos cuesta comer y nos cuesta dormir. El amor y el odio tienen mucho en común.
EP:
Y luego, o al final, casi siempre llega la ruptura y la desesperación. Todo salta por los aires, y aparecen la tristeza y la depresión.
HF:
Una tristeza enorme.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Vivimos en el pasado
Autor: Eduard Punset 5 octubre 2008
Ranulfo Romo, neurobiólogo
Todo lo que conocemos del mundo nos llega por los cinco sentidos. Empezamos a conocer cómo transformamos en señales eléctricas lo que la retina envía al cerebro. Incluso conocemos la proteína con la que fabricamos los colores que hasta ahora creíamos que estaban en el universo. Pero lo que no sabíamos es que, sin la memoria, no existe el mundo ni el universo. Esto quiere decir que cuando pensamos o hablamos, lo hacemos siempre desde el pasado.
Fecha de la entrevista: 2007-04-05
Lugar de la entrevista: México DF
Perfil académico de Ranulfo Romo en la web de la UNAM (castellano).
Perfil académico de Ranulfo Romo en la web del Howard Hughes Medical Institute (inglés).
Cambian 100 años de teoría cerebral, artículo sobre una investigación de Ranulfo Romo cuyos resultados podrían tener importantes consecuencias para el tratamiento de enfermedades neurodegenerativas.
Los trabajos de de Ranulfo Romo sobre los códigos neuronales de la percepción, la memoria y la decisión están resultando decisivos en la neurobiología actual. Hoy nos habla de un gran enigma aún por descifrar: cómo es la relación entre la actividad neuronal y nuestros sentidos.
Clip de la entrevista entre Punset y Romo (3 min 03 seg).
Eduard Punset:
Ramulfo, se te recordará por muchas cosas. Una que a mí me fascina es que, después de haber pasado años investigando con monos Rhesus, con personas y computadores, llegaste a la conclusión de que el mundo no existiría sin la memoria.
Ramulfo Romo:
Por supuesto. Y parece una conclusión muy lapidaria y contundente. Pero te voy a dar un ejemplo muy sencillo: los pacientes con la enfermedad de Alzheimer han perdido todos los circuitos cerebrales que tienen que ver con guardar la información de la experiencia a través de años y años. Son capaces aún de sentir cosas con las manos, de ver, de oír y de degustar, pero son incapaces de reconocer el entorno en el que están viviendo, de reconocer una pregunta o la cara de un familiar. En nuestro cerebro hay una maravilla de circuitos cerebrales que son capaces de guardar nuestra experiencia y que nos permite tener una identidad. Algo mucho más contundente es el hecho de que a través de la historia fuimos pasando la información -primero lo hicimos oralmente-, la guardamos en memoria y con eso podíamos hacer cosas. En nuestro cerebro traemos todo el pasado y sin el pasado no podemos saber lo que somos en este momento.
EP:
En realidad, cuando estamos hablando tú y yo, ¿estamos en el pasado?
RR:
Estamos en el pasado. De hecho, la pregunta que me hiciste originalmente se retrasó unas milésimas de segundo en mi cerebro para que yo la pudiera procesar. Y todas las respuestas que estoy emitiendo en este momento están en el pasado.
Punset y Romo en el laboratorio del científico. (Imagen: smartplanet)
EP:
¿Tu cerebro está echando mano de la memoria?
RR:
Sí, pero además todo es el pasado. Vivimos en el pasado. Lo que entendemos como el presente, no es otra cosa más que el pasado.
EP:
Cuando no hay memoria, cuando no hay precedentes archivados en la memoria, ¿quién la sustituye? ¿Es la imaginación?
RR:
Es la asociación. Una de las grandes virtudes que tiene nuestro cerebro afortunadamente es que puede generalizar. Puede ir más allá de lo que ha aprendido y ha guardado en la memoria. Nuestro cerebro es capaz de ir transformando estas experiencias y puede transformar también la información que aporta la realidad. Lo hace de tal manera que ya no sabes cuál es la realidad: si la que traes en el cerebro o la que te está entrando a través de los órganos de los sentidos.
No podemos prestar atención siempre a lo mismo
EP:
Después de experimentar cuidadosamente con los monos Rhesus, dices que, a medida que prolongas el estímulo sensorial al mono, en la misma medida disminuye la intensidad de la descarga neuronal. En otras palabras, es como si el tiempo, la prolongación del estímulo, produjera una adaptación neural que, en un caso muy particular en el que estoy pensando ahora -la vida de una pareja- podría llevar al desafecto.
Un viaje por el cerebroRR:
En nuestro trabajo de investigación, -ese ambiente frío y minimalista del laboratorio donde se ponen a prueba hipótesis de trabajo, donde los estímulos ya no son tan naturales y no ocurren como en nuestra vida diaria sino que son controlados por las computadoras- la fisiología sensorial nos enseña algo muy valioso: nosotros no podemos estar prestando atención a la información sensorial todo el rato por el resto de nuestros días. En algún momento, este proceso tiene que romperse. Y lo que hemos observado en el laboratorio es que la atención del observador que tenemos en el cerebro se enfoca en un periodo limitado del estímulo. Lo que hacen las neuronas es que en los primeros segundos prestan atención a esta información y van decayendo de a poco, ya no miran a esa información aunque el estímulo esté presente ahí. Esto nos indica que nuestro cerebro no puede estar mirando o escuchando permanentemente lo mismo. Lo que el cerebro hace es detectar transientes, cambios que son relevantes en nuestra vida. Es como cuando comemos: si es siempre el mismo sabor, queda poco interés en el platillo.
EP:
Y tampoco es posible sentir asco todo el rato.
RR:
O estar escuchando la misma explicación de un colega sin perder la atención. Las neuronas reflejan este mecanismo adaptativo que le permite a nuestro cerebro enfocar su atención en un instante de tiempo. En relación con la vida en general, yo creo que hay algo de eso también.
EP:
Hay algo.
RR:
Sin ser un consejero matrimonial ni ser el doctor amor, yo quiero imaginarme que las relaciones humanas se mantienen gracias a que hay un componente atractivo de cambios continuamente. No podemos mantener la misma estrategia siempre con el mismo individuo para mantener el interés. Tenemos que hacer variaciones del mismo tema. Es como cuando estás tocando alguna pieza: pues ahora hazle algunas modificaciones aquí para llamar la atención.
Los colores, una construcción del cerebro
EP:
Te voy a hablar de un tema que me ha fascinado durante muchos años, que he discutido con mis amigos artistas que tienen una fijación por los colores y te voy a decir de qué se trata. Si voy andando por la playa y me echan una pelota, en un instante sé del volumen de la pelota, a la velocidad a la que ha venido, de dónde me ha venido y la veo de un color. Y cuando hablo con vosotros, me decís “estos colores no están en la naturaleza”, están en tu cerebro. Y cuando yo hablo con mis amigos pintores y les digo que no están en la naturaleza… bueno, me correrían a palos. Hablemos un poco de la percepción de los colores.
RR:
Esto es fascinante. El tema que siempre me ha fascinado es la representación de la realidad del cerebro. Cuando yo le dije a un colega que la realidad estaba en el cerebro, puso el grito en el cielo y dijo “pero si ahí están las estrellas, eso es física y aquí están las piedras y aquí estamos sentados”. Estamos sentados y están las estrellas y estamos sintiendo todo gracias a nuestro cerebro porque la realidad está en el cerebro. Es una paradoja que la realidad esté en el cerebro y que también haya una realidad física. No hay duda de que el mundo existe: los mares y el cosmos están ahí. Pero con esta realidad que está en nuestro cerebro, hemos construido todo nuestro universo. Yo no sé cuál será el universo del mono o de la rata; de hecho, la rata no utiliza la modalidad visual ni auditiva, utiliza los bigotes para explorar el universo y por ello tiene una representación del universo basada en la información que entra por sus bigotes. Nosotros, los primates superiores, generamos una realidad basada en las propiedades limitadas que tienen nuestros órganos de los sentidos y que amplificamos a través del mecanismo de representaciones neurales. Pero no hay duda de que estas están en el cerebro.
Dando nombre a los colores:
(5 min 45 seg).
A lo largo de la historia, no todos los colores tenían nombre. Algunos de los que hoy nos parecen tan distintos como el verde y el rojo incluso recibían un mismo nombre. Y el gris, el marrón o el rosado son producto de nuestra mente porque el que ve, en realidad, es el cerebro.
EP:
Sí…
RR:
Yo puedo ver tu cara y su contorno en tres dimensiones, pero en realidad la entrada de información a mi aparato visual es plano, en dos dimensiones, y mi cerebro se encarga de ponerlo en tercera dimensión y de darte la forma. La textura como tal tampoco existe: es una abstracción, un agregado que le pone el cerebro así como también el color. El color que creemos que tienen los objetos es una construcción central de nuestro cerebro que después proyectamos hacia fuera. El cerebro interno se vuelve exocerebro mandando proyecciones hacia fuera. Yo puedo evocarte sensaciones activando artificialmente ciertas zonas internas de tu cerebro, pero las expresiones subjetivas de esas sensaciones y de esas percepciones son hacia fuera. Entonces no me extraña que lo que defiende el pintor es el color de los objetos. Pero esos colores tan interesantes que está plasmando son proyecciones del cerebro.
EP:
Para complicar más las cosas aún, con esta historia de los colores, resulta que habéis identificado la proteína en la retina que permite ver tres colores y no más: el azul, el rojo, y el verde, y con eso nos las apañamos. ¿Esto es corecto?
RR:
Sí. Esto es un descubrimiento muy bonito realizado por unos colegas de la universidad John Hopkins ya hace unos quince años aproximadamente y que indica algo fundamental: no todo es neuronal, no todo es cerebro.
EP:
Claro.
RR:
Nuestros órganos sensores son un aparato preneuronal que transducen energías. En el caso de la visión de los colores, la energía luminosa es absorbida por estas proteínas que son las que codifican la longitud de onda. Estas proteínas la absorben, la codifican y luego se la pasan a las neuronas que están en la retina. Y lo que transmiten al cerebro esas neuronas -y eso es verdaderamente lo sorprendente- son unas chispitas eléctricas que van por los circuitos cerebrales hasta llegar a lo que se conoce como la corteza visual, que está en la parte de atrás de nuestro cráneo. En esa zona se forma un mapa espacial -porque tenemos que localizar algo en el espacio- y además, lo que está en ese mapita, lo que está asociado con esas proteínas puede estar codificado en el circuito en forma de colores.
El cerebro construye la realidad, pero no todo es neuronal,
explica Romo. (Imagen: smartplanet)
EP:
Tres colores.
RR:
Pero además el cerebro se encarga posteriormente de hacer combinaciones. Estas combinaciones no son de tipo categórico sino que son una especie de continuo que permite el llenar esos picos que son estas longitudes de onda. Y esto es una verdadera maravilla porque sucede en el circuito cerebral, en nuestra corteza visual.
EP:
Y mi perra no tiene esto…
RR:
Algunos animales no tienen esta capacidad porque no tienen la proteína que absorbe estas longitudes de onda ni tampoco este ni circuito neural que genera estos colores.
El sabor de las cosas
EP:
Vamos a por el penúltimo: el sabor de las cosas. Tú y otros escritores habéis rememorado su vida de niños y decís “es que recuerdo el sabor, el olor” y venís los neurólogos y me decís que las células gustativas son mediocres, no se renuevan fácilmente y se mueren. El secreto está en las olfativas. Es gracias al olfato que recuerdas el sabor de las cosas. El olfato es fantástico, las células gusativas no tanto.
RR:
El aparato preneuronal al que nos referíamos al hablar de la percepción de los colores es fundamental para lo que hace nuestro cerebro, porque lo único que recibe nuestro cerebro son chispitas eléctricas que vienen de cada una de las modalidades sensoriales. En el caso del sistema olfativo, se descubrió una familia de proteínas que están en la mucosa nasal. Esas proteínas son receptoras de ciertos componentes químicos -los olores que se le pegan- y están conectadas a las fibras eléctricas que las llevan en forma de chispitas al cerebro y donde generan mapas de representación odorífica. Lo fantástico de esto es que ¿cómo es posible que el olor que experimentaste hace treinta años con algún platillo exquisito que preparó la abuela, lo puedas asociar con sentimientos, con afectos, pero además con espacios visuales, acústicos?
El olfato como herramienta de trabajo:
(4 min 35 seg).
Confrontados diariamente con intensos olores desde la cocina, el hospital y el cuartel de bomberos, tres profesionales nos cuentan sus particulares experiencias olfativas.
EP:
Es increíble.
RR:
Lo que pasa es que esta información que entra a través del olfato va a la parte más vieja del cerebro que tiene que ver con la información en general, que a través de la evolución filogenética de los organismos ha permitido guardar las memorias. Es por eso que los perros, los gatos o las ratas tienen una memoria mucho mejor que la nuestra. En nuestro caso lo podemos recrear de una manera más linda con aspectos emotivos. Estos circuitos están conectados prácticamente con todo, y es por eso que nos permite hacer asociaciones auditivas, visuales y afectivas con el olfato. Es una maravilla.
EP:
Llevas unos treinta años trabajando sobre la neurología de la percepción. Después de ese tiempo, ¿crees que podrías dedicar otros treinta años profundizando en eso, o ya estás al borde de saberlo casi todo?
RR:
Yo creo que una de las cosas que el ser humano debe entender es que jamás podrá entenderse a sí mismo porque es el cerebro tratando de entenderse. Así como hemos discutido a lo largo de esta charla que el cerebro nos engaña, el cerebro también nos puede generar una ilusión de que estamos en vías de poder entenderlo. Pero pienso que es una trampa, y esa trampa es muy bella porque creo que nos va a mantener activos por la ilusión de que hay algo que podemos entender. Yo pienso que estoy muy lejos, aunque yo creo que una de las funciones que algún día vamos a entender muy bien es la percepción. Y creo que estamos muy cercanos de entender cómo vemos, cómo miramos, cómo oímos, cómo escuchamos, y cómo sentimos, cómo elaboramos nuestras percepciones, cómo hacemos asociaciones entre todas estas cosas. Prácticamente ya entendemos la biofísica y la neurobiología de estos procesos. Lo que no entendemos todavía es la parte subjetiva de nuestras percepciones, cómo emana nuestra subjetivad -que yo creo que es la parte más atractiva del ser humano-. En los próximos años, creo que vamos a enfocar este aspecto subjetivo del individuo y de hecho es una de mis grandes pasiones. No sé hasta dónde se puede llegar, pero es como un marinero que se lanza al mar. ¿Qué tal si descubrimos América otra vez
Ranulfo Romo, neurobiólogo
Todo lo que conocemos del mundo nos llega por los cinco sentidos. Empezamos a conocer cómo transformamos en señales eléctricas lo que la retina envía al cerebro. Incluso conocemos la proteína con la que fabricamos los colores que hasta ahora creíamos que estaban en el universo. Pero lo que no sabíamos es que, sin la memoria, no existe el mundo ni el universo. Esto quiere decir que cuando pensamos o hablamos, lo hacemos siempre desde el pasado.
Fecha de la entrevista: 2007-04-05
Lugar de la entrevista: México DF
Perfil académico de Ranulfo Romo en la web de la UNAM (castellano).
Perfil académico de Ranulfo Romo en la web del Howard Hughes Medical Institute (inglés).
Cambian 100 años de teoría cerebral, artículo sobre una investigación de Ranulfo Romo cuyos resultados podrían tener importantes consecuencias para el tratamiento de enfermedades neurodegenerativas.
Los trabajos de de Ranulfo Romo sobre los códigos neuronales de la percepción, la memoria y la decisión están resultando decisivos en la neurobiología actual. Hoy nos habla de un gran enigma aún por descifrar: cómo es la relación entre la actividad neuronal y nuestros sentidos.
Clip de la entrevista entre Punset y Romo (3 min 03 seg).
Eduard Punset:
Ramulfo, se te recordará por muchas cosas. Una que a mí me fascina es que, después de haber pasado años investigando con monos Rhesus, con personas y computadores, llegaste a la conclusión de que el mundo no existiría sin la memoria.
Ramulfo Romo:
Por supuesto. Y parece una conclusión muy lapidaria y contundente. Pero te voy a dar un ejemplo muy sencillo: los pacientes con la enfermedad de Alzheimer han perdido todos los circuitos cerebrales que tienen que ver con guardar la información de la experiencia a través de años y años. Son capaces aún de sentir cosas con las manos, de ver, de oír y de degustar, pero son incapaces de reconocer el entorno en el que están viviendo, de reconocer una pregunta o la cara de un familiar. En nuestro cerebro hay una maravilla de circuitos cerebrales que son capaces de guardar nuestra experiencia y que nos permite tener una identidad. Algo mucho más contundente es el hecho de que a través de la historia fuimos pasando la información -primero lo hicimos oralmente-, la guardamos en memoria y con eso podíamos hacer cosas. En nuestro cerebro traemos todo el pasado y sin el pasado no podemos saber lo que somos en este momento.
EP:
En realidad, cuando estamos hablando tú y yo, ¿estamos en el pasado?
RR:
Estamos en el pasado. De hecho, la pregunta que me hiciste originalmente se retrasó unas milésimas de segundo en mi cerebro para que yo la pudiera procesar. Y todas las respuestas que estoy emitiendo en este momento están en el pasado.
Punset y Romo en el laboratorio del científico. (Imagen: smartplanet)
EP:
¿Tu cerebro está echando mano de la memoria?
RR:
Sí, pero además todo es el pasado. Vivimos en el pasado. Lo que entendemos como el presente, no es otra cosa más que el pasado.
EP:
Cuando no hay memoria, cuando no hay precedentes archivados en la memoria, ¿quién la sustituye? ¿Es la imaginación?
RR:
Es la asociación. Una de las grandes virtudes que tiene nuestro cerebro afortunadamente es que puede generalizar. Puede ir más allá de lo que ha aprendido y ha guardado en la memoria. Nuestro cerebro es capaz de ir transformando estas experiencias y puede transformar también la información que aporta la realidad. Lo hace de tal manera que ya no sabes cuál es la realidad: si la que traes en el cerebro o la que te está entrando a través de los órganos de los sentidos.
No podemos prestar atención siempre a lo mismo
EP:
Después de experimentar cuidadosamente con los monos Rhesus, dices que, a medida que prolongas el estímulo sensorial al mono, en la misma medida disminuye la intensidad de la descarga neuronal. En otras palabras, es como si el tiempo, la prolongación del estímulo, produjera una adaptación neural que, en un caso muy particular en el que estoy pensando ahora -la vida de una pareja- podría llevar al desafecto.
Un viaje por el cerebroRR:
En nuestro trabajo de investigación, -ese ambiente frío y minimalista del laboratorio donde se ponen a prueba hipótesis de trabajo, donde los estímulos ya no son tan naturales y no ocurren como en nuestra vida diaria sino que son controlados por las computadoras- la fisiología sensorial nos enseña algo muy valioso: nosotros no podemos estar prestando atención a la información sensorial todo el rato por el resto de nuestros días. En algún momento, este proceso tiene que romperse. Y lo que hemos observado en el laboratorio es que la atención del observador que tenemos en el cerebro se enfoca en un periodo limitado del estímulo. Lo que hacen las neuronas es que en los primeros segundos prestan atención a esta información y van decayendo de a poco, ya no miran a esa información aunque el estímulo esté presente ahí. Esto nos indica que nuestro cerebro no puede estar mirando o escuchando permanentemente lo mismo. Lo que el cerebro hace es detectar transientes, cambios que son relevantes en nuestra vida. Es como cuando comemos: si es siempre el mismo sabor, queda poco interés en el platillo.
EP:
Y tampoco es posible sentir asco todo el rato.
RR:
O estar escuchando la misma explicación de un colega sin perder la atención. Las neuronas reflejan este mecanismo adaptativo que le permite a nuestro cerebro enfocar su atención en un instante de tiempo. En relación con la vida en general, yo creo que hay algo de eso también.
EP:
Hay algo.
RR:
Sin ser un consejero matrimonial ni ser el doctor amor, yo quiero imaginarme que las relaciones humanas se mantienen gracias a que hay un componente atractivo de cambios continuamente. No podemos mantener la misma estrategia siempre con el mismo individuo para mantener el interés. Tenemos que hacer variaciones del mismo tema. Es como cuando estás tocando alguna pieza: pues ahora hazle algunas modificaciones aquí para llamar la atención.
Los colores, una construcción del cerebro
EP:
Te voy a hablar de un tema que me ha fascinado durante muchos años, que he discutido con mis amigos artistas que tienen una fijación por los colores y te voy a decir de qué se trata. Si voy andando por la playa y me echan una pelota, en un instante sé del volumen de la pelota, a la velocidad a la que ha venido, de dónde me ha venido y la veo de un color. Y cuando hablo con vosotros, me decís “estos colores no están en la naturaleza”, están en tu cerebro. Y cuando yo hablo con mis amigos pintores y les digo que no están en la naturaleza… bueno, me correrían a palos. Hablemos un poco de la percepción de los colores.
RR:
Esto es fascinante. El tema que siempre me ha fascinado es la representación de la realidad del cerebro. Cuando yo le dije a un colega que la realidad estaba en el cerebro, puso el grito en el cielo y dijo “pero si ahí están las estrellas, eso es física y aquí están las piedras y aquí estamos sentados”. Estamos sentados y están las estrellas y estamos sintiendo todo gracias a nuestro cerebro porque la realidad está en el cerebro. Es una paradoja que la realidad esté en el cerebro y que también haya una realidad física. No hay duda de que el mundo existe: los mares y el cosmos están ahí. Pero con esta realidad que está en nuestro cerebro, hemos construido todo nuestro universo. Yo no sé cuál será el universo del mono o de la rata; de hecho, la rata no utiliza la modalidad visual ni auditiva, utiliza los bigotes para explorar el universo y por ello tiene una representación del universo basada en la información que entra por sus bigotes. Nosotros, los primates superiores, generamos una realidad basada en las propiedades limitadas que tienen nuestros órganos de los sentidos y que amplificamos a través del mecanismo de representaciones neurales. Pero no hay duda de que estas están en el cerebro.
Dando nombre a los colores:
(5 min 45 seg).
A lo largo de la historia, no todos los colores tenían nombre. Algunos de los que hoy nos parecen tan distintos como el verde y el rojo incluso recibían un mismo nombre. Y el gris, el marrón o el rosado son producto de nuestra mente porque el que ve, en realidad, es el cerebro.
EP:
Sí…
RR:
Yo puedo ver tu cara y su contorno en tres dimensiones, pero en realidad la entrada de información a mi aparato visual es plano, en dos dimensiones, y mi cerebro se encarga de ponerlo en tercera dimensión y de darte la forma. La textura como tal tampoco existe: es una abstracción, un agregado que le pone el cerebro así como también el color. El color que creemos que tienen los objetos es una construcción central de nuestro cerebro que después proyectamos hacia fuera. El cerebro interno se vuelve exocerebro mandando proyecciones hacia fuera. Yo puedo evocarte sensaciones activando artificialmente ciertas zonas internas de tu cerebro, pero las expresiones subjetivas de esas sensaciones y de esas percepciones son hacia fuera. Entonces no me extraña que lo que defiende el pintor es el color de los objetos. Pero esos colores tan interesantes que está plasmando son proyecciones del cerebro.
EP:
Para complicar más las cosas aún, con esta historia de los colores, resulta que habéis identificado la proteína en la retina que permite ver tres colores y no más: el azul, el rojo, y el verde, y con eso nos las apañamos. ¿Esto es corecto?
RR:
Sí. Esto es un descubrimiento muy bonito realizado por unos colegas de la universidad John Hopkins ya hace unos quince años aproximadamente y que indica algo fundamental: no todo es neuronal, no todo es cerebro.
EP:
Claro.
RR:
Nuestros órganos sensores son un aparato preneuronal que transducen energías. En el caso de la visión de los colores, la energía luminosa es absorbida por estas proteínas que son las que codifican la longitud de onda. Estas proteínas la absorben, la codifican y luego se la pasan a las neuronas que están en la retina. Y lo que transmiten al cerebro esas neuronas -y eso es verdaderamente lo sorprendente- son unas chispitas eléctricas que van por los circuitos cerebrales hasta llegar a lo que se conoce como la corteza visual, que está en la parte de atrás de nuestro cráneo. En esa zona se forma un mapa espacial -porque tenemos que localizar algo en el espacio- y además, lo que está en ese mapita, lo que está asociado con esas proteínas puede estar codificado en el circuito en forma de colores.
El cerebro construye la realidad, pero no todo es neuronal,
explica Romo. (Imagen: smartplanet)
EP:
Tres colores.
RR:
Pero además el cerebro se encarga posteriormente de hacer combinaciones. Estas combinaciones no son de tipo categórico sino que son una especie de continuo que permite el llenar esos picos que son estas longitudes de onda. Y esto es una verdadera maravilla porque sucede en el circuito cerebral, en nuestra corteza visual.
EP:
Y mi perra no tiene esto…
RR:
Algunos animales no tienen esta capacidad porque no tienen la proteína que absorbe estas longitudes de onda ni tampoco este ni circuito neural que genera estos colores.
El sabor de las cosas
EP:
Vamos a por el penúltimo: el sabor de las cosas. Tú y otros escritores habéis rememorado su vida de niños y decís “es que recuerdo el sabor, el olor” y venís los neurólogos y me decís que las células gustativas son mediocres, no se renuevan fácilmente y se mueren. El secreto está en las olfativas. Es gracias al olfato que recuerdas el sabor de las cosas. El olfato es fantástico, las células gusativas no tanto.
RR:
El aparato preneuronal al que nos referíamos al hablar de la percepción de los colores es fundamental para lo que hace nuestro cerebro, porque lo único que recibe nuestro cerebro son chispitas eléctricas que vienen de cada una de las modalidades sensoriales. En el caso del sistema olfativo, se descubrió una familia de proteínas que están en la mucosa nasal. Esas proteínas son receptoras de ciertos componentes químicos -los olores que se le pegan- y están conectadas a las fibras eléctricas que las llevan en forma de chispitas al cerebro y donde generan mapas de representación odorífica. Lo fantástico de esto es que ¿cómo es posible que el olor que experimentaste hace treinta años con algún platillo exquisito que preparó la abuela, lo puedas asociar con sentimientos, con afectos, pero además con espacios visuales, acústicos?
El olfato como herramienta de trabajo:
(4 min 35 seg).
Confrontados diariamente con intensos olores desde la cocina, el hospital y el cuartel de bomberos, tres profesionales nos cuentan sus particulares experiencias olfativas.
EP:
Es increíble.
RR:
Lo que pasa es que esta información que entra a través del olfato va a la parte más vieja del cerebro que tiene que ver con la información en general, que a través de la evolución filogenética de los organismos ha permitido guardar las memorias. Es por eso que los perros, los gatos o las ratas tienen una memoria mucho mejor que la nuestra. En nuestro caso lo podemos recrear de una manera más linda con aspectos emotivos. Estos circuitos están conectados prácticamente con todo, y es por eso que nos permite hacer asociaciones auditivas, visuales y afectivas con el olfato. Es una maravilla.
EP:
Llevas unos treinta años trabajando sobre la neurología de la percepción. Después de ese tiempo, ¿crees que podrías dedicar otros treinta años profundizando en eso, o ya estás al borde de saberlo casi todo?
RR:
Yo creo que una de las cosas que el ser humano debe entender es que jamás podrá entenderse a sí mismo porque es el cerebro tratando de entenderse. Así como hemos discutido a lo largo de esta charla que el cerebro nos engaña, el cerebro también nos puede generar una ilusión de que estamos en vías de poder entenderlo. Pero pienso que es una trampa, y esa trampa es muy bella porque creo que nos va a mantener activos por la ilusión de que hay algo que podemos entender. Yo pienso que estoy muy lejos, aunque yo creo que una de las funciones que algún día vamos a entender muy bien es la percepción. Y creo que estamos muy cercanos de entender cómo vemos, cómo miramos, cómo oímos, cómo escuchamos, y cómo sentimos, cómo elaboramos nuestras percepciones, cómo hacemos asociaciones entre todas estas cosas. Prácticamente ya entendemos la biofísica y la neurobiología de estos procesos. Lo que no entendemos todavía es la parte subjetiva de nuestras percepciones, cómo emana nuestra subjetivad -que yo creo que es la parte más atractiva del ser humano-. En los próximos años, creo que vamos a enfocar este aspecto subjetivo del individuo y de hecho es una de mis grandes pasiones. No sé hasta dónde se puede llegar, pero es como un marinero que se lanza al mar. ¿Qué tal si descubrimos América otra vez
El cerebro, teatro de las emociones
Autor: Eduard Punset 5 octubre 2008
Antonio Damasio, neurólogo, premio Príncipe de Asturias
El estudio de las emociones desde el punto de vista de las neurociencias es un campo relativamente novedoso. Antonio Damasio es uno de los pioneros en este tipo de investigaciones y una de las personas con más autoridad en el mundo para hablar sobre el tema. En esta charla con Eduard Punset, aborda desde la fisiología neuronal de las emociones hasta las consecuencias de ello para la educación.
Fecha de la entrevista: 2006-04-11
Lugar de la entrevista: Madrid
Web personal de Damasio en la Universidad de Southern California.
Información sobre Damasio en la web de la Fundación Premios Príncipe de Asturias.
Entrada sobre Damasio en la Wikipedia (castellano, inglés, portugués).
Antonio Damasio es profesor de la cátedra David Dornsife de neurociencia, neurología y psicología en la Universidad de Southern California donde también dirige el Instituto de Cerebro y Creatividad. En 2005, ganó el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica. Es autor de libros muy aclamados como La sensación de lo que ocurre, El error de Descartes o En busca de Spinoza: neurología de la emoción y los sentimientos.
Eduard Punset:
Dices que los sentimientos son esquivos, pero también que las emociones preceden a los sentimientos. Lo que afirmas, en realidad, es que las emociones son muy importantes. Y es increíble ver, si miramos a nuestro alrededor, lo poco que se sabe sobre las emociones.
Antonio Damasio:
¡Es cierto!
EP:
En las escuelas, en las instituciones o en un estadio de fútbol, a veces podemos encontrar racismo. Nadie le ha dicho a esa gente que detectar las diferencias, en el pasado remoto, en nuestros antepasados, era fundamental y probablemente necesario, pero que la situación hoy en día ha cambiado. Tras reflexionar tanto sobre las emociones y los sentimientos, ¿consideras que estamos todavía en una especie de desierto?
AD:
Estamos en un terreno menos desértico que hace diez años. El hecho de que hoy sepamos muchísimo más sobre la biología neuronal de las emociones y los sentimientos nos ha colocado en una posición distinta. El problema al que nos enfrentamos ahora es trasladar nuestro conocimiento científico al público general y también a la formulación de políticas. Es necesario que los líderes políticos y educativos lleguen a entender lo importante que son los conocimientos sobre la emoción y el sentimiento porque muchas de las reacciones que consideramos patológicas tienen que ver con las emociones, principalmente con las emociones sociales, y con la facilidad con la que se desencadenan y la manera en la que conducen a un conflicto social.
La reflexión sobre las emociones es un campo menos desértico que
hace diez años, Damasio explica a Punset. (Fuente: smartplanet)
EP:
Claro…
AD:
Por eso, uno de mis objetivos en el nuevo instituto que hemos inaugurado en la Universidad de California del Sur consiste en comprender las emociones sociales para poder abordar el conflicto social. Se trata de uno de los puntos principales de nuestro programa de investigación.
EP:
Un estímulo desencadena una emoción, pero estamos todavía en el cuerpo. Y afirmas que luego, a través de medios complicados, aparecerá un sentimiento. Y esto ya es un asunto de la mente.
AD:
Exacto.
EP:
¿Qué quieres decir, exactamente?
AD:
Es muy importante distinguir entre la fase de la emoción y la fase del sentimiento. Cuando experimentas una emoción, por ejemplo la emoción de miedo, hay un estímulo que tiene la capacidad de desencadenar una reacción automática. Y esta reacción, por supuesto, empieza en el cerebro, pero luego pasa a reflejarse en el cuerpo, ya sea en el cuerpo real o en nuestra simulación interna del cuerpo. Y entonces tenemos la posibilidad de proyectar esa reacción concreta con varias ideas que se relacionan con esas reacciones y con el objeto que ha causado la reacción. Cuando percibimos todo eso es cuando tenemos un sentimiento. Así que percibiremos simultáneamente que alguien ha gritado (y eso nos inquieta), que nuestra frecuencia cardiaca y nuestro cuerpo cambian, y que, cuando oímos el grito, pensamos que hay peligro, que podemos o bien quedarnos quietos y prestar mucha atención, o bien salir corriendo. Y todo este conjunto -el estímulo que lo ha generado, la reacción en el cuerpo y las ideas que acompañan esa reacción- es lo que constituye el sentimiento. Sentir es percibir todo esto, y por eso vuelve a situarse en la fase mental. De modo que empieza en el exterior, nos modifica porque así lo determina el cerebro, altera el organismo y entonces lo percibimos.
EP:
Es fascinante porque, aunque afirmas que las emociones pertenecen al cuerpo y los sentimientos a la mente, cuando explicas los sentimientos, dices que cuando tu equilibrio metabólico, tu fisiología, tu química interna, funcionan bien, entonces surge un sentimiento de tranquilidad.
AD:
Sí, así es. De placer. Porque percibes que tu cuerpo funciona bien. Y cuando tienes miedo, o estás enfadado, perturbas la fisiología normal, creas conflicto, creas falta de armonía, y es entonces cuando percibes que hay algo que no va bien y que ya no funciona.
“El equilibrio metabólico produce un sentimiento de
tranquilidad.” (Fuente: smartplanet)
EP:
Un colega tuyo, Armand Marie Leroi (un especialista en genética del Reino Unido), dice que la belleza también es así. Ha estudiado las mutaciones y afirma que cuando hay una falta de simetría -algo que está mal en un rostro-, indica que el metabolismo no está bien preparado. En esencia, dice que hay que destacar la importancia del equilibrio físico que significa mejores sentimientos, y quizá signifique también belleza.
AD:
Quizá signifique también más salud. Hay cierto grado de relación entre la belleza y la salud, y la armonía. Hay varios modos en los que estos conceptos operan conjuntamente. Pero no creo que sea aplicable a todas las situaciones.
EP:
Claro…
AD:
Encontramos excepciones de muchos tipos, pero hay cierta verdad en eso.
EP:
Cuando hablamos de dominar las pasiones, dices literalmente que no puede conseguirse solamente a través de la razón pura.
AD:
Así es.
EP:
Y luego dices que es necesario una emoción inducida por la razón.
AD:
Hay dos posturas sobre cómo se puede contener la pasión. La primera es la que puede asociarse con Kant, en la que, literalmente, dices que no, y por pura voluntad lo niegas; y luego está una postura que podríamos asociar con gente como Spinoza, o como David Hume, mucho más humanizada, porque se percatan de que la mejor manera de contrarrestar una emoción negativa concreta es tener una emoción positiva muy fuerte.
De izquierda a derecha: Kant, Spinoza y Hume. Posturas diferentes sobre cómo contener las emociones. (Fuente: Wikipedia)
EP:
Eso es.
AD:
Esto nos conduce a lo siguiente: la voluntad es realmente un método para educar a la razón en la búsqueda de un estímulo que pueda volverte positivo en tus emociones.
EP:
La emoción adecuada.
AD:
…la emoción adecuada que pueda reprimir la emoción negativa. Ésa es la idea. Y una de las cosas que trato en mi nuevo libro, En busca de Spinoza, es la idea -una idea que tenía Spinoza- de que, para contrarrestar una emoción negativa, hay que tener una emoción positiva todavía más fuerte que la neutralice.
EP:
Eso es. Y esto es revolucionario, porque en el pasado se creía que las emociones debían reprimirse.
AD:
Debemos darnos cuenta de que las emociones vienen en todo tipo de sabores: hay emociones buenas y emociones malas. Y, de hecho, podríamos decir que el objetivo de una buena educación para los niños, los adolescentes, e incluso para nosotros mismos, es organizar nuestras emociones de tal modo que podamos cultivar las mejores emociones y eliminar las peores, porque como seres humanos tenemos ambos tipos. Tenemos una capacidad positiva fantástica, pero también somos capaces de hacer cosas terribles. Somos capaces de torturar a otra gente, de matarla. Todo esto es inherente al ser humano, no es que algunos de nosotros seamos buenos y otros malas personas.
EP:
Ambas cosas están en nosotros.
AD:
Tenemos ambas cosas. Así que el propósito de una buena educación y el papel de una sociedad próspera es permitir que se cultive lo mejor y se reprima lo peor de la naturaleza humana.
“El objetivo de una buena educación es organizar nuestras
emociones.” (Fuente: smartplanet)
EP:
Y esto significa un cambio radical en la manera de pensar y de educar a los jóvenes. No les diremos que se olviden de las emociones, que contengan las emociones, sino que en realidad les diréis que hay emociones buenas, que hay que conocerlas, hay que utilizarlas para combatir, luchar contra las emociones incorrectas.
AD:
Exacto. Podemos ilustrarlo, por ejemplo, con la compasión. La compasión es una emoción muy positiva, y no queremos suprimirla. Queremos hacerla más fuerte, hacer que suceda más a menudo respecto a los que sufren. Así que, evidentemente, lo que queremos es utilizar lo mejor y reducir aquello que conduce a la violencia y la tragedia.
EP:
A veces, la gente de la calle me pregunta: «oye, Eduardo, ¿qué pasa realmente cuando, de repente, alguien se siente atraído por otra persona?» ¿Hay alguna manera de calmar a la gente y decirles qué es lo que pasa en realidad físicamente?
AD:
Lo que pasa -si utilizamos mi marco conceptual-, es que se produce un estímulo emocionalmente competente que, debido a su condición y a su diseño, conduce a un sentimiento de alegría. Ves a alguien que, por su apariencia física, puede suscitar deseo. Y el deseo es una combinación de alegría, pero también está relacionado con el surgimiento de varias reacciones muy antiguas que tienen que ver con el sexo.
EP:
La pasión, o el sexo…
AD:
Y ahí empieza una reacción. No necesariamente es amor, el amor es más complicado. En realidad, tiene que ver con la atracción. La atracción es algo que puedes sentir por otra persona con unas condiciones físicas concretas, o que puedes sentir hacia un objeto especialmente hermoso: un cuadro fantástico, una escultura fabulosa, un edificio magnífico, un coche bonito, un paisaje majestuoso… todos tienen la capacidad de generar en ti algo emocional. Y lo que generan es sobre todo placer.
EP:
¿Y se necesitan sustancias químicas para ello?
AD:
Es una combinación de cosas distintas, una combinación de ciertos sistemas en el cerebro que funcionan de un modo concreto, y algunos de estos sistemas producen moléculas químicas que pueden ir a otras partes del cerebro, y luego liberarse al cuerpo, y que producen parte de estas reacciones. Sin duda, en el caso de la atracción sexual que lleva al sexo, se trata evidentemente de un proceso neuronal y químico muy complicado. En el caso de la atracción por un cuadro es un poco más simple.
Los estados emocionales se corresponden con la presencia de distintas
moléculas en el cerebro, explica Damasio. (Fuente: smartplanet)
EP:
Al parecer la música tiene algo que ver con eso.
AD:
Sí, la música tiene que ver con este tipo de reacciones. En nuestro nuevo instituto, estamos estudiando la neurobiología de la música y cómo la gente puede tener ciertos tipos de reacciones emocionales ante la música, ante ciertos tipos de música y no otros.
EP:
Algo que mencionas en tu libro sobre Spinoza es que muchas moléculas distintas pueden intervenir en ello. Oxitocina, hormonas… pero de algún modo el resultado final es igual o muy parecido. Así que la química es distinta, pero el resultado final es felicidad o pena o tristeza.
AD:
Las diferentes moléculas provocan resultados distintos. Por ejemplo, cuando tienes miedo, se generan reacciones como la liberación de cortisol y que se asocian con lo que denominamos estrés. Pero si estás en un estado relacionado con la atracción sexual, o con una sensación de confianza en otra persona, la oxitocina es la sustancia química más importante. En varios estados de recompensa, entra en juego otra molécula muy importante llamada dopamina. Las diferentes moléculas tienen consecuencias distintas. Lo único igual es que todas ellas son emociones, siempre se acaba en un estado emocional, pero no tiene que ser exactamente el mismo estado.
EP:
Hay una referencia aterradora en tus escritos acerca de una investigación desarrollada en el Hospital Salpêtrière, en París, por un científico llamado Yves Agid que trata pacientes con alzheimer o parkinson utilizando electrodos para activar algunos circuitos neuronales. Y una de las cosas que pasó es que, mientras examinaban a un paciente, un electrodo provocó algo que hizo que la persona pasara a un estado de tristeza absoluta. Y pasó algo similar pero con la alegría.
AD:
Sí.
EP:
¡Dios mío, Antonio! Tenéis en vuestras manos la posibilidad de provocar en la gente la más absoluta tristeza o alegría.
AD:
Por supuesto estas posibilidades existen, pero no hay que pensar en ellas como algo aterrador, sino de un modo positivo: piensa por un momento en la posibilidad de que alguien con una depresión, que esté profundamente triste y no responda a la medicación, pueda tratarse mediante la estimulación eléctrica de una parte concreta del cerebro. Creo que, igual que sucede con todos los aspectos de la investigación que tienen que ver con seres humanos, siempre hay una parte que podría explotarse negativamente. Pero también hay otras cosas que podrían ser muy positivas.
EP:
Como lo de las células madre, ¿no?
AD:
Sí, por ejemplo. Todo esto hará que la gente sufra menos en diez, veinte o treinta años. Sin embargo, como sociedad, debemos ser responsables del uso correcto de estos progresos, de utilizarlos inteligentemente. Y la sociedad debe decidir cómo utilizarlos a través de un debate amplio.
Punset se fascina con la capacidad del cerebro para simular
y disimular emociones. (Fuente: smartplanet)
EP:
Después de todo, tras tu investigación, estas cosas no están tan separadas de la realidad. Mencionas, por ejemplo, que uno de los descubrimientos realizados es la capacidad del cerebro de alucinar, de falsear emociones.
AD:
De falsificar un estado del cuerpo. Esto me interesa mucho, y ya sabes que, hace muchos años, en el libro El error de Descartes, sugerí que había algo parecido a una pseudorepresentación corporal, porque podíamos hacer que el cerebro asumiera un estado corporal que no era el estado real del cuerpo. Por aquel entonces, había pocas pruebas que lo corroboraran, era solamente una hipótesis, pero en la actualidad hay muchas pruebas…
EP:
Las hay.
AD:
Sí. Esto es exactamente lo que hacemos: nuestro cerebro actúa como un simulador. Puede simular o disimular cosas. Por ejemplo, si sufres un dolor muy grave pero estás en una situación de peligro, no sientes dolor, el dolor se interrumpe. El cerebro lo provoca.
EP:
Para que puedas correr.
AD:
Para que puedas huir. Así que el cerebro decide autoengañarse y falsificar la información por un buen motivo. Se pueden simular estados que no existen, e incluso negar su propia existencia. Es parte del funcionamiento del cerebro.
Nuestra capacidad de predicción varía según la cantidad de
información de la que disponemos y según cuánto nos dejemos
engañar por nuestros sentimientos. (Fuente: smartplanet)
EP:
Otra cosa fascinante de tu investigación que me hace reflexionar es la capacidad de predicción a partir de emociones y sentimientos.
AD:
Sí.
EP:
Pero hay algunos psicólogos, por ejemplo Daniel Gilbert, de la Universidad de Harvard, que dice que somos muy torpes a la hora de proyectar, predecir sentimientos. Los sobreestimamos o subestimamos… ¿qué te parece?
AD:
Las dos cosas son verdad. Somos capaces de predecir el futuro pero lo hacemos mejor o peor en función de la cantidad de información de la que disponemos. Evidentemente, si alguien tiene datos muy buenos, realizará una mejor predicción del futuro que si simplemente intenta adivinarlo. Los seres humanos, mucho más que otras especies, tenemos una manera de predecir el futuro, a corto plazo, medio plazo e incluso largo plazo. Por supuesto, cuanto más alejado esté el futuro, ¡menos posibilidades hay de acertar! No puedo predecir, por ejemplo, lo que pasará en la bolsa de los Estados Unidos ni lo que pasará con el precio del petróleo de dentro de dos años. ¡Pero algunas personas pueden hacer conjeturas muy informadas!
EP:
Pero parece que en lo que concierne a lo afectivo, al amor, lo hacemos especialmente mal, incluso si tenemos buena información. Esperamos más de un futuro encuentro amoroso de lo que pasará en realidad. ¿Es verdad?
AD:
Estoy de acuerdo con que es muy fácil dejarnos engañar por nuestros sentimientos a veces. Creo que fue Stuart Sutherland, el psicólogo británico, el que definió el amor como un estado de enfermedad justamente por estos motivos. A veces está muy bien tener una emoción positiva sobre muchas cosas pero, en ocasiones, sobre todo en situaciones de atracción sexual y amor, pierdes el juicio y ya no predices tan bien. Pero incluso así, puedes aprender. No hay motivo de desesperación.
EP:
Dices que para tener sentimientos es necesario un sistema nervioso con la capacidad de proyectar en imágenes las emociones. Y por último, aunque no por ello menos importante: hay que ser consciente de algún modo, de uno mismo, de nuestro yo.
AD:
Sí. Es una teoría muy interesante, aunque es un poco como lo del huevo y la gallina. Todo lo que tiene que ver con la conciencia tiene muchísima importancia. Sospecho que nuestros sentimientos de emoción, especialmente los sentimientos más simples fruto de emociones del entorno, por ejemplo, suponen casi el principio de la conciencia. En cierto modo, no se puede tener un sentimiento propiamente dicho sin conciencia, pero no creo que se pueda tener conciencia sin un sentimiento. Porque hay un punto en el que todo empieza.
EP:
Esto me ha gustado.
AD:
Y luego las cosas entran en una espiral más complicada en la que aumenta la conciencia y el sentimiento. Pero de algún modo, es necesario el inicio. Si no sintiéramos nuestro organismo, para empezar, si no notáramos sus cambios, no podría haber conciencia. La conciencia está íntimamente vinculada con esta sensación inicial de uno mismo, y para tener una sensación de uno mismo es necesario sentir tu propio organismo y lo que cambia en él.
EP:
Ahora entiendo por qué las plantas no tienen sentimientos.
AD:
Así es.
EP:
Pero no sé qué pasa con los perros…
AD:
Yo creo que los animales tienen sentimientos. Especialmente los animales complejos. Me gusta decir que no estoy seguro de que una mosca tenga sentimientos. Pero no voy a pronunciarme sobre eso. No estoy seguro de que la aplysia tenga sentimientos, de hecho sospecho que no. Sin embargo, un perro definitivamente tiene sentimientos. Aunque no voy a decir científicamente que un perro tiene sentimientos porque no hay manera de probarlo.
Al igual que otros moluscos, la aplysia lanza un chorro de tinta cuando detecta una
amenaza. Damasio no cree que este animal tenga sentimientos. ¿Será así?
La ciencia todavía no puede demostrarlo. (Fuente: Wikipedia)
EP:
Pero hay un poco de conciencia entonces.
AD:
Por supuesto que sí. Creo que el perro, el chimpancé o el gato son conscientes. Especialmente los animales domésticos, que se han desarrollado evolutivamente con muchas características que están en coevolución con los humanos, ¡por supuesto que tienen conciencia y sentimientos! Creo que sería un error terrible suponer lo contrario. Me parece que la postura que hay que adoptar es ésta: no se puede demostrar científicamente de un modo satisfactorio que un perro tenga sentimientos. ¡Pero tampoco se puede demostrar lo contrario! Concedámosle el beneficio de la duda. Si sabemos el tipo de cerebro necesario para los sentimientos y la conciencia, preguntémonos si este animal tiene este tipo de cerebro. Y si el animal tiene ese tipo de cerebro y se comporta como si fuera consciente, entonces probablemente tenga sentimientos. Además, me parece que esto es muy importante para tratar correctamente a los animales.
EP:
Sí.
AD:
Porque me parece que nuestra civilización humana ha adoptado una actitud desdeñosa hacia los animales, asumiendo que no tenían alma, que no tenían sentimientos.
EP:
Spinoza solía decir que para conseguir una sociedad democrática ideal, eran necesarias tres cosas. Me gustaría que habláramos de ello porque estamos bastante preocupados sobre todo lo que sucede. Spinoza vivió en el siglo XVII, ¿no?
AD:
Sí.
EP:
Y él decía que lo primero que necesitamos es libertad de expresión. Lo segundo es la separación entre la Iglesia y el Estado. Y, por último, un contrato social generoso que protegiera a los eslabones más débiles de la red social, ¿verdad? Esto fue en el siglo XVII. ¿Dónde estamos ahora?
AD:
Pues me parece que estamos en un período muy malo de la historia ahora mismo, aunque, en gran medida, hemos aprendido esas lecciones y, de hecho, hemos puesto en práctica algunas de estas lecciones en las constituciones de muchos países. Sin duda en la constitución de los Estados Unidos. Y estos principios subyacen en las constituciones de los países de la Comunidad Europea, constituciones que generalmente respetan la separación de la Iglesia y el Estado, la libertad de expresión… y tienen, como base, un impulso hacia la generosidad para con los miembros más débiles de la sociedad…
EP:
Creo que estamos en un mal momento porque, aunque las constituciones de muchos de los países más avanzados recogen los preceptos de Spinoza, la realidad es que a menudo no se respetan esos principios en los que se basan nuestras leyes. Debemos ir con más cuidado. Nuestro mundo ha experimentado muchísimos cambios que tienen que ver con el enorme crecimiento demográfico, con la enorme difusión de la información mediante la televisión, Internet, los videojuegos. Todas estas vías suponen retos para la razón y las emociones. Es más difícil estudiar detenidamente los problemas, y es más difícil expresar las emociones correctamente ante ciertos estímulos cuando se nos bombardea con información como ahora. Y el proceso sigue acelerándose. Una vez se es consciente de ello, hay que hacer todo lo posible para recuperar ese espíritu de la Ilustración que encontramos en Spinoza. Debemos asegurarnos de que se respeten esos principios, ¡y de que no sean sólo palabras! Está muy bien decir: «yo respeto la libertad de expresión», pero luego hay que cumplir con con ese derecho, no se puede interferir a hurtadillas.
Antonio Damasio, neurólogo, premio Príncipe de Asturias
El estudio de las emociones desde el punto de vista de las neurociencias es un campo relativamente novedoso. Antonio Damasio es uno de los pioneros en este tipo de investigaciones y una de las personas con más autoridad en el mundo para hablar sobre el tema. En esta charla con Eduard Punset, aborda desde la fisiología neuronal de las emociones hasta las consecuencias de ello para la educación.
Fecha de la entrevista: 2006-04-11
Lugar de la entrevista: Madrid
Web personal de Damasio en la Universidad de Southern California.
Información sobre Damasio en la web de la Fundación Premios Príncipe de Asturias.
Entrada sobre Damasio en la Wikipedia (castellano, inglés, portugués).
Antonio Damasio es profesor de la cátedra David Dornsife de neurociencia, neurología y psicología en la Universidad de Southern California donde también dirige el Instituto de Cerebro y Creatividad. En 2005, ganó el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica. Es autor de libros muy aclamados como La sensación de lo que ocurre, El error de Descartes o En busca de Spinoza: neurología de la emoción y los sentimientos.
Eduard Punset:
Dices que los sentimientos son esquivos, pero también que las emociones preceden a los sentimientos. Lo que afirmas, en realidad, es que las emociones son muy importantes. Y es increíble ver, si miramos a nuestro alrededor, lo poco que se sabe sobre las emociones.
Antonio Damasio:
¡Es cierto!
EP:
En las escuelas, en las instituciones o en un estadio de fútbol, a veces podemos encontrar racismo. Nadie le ha dicho a esa gente que detectar las diferencias, en el pasado remoto, en nuestros antepasados, era fundamental y probablemente necesario, pero que la situación hoy en día ha cambiado. Tras reflexionar tanto sobre las emociones y los sentimientos, ¿consideras que estamos todavía en una especie de desierto?
AD:
Estamos en un terreno menos desértico que hace diez años. El hecho de que hoy sepamos muchísimo más sobre la biología neuronal de las emociones y los sentimientos nos ha colocado en una posición distinta. El problema al que nos enfrentamos ahora es trasladar nuestro conocimiento científico al público general y también a la formulación de políticas. Es necesario que los líderes políticos y educativos lleguen a entender lo importante que son los conocimientos sobre la emoción y el sentimiento porque muchas de las reacciones que consideramos patológicas tienen que ver con las emociones, principalmente con las emociones sociales, y con la facilidad con la que se desencadenan y la manera en la que conducen a un conflicto social.
La reflexión sobre las emociones es un campo menos desértico que
hace diez años, Damasio explica a Punset. (Fuente: smartplanet)
EP:
Claro…
AD:
Por eso, uno de mis objetivos en el nuevo instituto que hemos inaugurado en la Universidad de California del Sur consiste en comprender las emociones sociales para poder abordar el conflicto social. Se trata de uno de los puntos principales de nuestro programa de investigación.
EP:
Un estímulo desencadena una emoción, pero estamos todavía en el cuerpo. Y afirmas que luego, a través de medios complicados, aparecerá un sentimiento. Y esto ya es un asunto de la mente.
AD:
Exacto.
EP:
¿Qué quieres decir, exactamente?
AD:
Es muy importante distinguir entre la fase de la emoción y la fase del sentimiento. Cuando experimentas una emoción, por ejemplo la emoción de miedo, hay un estímulo que tiene la capacidad de desencadenar una reacción automática. Y esta reacción, por supuesto, empieza en el cerebro, pero luego pasa a reflejarse en el cuerpo, ya sea en el cuerpo real o en nuestra simulación interna del cuerpo. Y entonces tenemos la posibilidad de proyectar esa reacción concreta con varias ideas que se relacionan con esas reacciones y con el objeto que ha causado la reacción. Cuando percibimos todo eso es cuando tenemos un sentimiento. Así que percibiremos simultáneamente que alguien ha gritado (y eso nos inquieta), que nuestra frecuencia cardiaca y nuestro cuerpo cambian, y que, cuando oímos el grito, pensamos que hay peligro, que podemos o bien quedarnos quietos y prestar mucha atención, o bien salir corriendo. Y todo este conjunto -el estímulo que lo ha generado, la reacción en el cuerpo y las ideas que acompañan esa reacción- es lo que constituye el sentimiento. Sentir es percibir todo esto, y por eso vuelve a situarse en la fase mental. De modo que empieza en el exterior, nos modifica porque así lo determina el cerebro, altera el organismo y entonces lo percibimos.
EP:
Es fascinante porque, aunque afirmas que las emociones pertenecen al cuerpo y los sentimientos a la mente, cuando explicas los sentimientos, dices que cuando tu equilibrio metabólico, tu fisiología, tu química interna, funcionan bien, entonces surge un sentimiento de tranquilidad.
AD:
Sí, así es. De placer. Porque percibes que tu cuerpo funciona bien. Y cuando tienes miedo, o estás enfadado, perturbas la fisiología normal, creas conflicto, creas falta de armonía, y es entonces cuando percibes que hay algo que no va bien y que ya no funciona.
“El equilibrio metabólico produce un sentimiento de
tranquilidad.” (Fuente: smartplanet)
EP:
Un colega tuyo, Armand Marie Leroi (un especialista en genética del Reino Unido), dice que la belleza también es así. Ha estudiado las mutaciones y afirma que cuando hay una falta de simetría -algo que está mal en un rostro-, indica que el metabolismo no está bien preparado. En esencia, dice que hay que destacar la importancia del equilibrio físico que significa mejores sentimientos, y quizá signifique también belleza.
AD:
Quizá signifique también más salud. Hay cierto grado de relación entre la belleza y la salud, y la armonía. Hay varios modos en los que estos conceptos operan conjuntamente. Pero no creo que sea aplicable a todas las situaciones.
EP:
Claro…
AD:
Encontramos excepciones de muchos tipos, pero hay cierta verdad en eso.
EP:
Cuando hablamos de dominar las pasiones, dices literalmente que no puede conseguirse solamente a través de la razón pura.
AD:
Así es.
EP:
Y luego dices que es necesario una emoción inducida por la razón.
AD:
Hay dos posturas sobre cómo se puede contener la pasión. La primera es la que puede asociarse con Kant, en la que, literalmente, dices que no, y por pura voluntad lo niegas; y luego está una postura que podríamos asociar con gente como Spinoza, o como David Hume, mucho más humanizada, porque se percatan de que la mejor manera de contrarrestar una emoción negativa concreta es tener una emoción positiva muy fuerte.
De izquierda a derecha: Kant, Spinoza y Hume. Posturas diferentes sobre cómo contener las emociones. (Fuente: Wikipedia)
EP:
Eso es.
AD:
Esto nos conduce a lo siguiente: la voluntad es realmente un método para educar a la razón en la búsqueda de un estímulo que pueda volverte positivo en tus emociones.
EP:
La emoción adecuada.
AD:
…la emoción adecuada que pueda reprimir la emoción negativa. Ésa es la idea. Y una de las cosas que trato en mi nuevo libro, En busca de Spinoza, es la idea -una idea que tenía Spinoza- de que, para contrarrestar una emoción negativa, hay que tener una emoción positiva todavía más fuerte que la neutralice.
EP:
Eso es. Y esto es revolucionario, porque en el pasado se creía que las emociones debían reprimirse.
AD:
Debemos darnos cuenta de que las emociones vienen en todo tipo de sabores: hay emociones buenas y emociones malas. Y, de hecho, podríamos decir que el objetivo de una buena educación para los niños, los adolescentes, e incluso para nosotros mismos, es organizar nuestras emociones de tal modo que podamos cultivar las mejores emociones y eliminar las peores, porque como seres humanos tenemos ambos tipos. Tenemos una capacidad positiva fantástica, pero también somos capaces de hacer cosas terribles. Somos capaces de torturar a otra gente, de matarla. Todo esto es inherente al ser humano, no es que algunos de nosotros seamos buenos y otros malas personas.
EP:
Ambas cosas están en nosotros.
AD:
Tenemos ambas cosas. Así que el propósito de una buena educación y el papel de una sociedad próspera es permitir que se cultive lo mejor y se reprima lo peor de la naturaleza humana.
“El objetivo de una buena educación es organizar nuestras
emociones.” (Fuente: smartplanet)
EP:
Y esto significa un cambio radical en la manera de pensar y de educar a los jóvenes. No les diremos que se olviden de las emociones, que contengan las emociones, sino que en realidad les diréis que hay emociones buenas, que hay que conocerlas, hay que utilizarlas para combatir, luchar contra las emociones incorrectas.
AD:
Exacto. Podemos ilustrarlo, por ejemplo, con la compasión. La compasión es una emoción muy positiva, y no queremos suprimirla. Queremos hacerla más fuerte, hacer que suceda más a menudo respecto a los que sufren. Así que, evidentemente, lo que queremos es utilizar lo mejor y reducir aquello que conduce a la violencia y la tragedia.
EP:
A veces, la gente de la calle me pregunta: «oye, Eduardo, ¿qué pasa realmente cuando, de repente, alguien se siente atraído por otra persona?» ¿Hay alguna manera de calmar a la gente y decirles qué es lo que pasa en realidad físicamente?
AD:
Lo que pasa -si utilizamos mi marco conceptual-, es que se produce un estímulo emocionalmente competente que, debido a su condición y a su diseño, conduce a un sentimiento de alegría. Ves a alguien que, por su apariencia física, puede suscitar deseo. Y el deseo es una combinación de alegría, pero también está relacionado con el surgimiento de varias reacciones muy antiguas que tienen que ver con el sexo.
EP:
La pasión, o el sexo…
AD:
Y ahí empieza una reacción. No necesariamente es amor, el amor es más complicado. En realidad, tiene que ver con la atracción. La atracción es algo que puedes sentir por otra persona con unas condiciones físicas concretas, o que puedes sentir hacia un objeto especialmente hermoso: un cuadro fantástico, una escultura fabulosa, un edificio magnífico, un coche bonito, un paisaje majestuoso… todos tienen la capacidad de generar en ti algo emocional. Y lo que generan es sobre todo placer.
EP:
¿Y se necesitan sustancias químicas para ello?
AD:
Es una combinación de cosas distintas, una combinación de ciertos sistemas en el cerebro que funcionan de un modo concreto, y algunos de estos sistemas producen moléculas químicas que pueden ir a otras partes del cerebro, y luego liberarse al cuerpo, y que producen parte de estas reacciones. Sin duda, en el caso de la atracción sexual que lleva al sexo, se trata evidentemente de un proceso neuronal y químico muy complicado. En el caso de la atracción por un cuadro es un poco más simple.
Los estados emocionales se corresponden con la presencia de distintas
moléculas en el cerebro, explica Damasio. (Fuente: smartplanet)
EP:
Al parecer la música tiene algo que ver con eso.
AD:
Sí, la música tiene que ver con este tipo de reacciones. En nuestro nuevo instituto, estamos estudiando la neurobiología de la música y cómo la gente puede tener ciertos tipos de reacciones emocionales ante la música, ante ciertos tipos de música y no otros.
EP:
Algo que mencionas en tu libro sobre Spinoza es que muchas moléculas distintas pueden intervenir en ello. Oxitocina, hormonas… pero de algún modo el resultado final es igual o muy parecido. Así que la química es distinta, pero el resultado final es felicidad o pena o tristeza.
AD:
Las diferentes moléculas provocan resultados distintos. Por ejemplo, cuando tienes miedo, se generan reacciones como la liberación de cortisol y que se asocian con lo que denominamos estrés. Pero si estás en un estado relacionado con la atracción sexual, o con una sensación de confianza en otra persona, la oxitocina es la sustancia química más importante. En varios estados de recompensa, entra en juego otra molécula muy importante llamada dopamina. Las diferentes moléculas tienen consecuencias distintas. Lo único igual es que todas ellas son emociones, siempre se acaba en un estado emocional, pero no tiene que ser exactamente el mismo estado.
EP:
Hay una referencia aterradora en tus escritos acerca de una investigación desarrollada en el Hospital Salpêtrière, en París, por un científico llamado Yves Agid que trata pacientes con alzheimer o parkinson utilizando electrodos para activar algunos circuitos neuronales. Y una de las cosas que pasó es que, mientras examinaban a un paciente, un electrodo provocó algo que hizo que la persona pasara a un estado de tristeza absoluta. Y pasó algo similar pero con la alegría.
AD:
Sí.
EP:
¡Dios mío, Antonio! Tenéis en vuestras manos la posibilidad de provocar en la gente la más absoluta tristeza o alegría.
AD:
Por supuesto estas posibilidades existen, pero no hay que pensar en ellas como algo aterrador, sino de un modo positivo: piensa por un momento en la posibilidad de que alguien con una depresión, que esté profundamente triste y no responda a la medicación, pueda tratarse mediante la estimulación eléctrica de una parte concreta del cerebro. Creo que, igual que sucede con todos los aspectos de la investigación que tienen que ver con seres humanos, siempre hay una parte que podría explotarse negativamente. Pero también hay otras cosas que podrían ser muy positivas.
EP:
Como lo de las células madre, ¿no?
AD:
Sí, por ejemplo. Todo esto hará que la gente sufra menos en diez, veinte o treinta años. Sin embargo, como sociedad, debemos ser responsables del uso correcto de estos progresos, de utilizarlos inteligentemente. Y la sociedad debe decidir cómo utilizarlos a través de un debate amplio.
Punset se fascina con la capacidad del cerebro para simular
y disimular emociones. (Fuente: smartplanet)
EP:
Después de todo, tras tu investigación, estas cosas no están tan separadas de la realidad. Mencionas, por ejemplo, que uno de los descubrimientos realizados es la capacidad del cerebro de alucinar, de falsear emociones.
AD:
De falsificar un estado del cuerpo. Esto me interesa mucho, y ya sabes que, hace muchos años, en el libro El error de Descartes, sugerí que había algo parecido a una pseudorepresentación corporal, porque podíamos hacer que el cerebro asumiera un estado corporal que no era el estado real del cuerpo. Por aquel entonces, había pocas pruebas que lo corroboraran, era solamente una hipótesis, pero en la actualidad hay muchas pruebas…
EP:
Las hay.
AD:
Sí. Esto es exactamente lo que hacemos: nuestro cerebro actúa como un simulador. Puede simular o disimular cosas. Por ejemplo, si sufres un dolor muy grave pero estás en una situación de peligro, no sientes dolor, el dolor se interrumpe. El cerebro lo provoca.
EP:
Para que puedas correr.
AD:
Para que puedas huir. Así que el cerebro decide autoengañarse y falsificar la información por un buen motivo. Se pueden simular estados que no existen, e incluso negar su propia existencia. Es parte del funcionamiento del cerebro.
Nuestra capacidad de predicción varía según la cantidad de
información de la que disponemos y según cuánto nos dejemos
engañar por nuestros sentimientos. (Fuente: smartplanet)
EP:
Otra cosa fascinante de tu investigación que me hace reflexionar es la capacidad de predicción a partir de emociones y sentimientos.
AD:
Sí.
EP:
Pero hay algunos psicólogos, por ejemplo Daniel Gilbert, de la Universidad de Harvard, que dice que somos muy torpes a la hora de proyectar, predecir sentimientos. Los sobreestimamos o subestimamos… ¿qué te parece?
AD:
Las dos cosas son verdad. Somos capaces de predecir el futuro pero lo hacemos mejor o peor en función de la cantidad de información de la que disponemos. Evidentemente, si alguien tiene datos muy buenos, realizará una mejor predicción del futuro que si simplemente intenta adivinarlo. Los seres humanos, mucho más que otras especies, tenemos una manera de predecir el futuro, a corto plazo, medio plazo e incluso largo plazo. Por supuesto, cuanto más alejado esté el futuro, ¡menos posibilidades hay de acertar! No puedo predecir, por ejemplo, lo que pasará en la bolsa de los Estados Unidos ni lo que pasará con el precio del petróleo de dentro de dos años. ¡Pero algunas personas pueden hacer conjeturas muy informadas!
EP:
Pero parece que en lo que concierne a lo afectivo, al amor, lo hacemos especialmente mal, incluso si tenemos buena información. Esperamos más de un futuro encuentro amoroso de lo que pasará en realidad. ¿Es verdad?
AD:
Estoy de acuerdo con que es muy fácil dejarnos engañar por nuestros sentimientos a veces. Creo que fue Stuart Sutherland, el psicólogo británico, el que definió el amor como un estado de enfermedad justamente por estos motivos. A veces está muy bien tener una emoción positiva sobre muchas cosas pero, en ocasiones, sobre todo en situaciones de atracción sexual y amor, pierdes el juicio y ya no predices tan bien. Pero incluso así, puedes aprender. No hay motivo de desesperación.
EP:
Dices que para tener sentimientos es necesario un sistema nervioso con la capacidad de proyectar en imágenes las emociones. Y por último, aunque no por ello menos importante: hay que ser consciente de algún modo, de uno mismo, de nuestro yo.
AD:
Sí. Es una teoría muy interesante, aunque es un poco como lo del huevo y la gallina. Todo lo que tiene que ver con la conciencia tiene muchísima importancia. Sospecho que nuestros sentimientos de emoción, especialmente los sentimientos más simples fruto de emociones del entorno, por ejemplo, suponen casi el principio de la conciencia. En cierto modo, no se puede tener un sentimiento propiamente dicho sin conciencia, pero no creo que se pueda tener conciencia sin un sentimiento. Porque hay un punto en el que todo empieza.
EP:
Esto me ha gustado.
AD:
Y luego las cosas entran en una espiral más complicada en la que aumenta la conciencia y el sentimiento. Pero de algún modo, es necesario el inicio. Si no sintiéramos nuestro organismo, para empezar, si no notáramos sus cambios, no podría haber conciencia. La conciencia está íntimamente vinculada con esta sensación inicial de uno mismo, y para tener una sensación de uno mismo es necesario sentir tu propio organismo y lo que cambia en él.
EP:
Ahora entiendo por qué las plantas no tienen sentimientos.
AD:
Así es.
EP:
Pero no sé qué pasa con los perros…
AD:
Yo creo que los animales tienen sentimientos. Especialmente los animales complejos. Me gusta decir que no estoy seguro de que una mosca tenga sentimientos. Pero no voy a pronunciarme sobre eso. No estoy seguro de que la aplysia tenga sentimientos, de hecho sospecho que no. Sin embargo, un perro definitivamente tiene sentimientos. Aunque no voy a decir científicamente que un perro tiene sentimientos porque no hay manera de probarlo.
Al igual que otros moluscos, la aplysia lanza un chorro de tinta cuando detecta una
amenaza. Damasio no cree que este animal tenga sentimientos. ¿Será así?
La ciencia todavía no puede demostrarlo. (Fuente: Wikipedia)
EP:
Pero hay un poco de conciencia entonces.
AD:
Por supuesto que sí. Creo que el perro, el chimpancé o el gato son conscientes. Especialmente los animales domésticos, que se han desarrollado evolutivamente con muchas características que están en coevolución con los humanos, ¡por supuesto que tienen conciencia y sentimientos! Creo que sería un error terrible suponer lo contrario. Me parece que la postura que hay que adoptar es ésta: no se puede demostrar científicamente de un modo satisfactorio que un perro tenga sentimientos. ¡Pero tampoco se puede demostrar lo contrario! Concedámosle el beneficio de la duda. Si sabemos el tipo de cerebro necesario para los sentimientos y la conciencia, preguntémonos si este animal tiene este tipo de cerebro. Y si el animal tiene ese tipo de cerebro y se comporta como si fuera consciente, entonces probablemente tenga sentimientos. Además, me parece que esto es muy importante para tratar correctamente a los animales.
EP:
Sí.
AD:
Porque me parece que nuestra civilización humana ha adoptado una actitud desdeñosa hacia los animales, asumiendo que no tenían alma, que no tenían sentimientos.
EP:
Spinoza solía decir que para conseguir una sociedad democrática ideal, eran necesarias tres cosas. Me gustaría que habláramos de ello porque estamos bastante preocupados sobre todo lo que sucede. Spinoza vivió en el siglo XVII, ¿no?
AD:
Sí.
EP:
Y él decía que lo primero que necesitamos es libertad de expresión. Lo segundo es la separación entre la Iglesia y el Estado. Y, por último, un contrato social generoso que protegiera a los eslabones más débiles de la red social, ¿verdad? Esto fue en el siglo XVII. ¿Dónde estamos ahora?
AD:
Pues me parece que estamos en un período muy malo de la historia ahora mismo, aunque, en gran medida, hemos aprendido esas lecciones y, de hecho, hemos puesto en práctica algunas de estas lecciones en las constituciones de muchos países. Sin duda en la constitución de los Estados Unidos. Y estos principios subyacen en las constituciones de los países de la Comunidad Europea, constituciones que generalmente respetan la separación de la Iglesia y el Estado, la libertad de expresión… y tienen, como base, un impulso hacia la generosidad para con los miembros más débiles de la sociedad…
EP:
Creo que estamos en un mal momento porque, aunque las constituciones de muchos de los países más avanzados recogen los preceptos de Spinoza, la realidad es que a menudo no se respetan esos principios en los que se basan nuestras leyes. Debemos ir con más cuidado. Nuestro mundo ha experimentado muchísimos cambios que tienen que ver con el enorme crecimiento demográfico, con la enorme difusión de la información mediante la televisión, Internet, los videojuegos. Todas estas vías suponen retos para la razón y las emociones. Es más difícil estudiar detenidamente los problemas, y es más difícil expresar las emociones correctamente ante ciertos estímulos cuando se nos bombardea con información como ahora. Y el proceso sigue acelerándose. Una vez se es consciente de ello, hay que hacer todo lo posible para recuperar ese espíritu de la Ilustración que encontramos en Spinoza. Debemos asegurarnos de que se respeten esos principios, ¡y de que no sean sólo palabras! Está muy bien decir: «yo respeto la libertad de expresión», pero luego hay que cumplir con con ese derecho, no se puede interferir a hurtadillas.
La felicidad es un ‘estado de flujo’
Autor: Eduard Punset 5 octubre 2008
Mihaly Csikszentmihalyi, catedrático en neurociencias de la U. de Stanford
"Lunes" es casi una mala palabra para mucha gente porque significa volver a trabajar. Pero Csikszentmihalyi ha detectado una paradoja: el trabajo es más propicio que el ocio para alcanzar lo que él llama "estado de flujo" -algo que podría interpretarse como la felicidad-. La clave está en que, para mucha gente, el ocio es un tiempo muerto y el trabajo, todo lo contrario. Tener objetivos claros, poder gestionarlos y recibir un feedback es clave para fluir.
Fecha de la entrevista: 2005-11-22
Lugar de la entrevista: Univ. de Stanford
Perfil académico de Csikszentmihalyi en la web de la Univ. de Claremont
Entrevista a Csikszentmihalyi en la Wired magazine.
Entrada sobre Csikszentmihalyi en Wikipedia.
Extracto de 30 minutos en YouTube del programa de REDES con Csikszentmihalyi.
Mihaly Csikszentmihalyi es el director del “Quality of Life Research Center” de Claremont Graduate University, en California. Allí se dedica a investigar la base y las aplicaciones de los aspectos positivos del pensamiento, como el optimismo, la creatividad, la motivación intrínseca y la responsabilidad. Sus teorías han revolucionado la psicología hasta tal punto que han sido adoptadas por algunos líderes mundiales. Sus libros, como Flow: The Psychology Of Optimal Experience, se han convertido en grandes éxitos de ventas y en influyentes manuales de las nuevas escuelas de psicología positivista.
Eduard Punset:
Antes de leer tus libros, hace muchos años, encontré a mucha gente que estaba preocupada por el problema de la felicidad, y a menudo me preguntaban cómo resolvía yo el problema de la felicidad personal. Y recuerdo que decía, “no tengo tiempo”, voy de una obsesión a otra, y no me queda tiempo para estar triste.
Mihaly Csikszentmihalyi:
Bueno ¿y estás contento con tus obsesiones?
EP:
Sí, completamente feliz. Y me he dado cuenta de que esto está relacionado con el tema del “estado de flujo”.
MC:
Sin duda, y hasta cierto punto las experiencias de “estado de flujo” tienden a suceder en actividades que para el principiante parecen como obsesiones. No se comprende por qué te puedes dedicar toda una vida a mirar por el microscopio y estudiar las células, o por qué te puede gustar el correr cada día un poquito más rápido que otro. Se puede pensar que es una tontería, pero los que lo hacen saben que les gusta, que están en control de sus vidas y que obtienen beneficios de aquello que hacen y en lo que invierten. Esto les hace de lo más felices.
El concepto del "estado de flujo" de Csikszentmihalyi está tratado
también en El viaje a la felicidad de Punset. (Fuente: smartplanet)
EP:
Mihaly, dices que la felicidad depende de la experiencia, y que la experiencia depende de lo que se hace, y entonces es divertido porque cuando se analiza lo que se hace resulta que no hay una gran diferencia entre lo que hacemos y lo que hacían los babuinos hace millones de años…
MC:
Y que todavía hacen. Aunque hayamos cambiado, básicamente las categorías principales son muy similares. Tenemos que gastar un tercio de la vida en que estamos despiertos en algo productivo, en algo relacionado con conseguir calorías para el organismo, ya sea cazando o trabajando en una fábrica, o estudiando, los jóvenes. El otro tercio es lo que llamamos mantenimiento, que es simplemente tener el cuerpo en un cierto nivel de funcionamiento, es decir vestirse, afeitarse, peinarse, comer, desplazarse al trabajo… por hacer todo esto no se recibe ningún sueldo, pero hay que hacerlo ya que de lo contrario el cuerpo se deteriora: el pelo crece y la gente se deja. Y lo tercero es el placer, que es lo que los griegos llamaban “escoleia”, que significa lo que se hace en el tiempo libre. Esta es la palabra de la que se deriva la palabra escuela, porque para los filósofos griegos lo que se hace en el tiempo libre es aprender, y esta era la manera de crecer y mejorar…
EP:
Luego volveremos a esto para ver cuál de las tres es más fácil, o la más habitual para entrar en el “estado de flujo”. Pero cuando suenen las campanadas de fin de año, la mayoría de las personas se encontrarán en un lugar que han elegido otros por casualidad, y unos pocos, que probablemente son felices, estarán allí porque realmente quieren estar allí, y porque realmente controlan la situación. ¿Tiene esto algo que ver con tu concepto de “estado de flujo”?
MC:
Desde luego, el “estado de flujo” es esencialmente eso: la capacidad de concentrar la energía psíquica y la atención en planes y objetivos de nuestra elección, y que se siente que vale la pena realizarlos porque se ha decidido este tipo de vida, y se disfruta cada momento en lo que se hace.
Llevar a cabo planes y objetivos de nuestra elección,
algo fundamental para fluir. (Fuente: smartplanet)
EP:
Cuando estoy con alguien que está en el paro, es la persona menos feliz del mundo. Pero si se quiere estar con alguien que sea el que más se queja de todos, ésa es la persona que tiene un trabajo, y siempre se está quejando. Pero tú dices que hay que tener cuidado, porque aquí hay algo importante.
MC:
Es obvio que existen muchos trabajos que son muy fáciles o muy difíciles, y la gente se aburre o se siente alienada. El trabajo no es perfecto, pero lo que me sorprende es lo realmente positivo que suele ser el trabajo. Para la gente que va al trabajo y vuelve a casa, hay un aspecto del trabajo que es diferente del tiempo libre y eso hace que la gente se sienta limitada, no hace que la gente se sienta libre, y esto es suficiente para que la gente diga que “no quiero seguir haciendo esto” aunque en realidad se sientan mejor. Y tú preguntabas sobre la paradoja del trabajo, y es cierto que mucha gente a la que he estudiado quiere irse a casa, una vez terminado el trabajo, lo antes posible. Y cuando llegan a casa, algunos están aburridos, se deprimen y tienen que encender la TV o tienen que distraerse de alguna manera…
EP:
En realidad has demostrado que los fines de semana es cuando la gente es menos feliz, o al menos es cuando…
MC:
Sí, no fluyen, no tienen esas experiencias, y esta paradoja es muy extraña y la hemos estudiado en distintos países y hemos hallado los mismos resultados. En el trabajo generalmente se tienen los objetivos muy claros y se pueden gestionar, que es una de las cosas que produce el flujo: el saber que hay que hacer algo en concreto; y la otra es que se tiene un feedback, es decir que se puede ver cómo se está actuando, ya sea por los clientes, el jefe o los colegas, o por lo que se está haciendo, de manera que hay feedback. Una parte muy importante del flujo es que las habilidades o las destrezas están en equilibrio con el reto de lo que se tiene que hacer. Y generalmente en el trabajo se llega a equilibrar esto: está muy claro. O sea que la paradoja reside en que el trabajo, en muchas ocasiones, es más como un juego que lo que hacemos en el tiempo libre en casa. Hay mucha gente que no sabe realmente qué hacer con su tiempo libre: no saben qué es lo mejor, no tienen feedback, creen que sus destrezas no están optimizadas…
Según Csikszentmihalyi, en trabajos antiguos como el de los
cazadores o pastores, había flujo. (Fuente: Wikipedia)
EP:
Estamos seguros de que el flujo puede suceder en el trabajo, aunque existe la paradoja de la que hablábamos. En el tiempo de ocio conducir produce el estado de flujo, y parece ser que el sexo es una ocasión para equilibrar las sensaciones…
MC:
Y la amistad también…
EP:
La llamas relaciones.
MC:
Bueno “relaciones” es el término técnico, pero en realidad es la amistad.
EP:
¿Quizás más que la familia?
MC:
Bueno, la gente se siente a menudo más libre y relajada con los amigos porque no tienen responsabilidad ni obligaciones, y en ese sentido la familia es como el trabajo: se tiene un compromiso. Pero por supuesto la experiencia típica de estado de flujo provienen de actividades que existen porque generan flujo, como son el arte, la música los deportes. Estas son formas culturales cuyo único objetivo es proporcionar el estado de flujo. No siempre se experimenta el flujo con estas actividades, pero si no se experimentara no existirían. Esta es la parte de ocio, pero no es suficiente experimentar el flujo en el ocio, lo importante, creo yo, es experimentarlo en el trabajo, en la amistad, en la familia, etc. ya que de esta manera toda la vida está en estado de flujo, en vez de estar dividida en trabajo y tiempo libre, se experimenta en su totalidad.
EP:
Porque la soledad no es la mejor…
MC:
No, San Juan de la Cruz escribió que la soledad es lo más maravilloso, pero para la mayoría de las personas no lo es, hay que aprender a apreciarla, hay que saber estar solo, y la mayoría de la gente se deprime…
El arte o el deporte son "formas culturales cuyo único
objetivo es proporcionar el estado de flujo", dice
Csikszentmihalyi. (Fuente: smartplanet)
EP:
Una cosa muy parecida a lo que estás diciendo ahora es lo que dicen otros científicos de la sanidad pública en países muy lejanos a California, que dicen que para que el trabajo funcione y para mantener la salud hay que poder controlar un poco lo que se hace, y que haya cosas que se puedan cambiar; y lo segundo, que es algo que también sugieres, es la capacidad de saber cómo hacerlo. Parece ser que hay que controlar y al mismo tiempo tener unas capacidades innatas o que se aprendan que pueden ayudar a fluir.
MC:
Es exactamente así. ¿Es este el tema del libro que estás escribiendo?
EP:
Se llama Viaje a la Felicidad, sí. Es un libro sobre lo que los científicos han acordado sobre qué es la felicidad. Tú por supuesto sales, junto con algunos otros amigos míos. Y parece increíble que antes de ti, y de algunos como tú que habéis estado trabajando más de 10 años sobre este tema en particular, no había nada en la comunidad científica, ni en el resto tampoco. ¿Cómo es esto?
MC:
Creo que durante los primeros 60 años del siglo pasado en la psicología había por un lado el paradigma conductista de estímulo y respuesta y, por el otro, la perspectiva psicoanalítica freudiana. Las dos eran muy potentes e influyentes, y no dejaban mucho lugar para nada más. Cuando yo escribí mi primer libro, Beyond Boredom & Anxiety, era en parte una respuesta a esto; que el sentimiento de flujo se encuentra entre el aburrimiento -por un lado- y la ansiedad -en el otro-. Cuando escribí ese libro pensé que quizá en el primer capítulo debía argumentar por qué el psicoanálisis no era la teoría definitiva, y en el segundo capítulo por qué el conductismo tampoco era la teoría perfecta, y entonces escribir la mía. Y después pensé que no podía escribir mucho sobre estas teorías, de manera que decidí olvidarme de ellas y escribí mi libro. Corría mucho riesgo, porque en aquella época ignorarlas era como decir que “Dios no existe”.
Para Csikszentmihalyi, lo que nos diferencia de los animales
es el tiempo libre. (Fuente: smartplanet)
EP:
Hay una última pregunta, que la hemos tocado un poco… pero yo tengo esta idea, que es posible que esté completamente equivocada, de que biológicamente somos una especie que tiene un déficit en el mantenimiento, somos una especie que invierte mucho en la reproducción, y muy poco en el mantenimiento. ¿Por qué? Bueno, porque la esperanza de vida era muy corta. ¿Qué te parece?
MC:
Creo que este es el motivo por el que Aristóteles y los griegos decían que los seres humanos eran diferentes de otras especies sólo en el tiempo libre, en el ocio y en la escoleia -que ya hemos mencionado-. Aparte de esto, somos como el resto de los animales: tenemos que trabajar, tener hijos, y eso es todo una y otra vez.
EP:
Y pagar la hipoteca…
MC:
Y pagar la hipoteca, y cuando se es libre se tiene la capacidad de elección, de utilizar el tiempo y la energía en formas que no están prescritas por las necesidades genéticas. Pero creo que lo que estás diciendo es una situación bastante nueva, que el ocio se ha convertido… dura más, ya que la gente se muere más tarde, y nos jubilamos antes, y durante casi la mitad de nuestras vidas no trabajamos, no tenemos que hacer nada…
"La gente tiene que descubrir una nueva forma de vivir, si
no será muy aburrido." (Fuente: smartplanet)
EP:
…aquí es donde creo que tu idea de entrar en estado de flujo es un síntoma de esta nueva situación.
MC:
Yo creo que antes había del flujo en el trabajo, cazar era de esta manera, y los pastores que iban con las ovejas de España a Francia, en la Edad Media, era una actividad que sabían cómo hacerla, y tenían que prestar atención. O sea que el mantenimiento y el trabajo estaban más unidos. Después comenzaron a separarse, sobre todo durante la Revolución Industrial, cuando las personas fueron a las fábricas. Y ahora estamos en una situación ligeramente diferente, ya que las personas tienen unos trabajos razonablemente buenos pero tenemos esos 40 años para hacer no se sabe qué. De manera que la gente tiene que descubrir una nueva forma de vivir, si no será muy aburrido y la gente estará esperando las campanadas de fin de año para poder decir, bueno, ya puedo irme, en lugar de disfrutar de la vida.
Mihaly Csikszentmihalyi, catedrático en neurociencias de la U. de Stanford
"Lunes" es casi una mala palabra para mucha gente porque significa volver a trabajar. Pero Csikszentmihalyi ha detectado una paradoja: el trabajo es más propicio que el ocio para alcanzar lo que él llama "estado de flujo" -algo que podría interpretarse como la felicidad-. La clave está en que, para mucha gente, el ocio es un tiempo muerto y el trabajo, todo lo contrario. Tener objetivos claros, poder gestionarlos y recibir un feedback es clave para fluir.
Fecha de la entrevista: 2005-11-22
Lugar de la entrevista: Univ. de Stanford
Perfil académico de Csikszentmihalyi en la web de la Univ. de Claremont
Entrevista a Csikszentmihalyi en la Wired magazine.
Entrada sobre Csikszentmihalyi en Wikipedia.
Extracto de 30 minutos en YouTube del programa de REDES con Csikszentmihalyi.
Mihaly Csikszentmihalyi es el director del “Quality of Life Research Center” de Claremont Graduate University, en California. Allí se dedica a investigar la base y las aplicaciones de los aspectos positivos del pensamiento, como el optimismo, la creatividad, la motivación intrínseca y la responsabilidad. Sus teorías han revolucionado la psicología hasta tal punto que han sido adoptadas por algunos líderes mundiales. Sus libros, como Flow: The Psychology Of Optimal Experience, se han convertido en grandes éxitos de ventas y en influyentes manuales de las nuevas escuelas de psicología positivista.
Eduard Punset:
Antes de leer tus libros, hace muchos años, encontré a mucha gente que estaba preocupada por el problema de la felicidad, y a menudo me preguntaban cómo resolvía yo el problema de la felicidad personal. Y recuerdo que decía, “no tengo tiempo”, voy de una obsesión a otra, y no me queda tiempo para estar triste.
Mihaly Csikszentmihalyi:
Bueno ¿y estás contento con tus obsesiones?
EP:
Sí, completamente feliz. Y me he dado cuenta de que esto está relacionado con el tema del “estado de flujo”.
MC:
Sin duda, y hasta cierto punto las experiencias de “estado de flujo” tienden a suceder en actividades que para el principiante parecen como obsesiones. No se comprende por qué te puedes dedicar toda una vida a mirar por el microscopio y estudiar las células, o por qué te puede gustar el correr cada día un poquito más rápido que otro. Se puede pensar que es una tontería, pero los que lo hacen saben que les gusta, que están en control de sus vidas y que obtienen beneficios de aquello que hacen y en lo que invierten. Esto les hace de lo más felices.
El concepto del "estado de flujo" de Csikszentmihalyi está tratado
también en El viaje a la felicidad de Punset. (Fuente: smartplanet)
EP:
Mihaly, dices que la felicidad depende de la experiencia, y que la experiencia depende de lo que se hace, y entonces es divertido porque cuando se analiza lo que se hace resulta que no hay una gran diferencia entre lo que hacemos y lo que hacían los babuinos hace millones de años…
MC:
Y que todavía hacen. Aunque hayamos cambiado, básicamente las categorías principales son muy similares. Tenemos que gastar un tercio de la vida en que estamos despiertos en algo productivo, en algo relacionado con conseguir calorías para el organismo, ya sea cazando o trabajando en una fábrica, o estudiando, los jóvenes. El otro tercio es lo que llamamos mantenimiento, que es simplemente tener el cuerpo en un cierto nivel de funcionamiento, es decir vestirse, afeitarse, peinarse, comer, desplazarse al trabajo… por hacer todo esto no se recibe ningún sueldo, pero hay que hacerlo ya que de lo contrario el cuerpo se deteriora: el pelo crece y la gente se deja. Y lo tercero es el placer, que es lo que los griegos llamaban “escoleia”, que significa lo que se hace en el tiempo libre. Esta es la palabra de la que se deriva la palabra escuela, porque para los filósofos griegos lo que se hace en el tiempo libre es aprender, y esta era la manera de crecer y mejorar…
EP:
Luego volveremos a esto para ver cuál de las tres es más fácil, o la más habitual para entrar en el “estado de flujo”. Pero cuando suenen las campanadas de fin de año, la mayoría de las personas se encontrarán en un lugar que han elegido otros por casualidad, y unos pocos, que probablemente son felices, estarán allí porque realmente quieren estar allí, y porque realmente controlan la situación. ¿Tiene esto algo que ver con tu concepto de “estado de flujo”?
MC:
Desde luego, el “estado de flujo” es esencialmente eso: la capacidad de concentrar la energía psíquica y la atención en planes y objetivos de nuestra elección, y que se siente que vale la pena realizarlos porque se ha decidido este tipo de vida, y se disfruta cada momento en lo que se hace.
Llevar a cabo planes y objetivos de nuestra elección,
algo fundamental para fluir. (Fuente: smartplanet)
EP:
Cuando estoy con alguien que está en el paro, es la persona menos feliz del mundo. Pero si se quiere estar con alguien que sea el que más se queja de todos, ésa es la persona que tiene un trabajo, y siempre se está quejando. Pero tú dices que hay que tener cuidado, porque aquí hay algo importante.
MC:
Es obvio que existen muchos trabajos que son muy fáciles o muy difíciles, y la gente se aburre o se siente alienada. El trabajo no es perfecto, pero lo que me sorprende es lo realmente positivo que suele ser el trabajo. Para la gente que va al trabajo y vuelve a casa, hay un aspecto del trabajo que es diferente del tiempo libre y eso hace que la gente se sienta limitada, no hace que la gente se sienta libre, y esto es suficiente para que la gente diga que “no quiero seguir haciendo esto” aunque en realidad se sientan mejor. Y tú preguntabas sobre la paradoja del trabajo, y es cierto que mucha gente a la que he estudiado quiere irse a casa, una vez terminado el trabajo, lo antes posible. Y cuando llegan a casa, algunos están aburridos, se deprimen y tienen que encender la TV o tienen que distraerse de alguna manera…
EP:
En realidad has demostrado que los fines de semana es cuando la gente es menos feliz, o al menos es cuando…
MC:
Sí, no fluyen, no tienen esas experiencias, y esta paradoja es muy extraña y la hemos estudiado en distintos países y hemos hallado los mismos resultados. En el trabajo generalmente se tienen los objetivos muy claros y se pueden gestionar, que es una de las cosas que produce el flujo: el saber que hay que hacer algo en concreto; y la otra es que se tiene un feedback, es decir que se puede ver cómo se está actuando, ya sea por los clientes, el jefe o los colegas, o por lo que se está haciendo, de manera que hay feedback. Una parte muy importante del flujo es que las habilidades o las destrezas están en equilibrio con el reto de lo que se tiene que hacer. Y generalmente en el trabajo se llega a equilibrar esto: está muy claro. O sea que la paradoja reside en que el trabajo, en muchas ocasiones, es más como un juego que lo que hacemos en el tiempo libre en casa. Hay mucha gente que no sabe realmente qué hacer con su tiempo libre: no saben qué es lo mejor, no tienen feedback, creen que sus destrezas no están optimizadas…
Según Csikszentmihalyi, en trabajos antiguos como el de los
cazadores o pastores, había flujo. (Fuente: Wikipedia)
EP:
Estamos seguros de que el flujo puede suceder en el trabajo, aunque existe la paradoja de la que hablábamos. En el tiempo de ocio conducir produce el estado de flujo, y parece ser que el sexo es una ocasión para equilibrar las sensaciones…
MC:
Y la amistad también…
EP:
La llamas relaciones.
MC:
Bueno “relaciones” es el término técnico, pero en realidad es la amistad.
EP:
¿Quizás más que la familia?
MC:
Bueno, la gente se siente a menudo más libre y relajada con los amigos porque no tienen responsabilidad ni obligaciones, y en ese sentido la familia es como el trabajo: se tiene un compromiso. Pero por supuesto la experiencia típica de estado de flujo provienen de actividades que existen porque generan flujo, como son el arte, la música los deportes. Estas son formas culturales cuyo único objetivo es proporcionar el estado de flujo. No siempre se experimenta el flujo con estas actividades, pero si no se experimentara no existirían. Esta es la parte de ocio, pero no es suficiente experimentar el flujo en el ocio, lo importante, creo yo, es experimentarlo en el trabajo, en la amistad, en la familia, etc. ya que de esta manera toda la vida está en estado de flujo, en vez de estar dividida en trabajo y tiempo libre, se experimenta en su totalidad.
EP:
Porque la soledad no es la mejor…
MC:
No, San Juan de la Cruz escribió que la soledad es lo más maravilloso, pero para la mayoría de las personas no lo es, hay que aprender a apreciarla, hay que saber estar solo, y la mayoría de la gente se deprime…
El arte o el deporte son "formas culturales cuyo único
objetivo es proporcionar el estado de flujo", dice
Csikszentmihalyi. (Fuente: smartplanet)
EP:
Una cosa muy parecida a lo que estás diciendo ahora es lo que dicen otros científicos de la sanidad pública en países muy lejanos a California, que dicen que para que el trabajo funcione y para mantener la salud hay que poder controlar un poco lo que se hace, y que haya cosas que se puedan cambiar; y lo segundo, que es algo que también sugieres, es la capacidad de saber cómo hacerlo. Parece ser que hay que controlar y al mismo tiempo tener unas capacidades innatas o que se aprendan que pueden ayudar a fluir.
MC:
Es exactamente así. ¿Es este el tema del libro que estás escribiendo?
EP:
Se llama Viaje a la Felicidad, sí. Es un libro sobre lo que los científicos han acordado sobre qué es la felicidad. Tú por supuesto sales, junto con algunos otros amigos míos. Y parece increíble que antes de ti, y de algunos como tú que habéis estado trabajando más de 10 años sobre este tema en particular, no había nada en la comunidad científica, ni en el resto tampoco. ¿Cómo es esto?
MC:
Creo que durante los primeros 60 años del siglo pasado en la psicología había por un lado el paradigma conductista de estímulo y respuesta y, por el otro, la perspectiva psicoanalítica freudiana. Las dos eran muy potentes e influyentes, y no dejaban mucho lugar para nada más. Cuando yo escribí mi primer libro, Beyond Boredom & Anxiety, era en parte una respuesta a esto; que el sentimiento de flujo se encuentra entre el aburrimiento -por un lado- y la ansiedad -en el otro-. Cuando escribí ese libro pensé que quizá en el primer capítulo debía argumentar por qué el psicoanálisis no era la teoría definitiva, y en el segundo capítulo por qué el conductismo tampoco era la teoría perfecta, y entonces escribir la mía. Y después pensé que no podía escribir mucho sobre estas teorías, de manera que decidí olvidarme de ellas y escribí mi libro. Corría mucho riesgo, porque en aquella época ignorarlas era como decir que “Dios no existe”.
Para Csikszentmihalyi, lo que nos diferencia de los animales
es el tiempo libre. (Fuente: smartplanet)
EP:
Hay una última pregunta, que la hemos tocado un poco… pero yo tengo esta idea, que es posible que esté completamente equivocada, de que biológicamente somos una especie que tiene un déficit en el mantenimiento, somos una especie que invierte mucho en la reproducción, y muy poco en el mantenimiento. ¿Por qué? Bueno, porque la esperanza de vida era muy corta. ¿Qué te parece?
MC:
Creo que este es el motivo por el que Aristóteles y los griegos decían que los seres humanos eran diferentes de otras especies sólo en el tiempo libre, en el ocio y en la escoleia -que ya hemos mencionado-. Aparte de esto, somos como el resto de los animales: tenemos que trabajar, tener hijos, y eso es todo una y otra vez.
EP:
Y pagar la hipoteca…
MC:
Y pagar la hipoteca, y cuando se es libre se tiene la capacidad de elección, de utilizar el tiempo y la energía en formas que no están prescritas por las necesidades genéticas. Pero creo que lo que estás diciendo es una situación bastante nueva, que el ocio se ha convertido… dura más, ya que la gente se muere más tarde, y nos jubilamos antes, y durante casi la mitad de nuestras vidas no trabajamos, no tenemos que hacer nada…
"La gente tiene que descubrir una nueva forma de vivir, si
no será muy aburrido." (Fuente: smartplanet)
EP:
…aquí es donde creo que tu idea de entrar en estado de flujo es un síntoma de esta nueva situación.
MC:
Yo creo que antes había del flujo en el trabajo, cazar era de esta manera, y los pastores que iban con las ovejas de España a Francia, en la Edad Media, era una actividad que sabían cómo hacerla, y tenían que prestar atención. O sea que el mantenimiento y el trabajo estaban más unidos. Después comenzaron a separarse, sobre todo durante la Revolución Industrial, cuando las personas fueron a las fábricas. Y ahora estamos en una situación ligeramente diferente, ya que las personas tienen unos trabajos razonablemente buenos pero tenemos esos 40 años para hacer no se sabe qué. De manera que la gente tiene que descubrir una nueva forma de vivir, si no será muy aburrido y la gente estará esperando las campanadas de fin de año para poder decir, bueno, ya puedo irme, en lugar de disfrutar de la vida.
La invasión de los sentidos
Autor: Eduard Punset 5 octubre 2008
Howard Bloom, profesor en la Univ. de Nueva York
Howard Bloom explica como las personas percibimos el mundo que nos rodea a través de los cinco sentidos. Estos receptores transmiten la información a nuestro cerebro mediante impulsos eléctricos. Sin embargo, la percepción sensorial también viene determinada en gran medida por la cultura.
Fecha de la entrevista: 2003-02-09
Lugar de la entrevista: Nueva York, casa de Howard Bloom
Web de Howard Bloom.
Howard Bloom en Wikipedia.
Howard Bloom es profesor visitante en la Universidad de Nueva York. Ha fundado el proyecto Internacional de Paleopsicología para analizar las emociones, la percepción y la socialización desde el Big Bang hasta la actualidad; ideas que expone en su último libro: Global Brain.
Eduard Punset:
Los sentidos humanos. La gente habla de una invasión de los sentidos, y yo no sé qué significa: si quieren decir que la racionalidad está en horas bajas y todo se confía a los sentidos, o si es al revés -como creo que tú dijiste-, que los sentidos han sido invadidos por una especie de subculturas y de cerebro global que ha irrumpido en ellos. ¿Qué está sucediendo con los sentidos?
Howard Bloom:
Bueno, la opinión más común hoy en día es que los sentidos han sido secuestrados. La opinión actual es la posterior a Foucault. En los años sesenta, Foucault nos explicó que todo aquello de que disfrutamos, todo lo que nos hace sentir positivos, todo lo que percibimos, ha sido manipulado, en nuestro mundo actual, por alguna fuerza oscura y demoníaca. Y esa fuerza oscura y demoníaca utiliza nuestros sentidos para succionar todo lo que hay debajo de nosotros. Así, los sentidos no existen. En el laboratorio nosotros queremos estudiar los sentidos y los tropismos de las bacterias y queremos estudiar la sensibilidad de las bacterias: por ejemplo, si la bacteria responde a la corriente, si la bacteria responde al calcio, si busca un aumento de potasio, cuántas moléculas sensitivas diferentes hay.
EP:
Y hay muchas.
HB:
Sí, hay muchas. Y tú me preguntarás: ¿cómo es eso? ¿Cómo consigue una bacteria tener tanta riqueza sensorial en su mundo? ¿Realmente tiene una experiencia sensible de su mundo tan rica? Sí, en cierto sentido la tiene: es sensible a muchísimos factores simultáneamente, más de lo que podemos creer. Pero en otro sentido, no la tiene. ¿Por qué? Porque no es consciente de nada de lo que le llega a través de sus sentidos. Cuando hablamos de los sentidos, hablamos del hecho de que cuando yo veo tu rostro lo registro. Si fuéramos a hablar en los términos que usan los científicos en el laboratorio, diríamos: mis sensores visuales responden a los fotones que llegan de tu rostro. Y entonces, claro está, pasan por un proceso que sería demasiado complicado de explicar ahora mismo. Pero es un proceso en el que se produce una competición entre los receptores del iris por capturar toda la luz y conseguir el control, de manera que esa luz sea percibida por el ojo mismo, por recoger la percepción procedente de millones de estos sensores que luchan entre sí por los fotones y por la capacidad de enviar un mensaje, para después enviar de vuelta el mensaje a una fuente que condensa esa enorme cantidad de información en una pequeña porción de código y transmitir dicho código hacia el canal neuronal superior hasta el cerebro, donde todo ello se descomprime y reinterpreta de nuevo. Bueno, eso es lo que diríamos. Pero el hecho es que cuando miro tu rostro, registro tus emociones.
EP:
Pero Howard, he visto a bacterias que iban en esta dirección, y de repente en algún sitio hay un campo magnético y las bacterias giran como si fueran conscientes. Es muy difícil negarle a una bacteria la conciencia ¿no?
HB:
Sí, es difícil. Mi amigo Eschel Ben Jacob, que es jefe del Departamento de Física en la Universidad de Tel Aviv, y que ha hecho algunas de las investigaciones más remarcables en bacterias sobre la faz de la tierra, ha escrito un artículo diciendo que las bacterias son conscientes. Presenta un conjunto de cinco factores que definen la conciencia a su entender, y en consecuencia pueden ser aplicados a las bacterias. Y dice que las bacterias son conscientes. Tengo una amiga bióloga, Elizabeth Satoris, que es algo así como una mística, y cree que todo en el universo posee conciencia ¿Por qué? Porque la conciencia fue lo primero que apareció en el cosmos. Yo creo que la conciencia es algo muy peculiar que todavía no sabemos como definir, puesto que aún estamos en la edad de piedra respecto a la comprensión de en qué consiste la conciencia. Pero una cosa sí sabemos, y esto es realmente importante: la conciencia que percibe un cosmos entero a nuestro alrededor, y la que percibe el microcosmos en el que nosotros vivimos, es una facultad extremadamente importante. Yo creo que es algo fabuloso, algo que sólo los humanos poseemos; sólo los humanos podemos imaginar galaxias; yo creo que sólo los humanos somos capaces de excavar hasta encontrar bacterias; creo que tenemos una responsabilidad inmensa. Pero, ¿cómo se relaciona esto con nuestros sentidos? Básicamente no sabemos si somos los únicos que compartimos qualia. Qualia significa la experiencia subjetiva de todos estos sensores. Lo que sabemos es que tenemos la experiencia subjetiva de, tal vez, una diezmilésima de todo el proceso sensorial que se da en nuestro cuerpo en cada minuto en que podemos existir.
Para Bloom el cerebro es donde se procesan los sentidos de los que tenemos
consciencia siguiendo procedimientos muy complejos. (Fuente: smartplanet)
EP:
Sin embargo, tú siempre afirmas, a nivel del cuerpo y a nivel micro, que a pesar de toda esta información todavía no nos basta, y que llegamos a formas extracraneales de recoger información.
HB:
Tú y yo somos parte de una comunidad mucho mayor. Nuestros sentidos no son sólo cosas individuales, si no que son lo que nos ata a otros seres humanos. Cuando un bebe nace, en su primer día de vida ya tiene los sentidos dirigidos hacia la búsqueda de ojos, ojos que le presten atención, que estén dirigidos hacia él. Si hay un rostro cuyos ojos no se dirigen hacia él, no le prestará mucha atención; un rostro que esté orientado, totalmente dirigido hacia él, y concentrado emocionalmente en él, ese es el rostro en el se fijará. El cerebro empieza a cambiar seis meses más tarde. Al principio, el bebé es capaz de entender los sonidos de cualquier lengua que existe en el planeta. A lo largo de unos seis meses el cerebro del bebé cambia y si tú sólo le hablas en castellano, al final de esos seis meses será capaz de oír las sílabas del castellano pero no las sílabas del chino mandarín y posiblemente tampoco las del inglés, ni las de los kaseng, que hacen chasquear su lengua de una forma extraña que ni tú ni yo sabríamos hacer. Y en esos seis meses sucede otra cosa extraña con respecto a los sentidos: el bebé se concentra mucho en los rostros. Los rostros son para él lo más importante; si le enseñamos fotografías de chinos o negros y de chimpancés, a los seis meses será capaz de decirnos la diferencia entre ellos. Será capaz de decirnos la diferencia entre un oriental, un asiático y otro, y también la diferencia entre una persona negra y otra. Pero si todo lo que le enseñamos son rostros de blancos, y nunca llega a ver los de chinos y chimpancés, a los seis meses todos los rostros de chimpancés le parecerán iguales, y también todos los rostros chinos.
EP:
Lo que sugieres, Howard, es que la cultura –presentarle solamente blancos o presentarle negros, o sólo orientales– modulará de una forma segura a los sentidos.
HB:
Modelará el cerebro.
EP:
Modelará el cerebro y los sentidos.
HB:
Sí. Porque el cerebro, que es donde se procesan todos los sentidos siguiendo procedimientos muy complejos, es la reina de aquellos sentidos de los que tenemos conciencia –hay muchísimos sentidos que actúan en nuestro interior y de los que no somos conscientes. Nacemos con el doble de células que necesitamos, y durante el curso de los primeros años de nuestra vida el 50% de las células se pierden. Es como Miguel Ángel, que solía dar vueltas alrededor de un bloque de mármol intentando ver la forma que dicho bloque contenía potencialmente, y luego pasaba tres años de su vida destruyendo, eliminando el mármol para obtener la forma. El cerebro también es así: tiene este exceso que hay que eliminar, y es la cultura lo que determina qué se irá y qué se quedará. Es la cultura la que determina lo que veremos y lo que no durante el resto de nuestras vidas. Pero el hecho de que la cultura tenga tanta influencia tiene mucho que ver con que nos concentremos tanto en los rostros. Porque lo que pensamos de nuestros sentidos también lo pensamos de nuestra capacidad para ver un cuadrado o un triángulo: ese es el tipo de cosas que se experimentan en el laboratorio, pero no es eso para lo que estamos construidos: aquello para lo que estamos construidos es para buscar a los demás, y para buscar una relación con los demás; eso es algo tan intenso como pueda humanamente serlo.
"Estamos descubriendo que hay todo un conjunto de sentidos
de los que no tenemos consciencia." (Fuente: smartplanet)
EP:
Nos hemos concentrado en los rostros, en la vista ¿y los otros sentidos?
HB:
Bueno, aquí hay otra cuestión. Estamos empezando a saber que hay todo un conjunto de sentidos, que podríamos llamar sentidos ciegos. Estos no son los sentidos increíblemente ricos que posee cada célula –de los que hablábamos antes-, son algo muy diferente. Rama Chandra, alguien cuyo trabajo ya conoces, empezó a balbucear incoherentemente – al menos por lo que a mí respecta – acerca de la vista ciega hace unos cinco o seis años. Yo no vi la importancia de su trabajo. La vista ciega es lo siguiente: cogemos a una persona que sea ciega y la traemos a esta habitación; esta habitación es un lugar muy complejo, resulta difícil caminar por aquí sin tirar cosas al suelo o tropezar con algo; sin embargo muchas personas que son totalmente ciegas pueden saber por dónde hay que andar en la habitación. No pueden ver nada, pero de alguna manera son capaces de navegar por la habitación ¿Por qué? Porque el 90% del material que entra en los ojos se dirige hacia las partes conscientes del cerebro; pero el 10% va aquí abajo, a la base del cerebro; y jamás se preocupa de presentarse aquí arriba, en el reino de la conciencia, en absoluto. Simplemente se da a conocer a algo que está aquí abajo y que es tan primitivo que parece ridículo: algo que ha quedado de un pasado animal remotísimo. Pero es una parte del cerebro que sirve a la navegación. Por tanto, hay una visión que no vemos; hay una visión que no experimentamos subjetivamente.
EP:
Básicamente dices que las personas son exploradoras, que son curiosas, que quieren descubrir dónde se encuentra el placer…
HB:
Una de las cosas que sé que te interesan es el problema de la motivación. Y la idea estándar acerca de lo que nos motiva es el dolor y el placer. Estas son nociones mecánicas que muestran muy poca comprensión de lo que realmente somos en tanto seres humanos…
EP:
Bueno vienen del gorila. Ya sabes, cuando uno habla con los cuidadores de gorilas, te dicen que lo que más les gusta es la comida, el sexo…
HB:
Sí, pero ellos observan a los gorilas fuera de contexto. Cuando Diane Fossey fue a ver a los gorilas ¿qué querían realmente los gorilas? Los machos no sólo quieren sexo, quieren un harén de hembras, quieren estar rodeados de 6 ó 7 hijos, sentir que controlan a todo un grupo social. Eso es el placer: el placer es ser el centro de todas las miradas. Ya hemos hablado de la importancia de los ojos; la primera cosa de que somos conscientes en la infancia consiste en mirar a los ojos que se fijan en ti; nos alimentamos de la atención de otros seres humanos, de ojos que se dirigen a nosotros. El gorila está más interesado en su estatus dentro del grupo, en si se le mira con admiración, en si consigue su comida…
EP:
Si obtiene reconocimiento por parte de los demás.
HB:
Así es. De manera que lo que nos motiva no es un placer o un dolor abstracto, lo que nos atrae es el placer de tener todas las miradas puestas sobre nosotros, observándonos con admiración. Viéndonos como superiores, no como inferiores. Vernos como inferiores es algo doloroso, retirarnos la mirada, o no mirarnos en absoluto es el mayor dolor de todos. Así una de las cosas que los humanos tienden a pasar por alto, y especialmente los científicos, es el valor de algunas cosas naturales como la inseguridad. La inseguridad es una de las emociones humanas menos exploradas y menos entendidas y, sin embargo, tú y yo pasamos por ella 7 u 8 veces todos los días. Al menos 7 u 8 veces al día nos sentimos muy inseguros de lo que hacemos; no queremos admitirlo, no queremos que nadie lo note, pero el hecho es que por dentro estamos temblando por algo que hemos decidido hacer y por cómo lo recibirán los demás. Ese es nuestro placer y nuestro dolor ¿Cuál es el valor de la inseguridad? Rodolfo Llinás dice que el cerebro es un órgano que está encerrado en lo oscuro del cráneo, en una catedral oscura y sin ventanas. Pero Rodolfo Llinás se equivoca, porque el cerebro está construido como un conector social, como un componente dentro un gran entramado: ese tipo de entramado pensante del que hablábamos antes como los ordenadores, los procesadores distribuidos, los supercomputadores y los babuinos… El cerebro es muy extraño. Está construido para salir de sí mismo.
"El cerebro está motivado para salir
al exterior." (Fuente: smartplanet)
EP:
¿No te parece una paradoja que ese cerebro, que tiene receptores en todas las partes del cuerpo para sentir, si lo pinchas, o si coges una cuchara o un cuchillo y lo clavas no siente nada? El cerebro no tiene sensaciones.
HB:
No tiene sensaciones, pero habrás cambiado lo que le queda de vida si le clavas una cuchara a ese cerebro: porque dañarás y cambiarás el equilibrio de un montón de elementos que están constantemente interactuando unos con otros, y que a fin de resolver sus diferencias tienen que salir al exterior, están motivados para salir al exterior. Ese cerebro que era un objeto muerto la semana pasada, en su contexto de vida está construido para salir al exterior. Esto es lo que sucede: te peleas con tu novia, o tomas una decisión en la oficina acerca de la que te sientes inseguro. O te han atacado por una decisión que has tomado, y esto te pone muy alterado y ahí es donde golpea la inseguridad ¿qué tienes que hacer para resolver tu inseguridad? Teóricamente la inseguridad se sitúa aquí, en el sistema límbico, especialmente en la amígdala. Y en teoría, todo lo que hay que hacer es ir aquí arriba donde está el cerebro del habla y hacer que éste calme a la amígdala. Y es una distancia muy corta: sólo tres pulgadas, no representa ningún problema, pero no es así como se resuelve. Si te sientes muy inseguro llamas a un amigo, a un amigo que vive en Tokio…
EP:
En lugar de hablarle a la amígdala.
HB:
Sí, o llamas a un amigo que vive en Barcelona, o llamas a un amigo en París y le dices: Rodolfo tengo este problema, y le explicas todo el problema… Cuando le explicas tu problema a Rodolfo, Rodolfo absorbe una pequeña parte de la información lo que hace que mire a su propio mundo de una manera ligeramente diferente; tú has añadido tu paquete de información que ha surgido de tu inseguridad al cerebro global. Lo has inyectado dentro de este enorme guiso. Porque Rodolfo le va a hablar a otras 60 personas a lo largo de las próximas dos semanas, y tus problemas estarán en su pensamiento, y él hará que el resto del grupo procese esos problemas. Entonces ¿qué eres tú? Eres una antena de la mente del grupo, y necesitas del soporte, del apoyo de la mente del grupo.
Howard Bloom, profesor en la Univ. de Nueva York
Howard Bloom explica como las personas percibimos el mundo que nos rodea a través de los cinco sentidos. Estos receptores transmiten la información a nuestro cerebro mediante impulsos eléctricos. Sin embargo, la percepción sensorial también viene determinada en gran medida por la cultura.
Fecha de la entrevista: 2003-02-09
Lugar de la entrevista: Nueva York, casa de Howard Bloom
Web de Howard Bloom.
Howard Bloom en Wikipedia.
Howard Bloom es profesor visitante en la Universidad de Nueva York. Ha fundado el proyecto Internacional de Paleopsicología para analizar las emociones, la percepción y la socialización desde el Big Bang hasta la actualidad; ideas que expone en su último libro: Global Brain.
Eduard Punset:
Los sentidos humanos. La gente habla de una invasión de los sentidos, y yo no sé qué significa: si quieren decir que la racionalidad está en horas bajas y todo se confía a los sentidos, o si es al revés -como creo que tú dijiste-, que los sentidos han sido invadidos por una especie de subculturas y de cerebro global que ha irrumpido en ellos. ¿Qué está sucediendo con los sentidos?
Howard Bloom:
Bueno, la opinión más común hoy en día es que los sentidos han sido secuestrados. La opinión actual es la posterior a Foucault. En los años sesenta, Foucault nos explicó que todo aquello de que disfrutamos, todo lo que nos hace sentir positivos, todo lo que percibimos, ha sido manipulado, en nuestro mundo actual, por alguna fuerza oscura y demoníaca. Y esa fuerza oscura y demoníaca utiliza nuestros sentidos para succionar todo lo que hay debajo de nosotros. Así, los sentidos no existen. En el laboratorio nosotros queremos estudiar los sentidos y los tropismos de las bacterias y queremos estudiar la sensibilidad de las bacterias: por ejemplo, si la bacteria responde a la corriente, si la bacteria responde al calcio, si busca un aumento de potasio, cuántas moléculas sensitivas diferentes hay.
EP:
Y hay muchas.
HB:
Sí, hay muchas. Y tú me preguntarás: ¿cómo es eso? ¿Cómo consigue una bacteria tener tanta riqueza sensorial en su mundo? ¿Realmente tiene una experiencia sensible de su mundo tan rica? Sí, en cierto sentido la tiene: es sensible a muchísimos factores simultáneamente, más de lo que podemos creer. Pero en otro sentido, no la tiene. ¿Por qué? Porque no es consciente de nada de lo que le llega a través de sus sentidos. Cuando hablamos de los sentidos, hablamos del hecho de que cuando yo veo tu rostro lo registro. Si fuéramos a hablar en los términos que usan los científicos en el laboratorio, diríamos: mis sensores visuales responden a los fotones que llegan de tu rostro. Y entonces, claro está, pasan por un proceso que sería demasiado complicado de explicar ahora mismo. Pero es un proceso en el que se produce una competición entre los receptores del iris por capturar toda la luz y conseguir el control, de manera que esa luz sea percibida por el ojo mismo, por recoger la percepción procedente de millones de estos sensores que luchan entre sí por los fotones y por la capacidad de enviar un mensaje, para después enviar de vuelta el mensaje a una fuente que condensa esa enorme cantidad de información en una pequeña porción de código y transmitir dicho código hacia el canal neuronal superior hasta el cerebro, donde todo ello se descomprime y reinterpreta de nuevo. Bueno, eso es lo que diríamos. Pero el hecho es que cuando miro tu rostro, registro tus emociones.
EP:
Pero Howard, he visto a bacterias que iban en esta dirección, y de repente en algún sitio hay un campo magnético y las bacterias giran como si fueran conscientes. Es muy difícil negarle a una bacteria la conciencia ¿no?
HB:
Sí, es difícil. Mi amigo Eschel Ben Jacob, que es jefe del Departamento de Física en la Universidad de Tel Aviv, y que ha hecho algunas de las investigaciones más remarcables en bacterias sobre la faz de la tierra, ha escrito un artículo diciendo que las bacterias son conscientes. Presenta un conjunto de cinco factores que definen la conciencia a su entender, y en consecuencia pueden ser aplicados a las bacterias. Y dice que las bacterias son conscientes. Tengo una amiga bióloga, Elizabeth Satoris, que es algo así como una mística, y cree que todo en el universo posee conciencia ¿Por qué? Porque la conciencia fue lo primero que apareció en el cosmos. Yo creo que la conciencia es algo muy peculiar que todavía no sabemos como definir, puesto que aún estamos en la edad de piedra respecto a la comprensión de en qué consiste la conciencia. Pero una cosa sí sabemos, y esto es realmente importante: la conciencia que percibe un cosmos entero a nuestro alrededor, y la que percibe el microcosmos en el que nosotros vivimos, es una facultad extremadamente importante. Yo creo que es algo fabuloso, algo que sólo los humanos poseemos; sólo los humanos podemos imaginar galaxias; yo creo que sólo los humanos somos capaces de excavar hasta encontrar bacterias; creo que tenemos una responsabilidad inmensa. Pero, ¿cómo se relaciona esto con nuestros sentidos? Básicamente no sabemos si somos los únicos que compartimos qualia. Qualia significa la experiencia subjetiva de todos estos sensores. Lo que sabemos es que tenemos la experiencia subjetiva de, tal vez, una diezmilésima de todo el proceso sensorial que se da en nuestro cuerpo en cada minuto en que podemos existir.
Para Bloom el cerebro es donde se procesan los sentidos de los que tenemos
consciencia siguiendo procedimientos muy complejos. (Fuente: smartplanet)
EP:
Sin embargo, tú siempre afirmas, a nivel del cuerpo y a nivel micro, que a pesar de toda esta información todavía no nos basta, y que llegamos a formas extracraneales de recoger información.
HB:
Tú y yo somos parte de una comunidad mucho mayor. Nuestros sentidos no son sólo cosas individuales, si no que son lo que nos ata a otros seres humanos. Cuando un bebe nace, en su primer día de vida ya tiene los sentidos dirigidos hacia la búsqueda de ojos, ojos que le presten atención, que estén dirigidos hacia él. Si hay un rostro cuyos ojos no se dirigen hacia él, no le prestará mucha atención; un rostro que esté orientado, totalmente dirigido hacia él, y concentrado emocionalmente en él, ese es el rostro en el se fijará. El cerebro empieza a cambiar seis meses más tarde. Al principio, el bebé es capaz de entender los sonidos de cualquier lengua que existe en el planeta. A lo largo de unos seis meses el cerebro del bebé cambia y si tú sólo le hablas en castellano, al final de esos seis meses será capaz de oír las sílabas del castellano pero no las sílabas del chino mandarín y posiblemente tampoco las del inglés, ni las de los kaseng, que hacen chasquear su lengua de una forma extraña que ni tú ni yo sabríamos hacer. Y en esos seis meses sucede otra cosa extraña con respecto a los sentidos: el bebé se concentra mucho en los rostros. Los rostros son para él lo más importante; si le enseñamos fotografías de chinos o negros y de chimpancés, a los seis meses será capaz de decirnos la diferencia entre ellos. Será capaz de decirnos la diferencia entre un oriental, un asiático y otro, y también la diferencia entre una persona negra y otra. Pero si todo lo que le enseñamos son rostros de blancos, y nunca llega a ver los de chinos y chimpancés, a los seis meses todos los rostros de chimpancés le parecerán iguales, y también todos los rostros chinos.
EP:
Lo que sugieres, Howard, es que la cultura –presentarle solamente blancos o presentarle negros, o sólo orientales– modulará de una forma segura a los sentidos.
HB:
Modelará el cerebro.
EP:
Modelará el cerebro y los sentidos.
HB:
Sí. Porque el cerebro, que es donde se procesan todos los sentidos siguiendo procedimientos muy complejos, es la reina de aquellos sentidos de los que tenemos conciencia –hay muchísimos sentidos que actúan en nuestro interior y de los que no somos conscientes. Nacemos con el doble de células que necesitamos, y durante el curso de los primeros años de nuestra vida el 50% de las células se pierden. Es como Miguel Ángel, que solía dar vueltas alrededor de un bloque de mármol intentando ver la forma que dicho bloque contenía potencialmente, y luego pasaba tres años de su vida destruyendo, eliminando el mármol para obtener la forma. El cerebro también es así: tiene este exceso que hay que eliminar, y es la cultura lo que determina qué se irá y qué se quedará. Es la cultura la que determina lo que veremos y lo que no durante el resto de nuestras vidas. Pero el hecho de que la cultura tenga tanta influencia tiene mucho que ver con que nos concentremos tanto en los rostros. Porque lo que pensamos de nuestros sentidos también lo pensamos de nuestra capacidad para ver un cuadrado o un triángulo: ese es el tipo de cosas que se experimentan en el laboratorio, pero no es eso para lo que estamos construidos: aquello para lo que estamos construidos es para buscar a los demás, y para buscar una relación con los demás; eso es algo tan intenso como pueda humanamente serlo.
"Estamos descubriendo que hay todo un conjunto de sentidos
de los que no tenemos consciencia." (Fuente: smartplanet)
EP:
Nos hemos concentrado en los rostros, en la vista ¿y los otros sentidos?
HB:
Bueno, aquí hay otra cuestión. Estamos empezando a saber que hay todo un conjunto de sentidos, que podríamos llamar sentidos ciegos. Estos no son los sentidos increíblemente ricos que posee cada célula –de los que hablábamos antes-, son algo muy diferente. Rama Chandra, alguien cuyo trabajo ya conoces, empezó a balbucear incoherentemente – al menos por lo que a mí respecta – acerca de la vista ciega hace unos cinco o seis años. Yo no vi la importancia de su trabajo. La vista ciega es lo siguiente: cogemos a una persona que sea ciega y la traemos a esta habitación; esta habitación es un lugar muy complejo, resulta difícil caminar por aquí sin tirar cosas al suelo o tropezar con algo; sin embargo muchas personas que son totalmente ciegas pueden saber por dónde hay que andar en la habitación. No pueden ver nada, pero de alguna manera son capaces de navegar por la habitación ¿Por qué? Porque el 90% del material que entra en los ojos se dirige hacia las partes conscientes del cerebro; pero el 10% va aquí abajo, a la base del cerebro; y jamás se preocupa de presentarse aquí arriba, en el reino de la conciencia, en absoluto. Simplemente se da a conocer a algo que está aquí abajo y que es tan primitivo que parece ridículo: algo que ha quedado de un pasado animal remotísimo. Pero es una parte del cerebro que sirve a la navegación. Por tanto, hay una visión que no vemos; hay una visión que no experimentamos subjetivamente.
EP:
Básicamente dices que las personas son exploradoras, que son curiosas, que quieren descubrir dónde se encuentra el placer…
HB:
Una de las cosas que sé que te interesan es el problema de la motivación. Y la idea estándar acerca de lo que nos motiva es el dolor y el placer. Estas son nociones mecánicas que muestran muy poca comprensión de lo que realmente somos en tanto seres humanos…
EP:
Bueno vienen del gorila. Ya sabes, cuando uno habla con los cuidadores de gorilas, te dicen que lo que más les gusta es la comida, el sexo…
HB:
Sí, pero ellos observan a los gorilas fuera de contexto. Cuando Diane Fossey fue a ver a los gorilas ¿qué querían realmente los gorilas? Los machos no sólo quieren sexo, quieren un harén de hembras, quieren estar rodeados de 6 ó 7 hijos, sentir que controlan a todo un grupo social. Eso es el placer: el placer es ser el centro de todas las miradas. Ya hemos hablado de la importancia de los ojos; la primera cosa de que somos conscientes en la infancia consiste en mirar a los ojos que se fijan en ti; nos alimentamos de la atención de otros seres humanos, de ojos que se dirigen a nosotros. El gorila está más interesado en su estatus dentro del grupo, en si se le mira con admiración, en si consigue su comida…
EP:
Si obtiene reconocimiento por parte de los demás.
HB:
Así es. De manera que lo que nos motiva no es un placer o un dolor abstracto, lo que nos atrae es el placer de tener todas las miradas puestas sobre nosotros, observándonos con admiración. Viéndonos como superiores, no como inferiores. Vernos como inferiores es algo doloroso, retirarnos la mirada, o no mirarnos en absoluto es el mayor dolor de todos. Así una de las cosas que los humanos tienden a pasar por alto, y especialmente los científicos, es el valor de algunas cosas naturales como la inseguridad. La inseguridad es una de las emociones humanas menos exploradas y menos entendidas y, sin embargo, tú y yo pasamos por ella 7 u 8 veces todos los días. Al menos 7 u 8 veces al día nos sentimos muy inseguros de lo que hacemos; no queremos admitirlo, no queremos que nadie lo note, pero el hecho es que por dentro estamos temblando por algo que hemos decidido hacer y por cómo lo recibirán los demás. Ese es nuestro placer y nuestro dolor ¿Cuál es el valor de la inseguridad? Rodolfo Llinás dice que el cerebro es un órgano que está encerrado en lo oscuro del cráneo, en una catedral oscura y sin ventanas. Pero Rodolfo Llinás se equivoca, porque el cerebro está construido como un conector social, como un componente dentro un gran entramado: ese tipo de entramado pensante del que hablábamos antes como los ordenadores, los procesadores distribuidos, los supercomputadores y los babuinos… El cerebro es muy extraño. Está construido para salir de sí mismo.
"El cerebro está motivado para salir
al exterior." (Fuente: smartplanet)
EP:
¿No te parece una paradoja que ese cerebro, que tiene receptores en todas las partes del cuerpo para sentir, si lo pinchas, o si coges una cuchara o un cuchillo y lo clavas no siente nada? El cerebro no tiene sensaciones.
HB:
No tiene sensaciones, pero habrás cambiado lo que le queda de vida si le clavas una cuchara a ese cerebro: porque dañarás y cambiarás el equilibrio de un montón de elementos que están constantemente interactuando unos con otros, y que a fin de resolver sus diferencias tienen que salir al exterior, están motivados para salir al exterior. Ese cerebro que era un objeto muerto la semana pasada, en su contexto de vida está construido para salir al exterior. Esto es lo que sucede: te peleas con tu novia, o tomas una decisión en la oficina acerca de la que te sientes inseguro. O te han atacado por una decisión que has tomado, y esto te pone muy alterado y ahí es donde golpea la inseguridad ¿qué tienes que hacer para resolver tu inseguridad? Teóricamente la inseguridad se sitúa aquí, en el sistema límbico, especialmente en la amígdala. Y en teoría, todo lo que hay que hacer es ir aquí arriba donde está el cerebro del habla y hacer que éste calme a la amígdala. Y es una distancia muy corta: sólo tres pulgadas, no representa ningún problema, pero no es así como se resuelve. Si te sientes muy inseguro llamas a un amigo, a un amigo que vive en Tokio…
EP:
En lugar de hablarle a la amígdala.
HB:
Sí, o llamas a un amigo que vive en Barcelona, o llamas a un amigo en París y le dices: Rodolfo tengo este problema, y le explicas todo el problema… Cuando le explicas tu problema a Rodolfo, Rodolfo absorbe una pequeña parte de la información lo que hace que mire a su propio mundo de una manera ligeramente diferente; tú has añadido tu paquete de información que ha surgido de tu inseguridad al cerebro global. Lo has inyectado dentro de este enorme guiso. Porque Rodolfo le va a hablar a otras 60 personas a lo largo de las próximas dos semanas, y tus problemas estarán en su pensamiento, y él hará que el resto del grupo procese esos problemas. Entonces ¿qué eres tú? Eres una antena de la mente del grupo, y necesitas del soporte, del apoyo de la mente del grupo.
Los demás condicionan nuestras emociones
Brian Parkinson, psicólogo social
Cuando pensamos en emociones, creemos que son sólo una cuestión personal. Pero las últimas investigaciones demuestran la enorme importancia de las relaciones sociales para las emociones. Basta pensar en lo que sucede en un campo de fútbol y en cómo el comportamiento de los demás contamina la forma en que expresamos nuestra emoción cuando se produce un gol.
Fecha de la entrevista: 2007-09-20
Lugar de la entrevista: U. de Oxford
Perfil académico de Brian Parkinson en la web de la U. de Oxford.
En el futuro habrá ordenadores tan complejos que se les tratará como a personas, entrevista a Brian Parkinson publicada por el diario ABC (link alternativo).
Brian Parkinson tiene un interés especial en descubrir la relación entre las emociones básicas del ser humano y lo que se llama la “inteligencia social”, la capacidad de relacionarnos con otras personas. De su mano, descubrimos cómo se contagian las emociones en un grupo o cómo validamos nuestros propios sentimientos en relación con los demás.
Clip de la entrevista entre Punset y Parkinson.
Eduard Punset:
Al hablar de las emociones, dices que hay que tener en cuenta que las interrelaciones con los demás, con los grupos, son muy importantes. ¿Qué quieres decir exactamente?
Brian Parkinson:
A menudo, imaginamos que las emociones sobrevienen de repente y que son el resultado de interpretaciones muy personales de lo que nos sucede. Pero si consideramos nuestras experiencias emocionales cotidianas, resulta evidente en primer lugar, que en su mayoría tienen que ver con otras personas. Por ejemplo, nos disgustamos cuando alguien dice algo que nos ofende. Pero nos olvidamos que estas evaluaciones e interpretaciones que hacemos mediante las emociones están condicionadas por lo que los demás sienten y piensan. Todas las expresiones faciales y conductas no verbales influyen también en nuestras propias emociones. Por tanto, si nos centramos exclusivamente en los aspectos individuales de las emociones, nos perderemos una parte enorme de información.
EP:
Y no sólo se trata de la imaginación. Pensemos por ejemplo en las personas que padecen depresión. ¿Qué sucede con estas personas? Sus emociones dependen realmente de cómo se comporten los demás hacia ellos, ¿verdad?
BP:
Creo que sí, por lo menos en algunos casos de depresión en los que me parece muy aplicable una teoría interpersonal de la depresión desarrollada por James Coyne, en los Estados Unidos. En líneas generales, Coyne dice que la expresión de la depresión tiene como objetivo que los demás te consuelen y te brinden algún tipo de apoyo. Pero si las expresiones que buscan el consuelo se prolongan demasiado y se vuelven demasiado intensas, entonces los demás sufren una especie de fatiga de compasión y no pueden seguir consolándote si eso no mejora nada la situación.
EP:
Se hartan.
BP:
El problema es cómo reacciona la persona deprimida ante este abandono aparente de las personas más cercanas. Muchas veces, lo que hace la persona deprimida es intensificar sus quejas como una especie de intento desesperado de restablecer el consuelo de los demás en lugar de reconocer que se ha quejado mucho últimamente. Y lo único que consigue es que los demás se aparten todavía más.
EP:
¿Hay alguna manera de revertirlo?
BP:
Puede ayudar que la persona deprimida se someta a terapia cognitiva en la que el terapeuta se centre en las interpretaciones de cómo responden los demás y en hacerle notar que las personas no la rechazan en realidad. Esto puede generar un cambio de actitud en su manera de responder a los demás que, a su vez, detiene la depresión. Pero el motivo por el que alguien deprimido cree que los demás le rechazan es porque los demás hasta cierto punto sí que le rechazan cuando está deprimido, cuando se queja demasiado.
(Imagen: Smartplanet)
¿Culturales o universales?
EP:
Ha habido un debate durante años en tu profesión sobre las emociones. Unos decían que las emociones son universales y que todo el mundo las expresa de la misma manera, mientras que otros afirmaban que existen dialectos emocionales.
BP:
Creo que los psicólogos se han preocupado demasiado sobre este tema. Hay una respuesta sencilla a la pregunta de si las emociones son universales o culturales: algunas partes de las emociones son universales, y algunas partes son culturales, pero ambas cosas están ligadas. La cultura ha surgido como consecuencia de una predisposición biológica y de la tendencia de relacionarse con los demás de una manera concreta. Y la biología, que funciona a través de la selección natural y de la evolución, recurre a aquello que ya existe en el entorno social.
EP:
¿Por ejemplo?
BP:
Se suele discutir si los niños experimentan cierto tipo de emociones gracias a la socialización o bien si están preprogramados biológicamente para sentir estas emociones. Se podría argumentar que, incluso si la influencia de la aportación de los padres es muy grande en este sentido, la manera en la que los padres responden a los niños también está determinada hasta cierto punto por su estructura biológica. La biología y la cultura están tan inextricablemente unidas, que no tiene demasiado sentido hablar de ellas por separado.
EP:
Hubo un estudio que demuestra cómo las expresiones de las emociones cambian según la cultura.
BP:
Fue un experimento famoso realizado por Wallace Friesen y presentado por Paul Ekman, a principios de la década de 1970. Este estudio ofrece una demostración de que los estudiantes japoneses tienen una manera diferente de expresar sus emociones que los estudiantes estadounidenses.
(Imagen: Smartplanet)
EP:
En el experimento, se les mostraba a los estudiantes una película desagradable, ¿verdad?
BP:
Exacto. Se les mostró una película con imágenes de operaciones médica que inspiraban asco y repugnancia a la gente. En la primera fase del experimento, tanto los estudiantes japoneses como los estadounidenses vieron estas películas individualmente mientras se grababan sus expresiones faciales. En esa fase, no hubo diferencias demasiado grandes entre ambas culturas y todos reaccionaron de un modo bastante parecido a las imágenes. Pero, en una fase posterior, se les volvió a mostrar la película mientras un experimentador entrevistaba a los estudiantes grabando nuevamente sus expresiones faciales. En ese entonces, las expresiones de los estudiantes japoneses y estadounidenses fueron muy distintas.
EP:
Debido a la presencia del entrevistador…
BP:
La interpretación habitual es que las emociones experimentadas en ambos grupos son idénticas, pero los estudiantes estadounidenses se sienten libres para exteriorizar sus sentimientos reales, mientras que los japoneses ocultan su verdadera sensación de repugnancia porque, debido a su cultura, se les ha enseñado a no mostrar emociones negativas delante de una autoridad ocultándolas con expresiones más positivas.
EP:
Exacto.
BP:
Sin embargo, hay otras interpretaciones posibles a lo que sucedió en este experimento. Alan Fridlund, que tiene una visión alternativa de cómo funciona la expresión facial, sostiene que lo que en realidad sucede es que el contexto social es diferente para estos dos grupos de participantes. Los estudiantes no sólo reaccionaron a la película sino también al entrevistador. Y puede que los japoneses, por motivos de cortesía, hayan prestado más atención al entrevistador que al contenido emocional de la película y por eso hayan mostrado interés y sonreído educadamente al entrevistador; mientras que los estudiantes estadounidenses no hayan tenido ningún problema con seguir concentrándose en la película y expresar sus emociones.
Diferentes palabras, mismas emociones
BP:
Es evidente que existen diferencias interculturales en el lenguaje de las emociones. Algunas culturas tienen palabras para expresar emociones que carecen de una traducción directa a otras lenguas. Por ejemplo, los japoneses dicen "amae" para nombrar una emoción que significa una especie de entrega infantil a alguien que nos cuida. Podemos entender cómo debe de ser ese sentimiento por más que no tengamos una palabra para expresarlo. El hecho de que un idioma preste suficiente atención a una emoción para codificarlo en la lengua debe significar que se trata de una emoción especialmente importante en esa cultura, lo que probablemente implique que reconocen esa emoción más a menudo que en otras culturas. Pero eso no implica que las personas de sociedades distintas no tengan las mismas experiencias individuales. Sólo se trata de su manera de responder a dichas experiencias.
EP:
La expresión de la tristeza es un ejemplo claro de lo que acabas de explicar, ¿verdad? En algunas culturas no tienden a ocultar esta emoción sino a transformarla en algo divertido.
BP:
En Tahití, se hizo un estudio antropológico muy importante que muestra que allí, la postura ante la tristeza es totalmente distinta. Esto tiene varias explicaciones. Puede ser que esa sociedad esté organizada de tal manera que no haya tantas ocasiones para la tristeza como en nuestra cultura, aunque no creo que eso lo explique totalmente. Otra posibilidad es que estas personas hayan aprendido otra forma de responder a las situaciones tristes, transformándolas en otro tipo de emoción, en otras maneras enfrentarse a lo que sucede.
El jardín de los conceptos exóticos.
EP:
En el mundo occidental, seguimos tendiendo a contraponer la emoción con la racionalidad. ¿Hemos avanzado algo en este debate?
BP:
Dentro de la psicología de las emociones, ha habido una especie de regreso a la idea de que las emociones pueden considerarse como reacciones razonables y funcionales, que cumplen un objetivo muy racional. Muchas emociones surgen cuando las representaciones convencionales sobre cómo abordar una situación se rompen, cuando hay dos personas con dos posturas que no encajan. Y ciertos problemas en nuestra sociedad no tienen una solución lógica y racional. Cuando tenemos dos perspectivas irreconciliables, este tipo de situación siempre generará algún tipo de reacción emocional. Creo que las emociones son justamente un intento de reajustar perspectivas que no acaban de encajar, para las cuales no existe una manera lógica de llegar a una síntesis. Esto sucede incluso con las emociones positivas como el orgullo. Esta emoción consiste en decir: "merezco que se me reconozca el mérito, así que debes ajustar tu actitud hacia mí para tener en cuenta que he conseguido este éxito concreto". Es una manera de reajustar relaciones para reconocer un cambio de estatus y esto no es algo que tenga una base lógica absolutamente racional.
Cuando pensamos en emociones, creemos que son sólo una cuestión personal. Pero las últimas investigaciones demuestran la enorme importancia de las relaciones sociales para las emociones. Basta pensar en lo que sucede en un campo de fútbol y en cómo el comportamiento de los demás contamina la forma en que expresamos nuestra emoción cuando se produce un gol.
Fecha de la entrevista: 2007-09-20
Lugar de la entrevista: U. de Oxford
Perfil académico de Brian Parkinson en la web de la U. de Oxford.
En el futuro habrá ordenadores tan complejos que se les tratará como a personas, entrevista a Brian Parkinson publicada por el diario ABC (link alternativo).
Brian Parkinson tiene un interés especial en descubrir la relación entre las emociones básicas del ser humano y lo que se llama la “inteligencia social”, la capacidad de relacionarnos con otras personas. De su mano, descubrimos cómo se contagian las emociones en un grupo o cómo validamos nuestros propios sentimientos en relación con los demás.
Clip de la entrevista entre Punset y Parkinson.
Eduard Punset:
Al hablar de las emociones, dices que hay que tener en cuenta que las interrelaciones con los demás, con los grupos, son muy importantes. ¿Qué quieres decir exactamente?
Brian Parkinson:
A menudo, imaginamos que las emociones sobrevienen de repente y que son el resultado de interpretaciones muy personales de lo que nos sucede. Pero si consideramos nuestras experiencias emocionales cotidianas, resulta evidente en primer lugar, que en su mayoría tienen que ver con otras personas. Por ejemplo, nos disgustamos cuando alguien dice algo que nos ofende. Pero nos olvidamos que estas evaluaciones e interpretaciones que hacemos mediante las emociones están condicionadas por lo que los demás sienten y piensan. Todas las expresiones faciales y conductas no verbales influyen también en nuestras propias emociones. Por tanto, si nos centramos exclusivamente en los aspectos individuales de las emociones, nos perderemos una parte enorme de información.
EP:
Y no sólo se trata de la imaginación. Pensemos por ejemplo en las personas que padecen depresión. ¿Qué sucede con estas personas? Sus emociones dependen realmente de cómo se comporten los demás hacia ellos, ¿verdad?
BP:
Creo que sí, por lo menos en algunos casos de depresión en los que me parece muy aplicable una teoría interpersonal de la depresión desarrollada por James Coyne, en los Estados Unidos. En líneas generales, Coyne dice que la expresión de la depresión tiene como objetivo que los demás te consuelen y te brinden algún tipo de apoyo. Pero si las expresiones que buscan el consuelo se prolongan demasiado y se vuelven demasiado intensas, entonces los demás sufren una especie de fatiga de compasión y no pueden seguir consolándote si eso no mejora nada la situación.
EP:
Se hartan.
BP:
El problema es cómo reacciona la persona deprimida ante este abandono aparente de las personas más cercanas. Muchas veces, lo que hace la persona deprimida es intensificar sus quejas como una especie de intento desesperado de restablecer el consuelo de los demás en lugar de reconocer que se ha quejado mucho últimamente. Y lo único que consigue es que los demás se aparten todavía más.
EP:
¿Hay alguna manera de revertirlo?
BP:
Puede ayudar que la persona deprimida se someta a terapia cognitiva en la que el terapeuta se centre en las interpretaciones de cómo responden los demás y en hacerle notar que las personas no la rechazan en realidad. Esto puede generar un cambio de actitud en su manera de responder a los demás que, a su vez, detiene la depresión. Pero el motivo por el que alguien deprimido cree que los demás le rechazan es porque los demás hasta cierto punto sí que le rechazan cuando está deprimido, cuando se queja demasiado.
(Imagen: Smartplanet)
¿Culturales o universales?
EP:
Ha habido un debate durante años en tu profesión sobre las emociones. Unos decían que las emociones son universales y que todo el mundo las expresa de la misma manera, mientras que otros afirmaban que existen dialectos emocionales.
BP:
Creo que los psicólogos se han preocupado demasiado sobre este tema. Hay una respuesta sencilla a la pregunta de si las emociones son universales o culturales: algunas partes de las emociones son universales, y algunas partes son culturales, pero ambas cosas están ligadas. La cultura ha surgido como consecuencia de una predisposición biológica y de la tendencia de relacionarse con los demás de una manera concreta. Y la biología, que funciona a través de la selección natural y de la evolución, recurre a aquello que ya existe en el entorno social.
EP:
¿Por ejemplo?
BP:
Se suele discutir si los niños experimentan cierto tipo de emociones gracias a la socialización o bien si están preprogramados biológicamente para sentir estas emociones. Se podría argumentar que, incluso si la influencia de la aportación de los padres es muy grande en este sentido, la manera en la que los padres responden a los niños también está determinada hasta cierto punto por su estructura biológica. La biología y la cultura están tan inextricablemente unidas, que no tiene demasiado sentido hablar de ellas por separado.
EP:
Hubo un estudio que demuestra cómo las expresiones de las emociones cambian según la cultura.
BP:
Fue un experimento famoso realizado por Wallace Friesen y presentado por Paul Ekman, a principios de la década de 1970. Este estudio ofrece una demostración de que los estudiantes japoneses tienen una manera diferente de expresar sus emociones que los estudiantes estadounidenses.
(Imagen: Smartplanet)
EP:
En el experimento, se les mostraba a los estudiantes una película desagradable, ¿verdad?
BP:
Exacto. Se les mostró una película con imágenes de operaciones médica que inspiraban asco y repugnancia a la gente. En la primera fase del experimento, tanto los estudiantes japoneses como los estadounidenses vieron estas películas individualmente mientras se grababan sus expresiones faciales. En esa fase, no hubo diferencias demasiado grandes entre ambas culturas y todos reaccionaron de un modo bastante parecido a las imágenes. Pero, en una fase posterior, se les volvió a mostrar la película mientras un experimentador entrevistaba a los estudiantes grabando nuevamente sus expresiones faciales. En ese entonces, las expresiones de los estudiantes japoneses y estadounidenses fueron muy distintas.
EP:
Debido a la presencia del entrevistador…
BP:
La interpretación habitual es que las emociones experimentadas en ambos grupos son idénticas, pero los estudiantes estadounidenses se sienten libres para exteriorizar sus sentimientos reales, mientras que los japoneses ocultan su verdadera sensación de repugnancia porque, debido a su cultura, se les ha enseñado a no mostrar emociones negativas delante de una autoridad ocultándolas con expresiones más positivas.
EP:
Exacto.
BP:
Sin embargo, hay otras interpretaciones posibles a lo que sucedió en este experimento. Alan Fridlund, que tiene una visión alternativa de cómo funciona la expresión facial, sostiene que lo que en realidad sucede es que el contexto social es diferente para estos dos grupos de participantes. Los estudiantes no sólo reaccionaron a la película sino también al entrevistador. Y puede que los japoneses, por motivos de cortesía, hayan prestado más atención al entrevistador que al contenido emocional de la película y por eso hayan mostrado interés y sonreído educadamente al entrevistador; mientras que los estudiantes estadounidenses no hayan tenido ningún problema con seguir concentrándose en la película y expresar sus emociones.
Diferentes palabras, mismas emociones
BP:
Es evidente que existen diferencias interculturales en el lenguaje de las emociones. Algunas culturas tienen palabras para expresar emociones que carecen de una traducción directa a otras lenguas. Por ejemplo, los japoneses dicen "amae" para nombrar una emoción que significa una especie de entrega infantil a alguien que nos cuida. Podemos entender cómo debe de ser ese sentimiento por más que no tengamos una palabra para expresarlo. El hecho de que un idioma preste suficiente atención a una emoción para codificarlo en la lengua debe significar que se trata de una emoción especialmente importante en esa cultura, lo que probablemente implique que reconocen esa emoción más a menudo que en otras culturas. Pero eso no implica que las personas de sociedades distintas no tengan las mismas experiencias individuales. Sólo se trata de su manera de responder a dichas experiencias.
EP:
La expresión de la tristeza es un ejemplo claro de lo que acabas de explicar, ¿verdad? En algunas culturas no tienden a ocultar esta emoción sino a transformarla en algo divertido.
BP:
En Tahití, se hizo un estudio antropológico muy importante que muestra que allí, la postura ante la tristeza es totalmente distinta. Esto tiene varias explicaciones. Puede ser que esa sociedad esté organizada de tal manera que no haya tantas ocasiones para la tristeza como en nuestra cultura, aunque no creo que eso lo explique totalmente. Otra posibilidad es que estas personas hayan aprendido otra forma de responder a las situaciones tristes, transformándolas en otro tipo de emoción, en otras maneras enfrentarse a lo que sucede.
El jardín de los conceptos exóticos.
EP:
En el mundo occidental, seguimos tendiendo a contraponer la emoción con la racionalidad. ¿Hemos avanzado algo en este debate?
BP:
Dentro de la psicología de las emociones, ha habido una especie de regreso a la idea de que las emociones pueden considerarse como reacciones razonables y funcionales, que cumplen un objetivo muy racional. Muchas emociones surgen cuando las representaciones convencionales sobre cómo abordar una situación se rompen, cuando hay dos personas con dos posturas que no encajan. Y ciertos problemas en nuestra sociedad no tienen una solución lógica y racional. Cuando tenemos dos perspectivas irreconciliables, este tipo de situación siempre generará algún tipo de reacción emocional. Creo que las emociones son justamente un intento de reajustar perspectivas que no acaban de encajar, para las cuales no existe una manera lógica de llegar a una síntesis. Esto sucede incluso con las emociones positivas como el orgullo. Esta emoción consiste en decir: "merezco que se me reconozca el mérito, así que debes ajustar tu actitud hacia mí para tener en cuenta que he conseguido este éxito concreto". Es una manera de reajustar relaciones para reconocer un cambio de estatus y esto no es algo que tenga una base lógica absolutamente racional.
La neuropolítica: conocer el cerebro para liderar las ideas
Publicado en: Revista de la Fundació Rafael Campalans (invierno 2009) (versión pdf)
“¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.”
Albert Einstein
Carlos Belmonte [1], prestigioso científico del Instituto de Neurociencias de Alicante y experto en los mecanismos del dolor y del funcionamiento del cerebro, afirma que en un futuro cercano “leeremos y manipularemos el cerebro como queramos”. Una posibilidad más que inquieta y que se convertirá en un desafío ético para la humanidad y para la política democrática. No es ciencia-ficción, es ciencia posible.
El poder de la ciencia: un debate abierto
La capacidad de modificar un cerebro física o químicamente, también genéticamente, va a suponer un debate ético sobre los límites de esta actuación y de su legitimidad. Podremos borrar, selectivamente, recuerdos traumáticos (como los que sufren los soldados en situaciones de guerra o las personas víctimas de torturas o agresiones) o pretender que el cerebro de nuestros hijos esté especialmente dotado para la música o la literatura. Pero la investigación que permite la posibilidad técnica de tales avances debe de ir acompañada de un profundo debate político y social sobre los límites del poder científico. La respuesta política a este desafío debe desarrollarse de manera conjunta desde ambos ámbitos. Y debe ser, también, una responsabilidad ineludible de los progresistas.
El cerebro humano, el gran desconocido
Pero para ello, debemos conocer más y mejor el cerebro de hombres y mujeres, superando algunas reservas y bloqueos a los avances de la ciencia que todavía atemorizan a la izquierda transformadora que, a veces, parece conservadora.
Estamos, por ejemplo, y gracias a las nuevas técnicas de imagen, retratando y monitorizando el cerebro de tal manera que podemos ver ya cualquier alteración de su corteza o de sus amígdalas. Pronto vamos a discutir si aceptaremos como prueba irrefutable en los tribunales las imágenes de éste mostrándonos cómo se altera con la verdad o la mentira.
Sabemos que las mujeres detectan mejor que los hombres los estados emocionales de sus interlocutores porque sus amígdalas funcionan de manera diferente, lo cual explicaría que ellas sean más empáticas que ellos. ¡Y qué decir de la química! Hemos confirmado la intuición y hemos demostrado que el exceso de testosterona de los varones (mayoritarios en los parqués bursátiles del mundo) puede haber jugado un papel decisivo en el riesgo excesivo e imprudente de los gestores de mercados financieros en la actual crisis, como se demostró recientemente en un artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.
Sabemos, también, que los condicionantes genéticos son determinantes para la evolución de la inteligencia de las personas, que un cerebro puede ir al máximo de sus posibilidades pero no más allá de su capacidad genética. Así como que la plasticidad de éste en los primeros años de formación y crecimiento es decisiva, en su configuración y potencialidad intelectual y relacional. De ahí, la enorme responsabilidad de la educación social, familiar y reglada.
Tenemos 100.000 millones de neuronas y, cada una de ellas, 1.000 conexiones que forman un circuito determinado. La neurociencia nos indica que lo importante es la configuración de estas conexiones. Su conocimiento es el que nos permite bloquearlas con las sustancias capaces de alterar un circuito. Si se administra a una persona depresiva, por ejemplo, un bloqueante de la recaptación de la serotonina, al día siguiente está como nueva. ¿Lo que es legítimo en un enfermo (el individuo depresivo) lo va a ser, también, en una persona melancólica y triste? Nuestra capacidad de cambiar lo enfermo está en la misma línea que nuestra capacidad para cambiar el carácter, las emociones, las percepciones… y las opiniones. La proximidad de lo aceptable y lo inaceptable se pone en jaque por la posibilidad técnica. Renunciar a lo que no es posible no requiere coraje. Renunciar a lo que es posible es el auténtico desafío.
El poder del subconsciente. Intuición vs razón
Sabemos también que las decisiones “libres” que tomamos en nuestra vida cotidiana tienen que ver en un 80% con la información subconsciente. Decidimos en función de una gran cantidad de información que tenemos en nuestro cerebro… y de la que desconocemos su existencia. La zona consciente de nuestro cerebro es muy pequeña y la experiencia vital (nuestra escala de valores acumulada) que determina nuestras decisiones (intelectuales, emotivas y racionales) es muy vulnerable a nuestros prejuicios. “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio” decía Albert Einstein.
Eduard Punset, en su libro “Por qué somos como somos” [2], afirma que en la vida (en nuestras decisiones) recurrimos a intuiciones que requieren mucha menos información de la que creemos. Que tomamos decisiones muy serias e importantes con un gran nivel de exposición a la equivocación. Y que incluso “cuando el cerebro percibe una explicación distinta a lo que él cree no sólo la cuestiona, es que corta los circuitos de comunicación para que no penetre. Por eso no cambiamos de voto”. Es a lo que se llama disonancias. Es decir, nuestro cerebro bloquea la información racional que podría hacernos cambiar de opinión ya que preferimos las convicciones emocionales o morales a las confirmaciones racionales o epistemológicas. Las personas preferimos escuchar lo que queremos escuchar, leer lo que queremos leer, opinar lo que queremos opinar.
Neuropolítica como base de la acción transformadora
Sabemos todas estas cosas, pero todavía las ignoramos para la acción política transformadora. La neuropolítica se abre paso como una nueva disciplina capaz de comprender el cerebro de las personas en su condición de ciudadanos, electores o activistas. Nos permite conocerlo mejor, saber cómo funciona, cómo articula sus imágenes, con valores, con sentimientos y cómo se canalizan sus decisiones. Esa es la cuestión que debe ocupar más tiempo y energías a la política democrática de orientación progresista.
Ya hemos aprendido la fuerza cognoscitiva del lenguaje en la política, con los trabajos sobre comunicación política [3] de George Lakoff y la fortaleza de los marcos conceptuales que inhiben la razón y la condicionan. Estamos explorando el potencial de la “política de las emociones”, leyendo las aportaciones, entre otros, de Drew Westen, profesor de psicología y psiquiatría de la Universidad de Emory y su trabajo “El cerebro político” [4]. Sabemos ya que las razones no siempre dominan la razón. Y que la mejor manera de llegar al cerebro de un elector es a través de su corazón.
Repensar la ideología en función del factor humano
Pero debemos convertir el conocimiento de la psicología, de la neurociencia y de las emociones que rigen y explican el comportamiento de nuestros ciudadanos, en un estímulo para repensar la oferta progresista, con nuevos ingredientes para no renunciar a nuestras convicciones políticas e ideales morales. La arrogancia de la ideología debe dar paso a una nueva filosofía.
Obsesionados con las ideas programáticas, decididos a que nuestra superioridad intelectual en el debate ideológico es abrumadora y debe ser reconocida y aplaudida por los ciudadanos en su dócil misión de aprobación electoral, hemos olvidado la comprensión real de las emociones, de las palabras, y no tenemos ni idea del comportamiento del cerebro en su misión reguladora y directiva de las actitudes humanas.
Seguimos sorprendiéndonos de que algunas mayorías electorales sigan revalidando candidatos y propuestas que, objetivamente, perjudican a los propios intereses de las comunidades que los eligen o a valores y patrimonios superiores, como el planeta. Sobredimensionamos la capacidad concluyente de la información, del dato, y no nos damos cuenta de que nuestras sociedades están abrumadas, precisamente, de datos, opiniones, informaciones, rumores… y reclaman dosis de simplicidad reconfortante. Y de que, además, nuestros cerebros se resisten a dar crédito a la verdad, asiéndose en el terreno de las convicciones y de las emociones como la mejor arquitectura para la toma de decisiones y cómo bastión irreductible de las opiniones. Los prejuicios, nunca mejor dicho, anteceden a los juicios.
“Buscar la verdad es complejo, es más sencillo validar una opinión previa”, afirma Daniel Eskibel [5]. Nuestro cerebro detesta el conflicto interno, por eso se refugia y valida toda la información previa que refuerce el apriorismo instalado. A su vez, José Antonio Marina, en su libro “La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez” [6], señala cuatro tipos de fracaso de nuestra inteligencia: cognitivos, afectivos, de lenguaje y de la voluntad. “Los fracasos cognitivos provienen del empeño que tenemos muchas veces las personas de negar la realidad. Los prejuicios, la superstición, el dogmatismo, el fanatismo son formas de pensamiento que niegan la realidad, que evitan la aceptación de las evidencias que se nos presentan”. Algunas de estas creencias son conscientes, pero la mayoría son inconscientes e influyen poderosamente en nuestras emociones y decisiones.
Y todavía más. Ted Brader, autor de la “Teoría de la Inteligencia Afectiva”, [7] afirma que: “las emociones tienden a anticiparse para definir las decisiones políticas de las personas, y las emociones positivas liberan el camino para el ingreso de mensajes que confirmen las ideas preconcebidas, mientras que las negativas parecen conducir a la reflexión, aunque no modifiquen el sistema de creencias previas”.
Ideología y filosofía
En este contexto complejo, la propuesta progresista debe replantear su estrategia de persuasión-comunicación-adhesión con un mejor conocimiento de lo emocional y neuronal y con una práctica política que favorezca, también, las “filosofías de vida” como complemento revitalizante de las ideologías. Una nueva mirada a lo espiritual, a la tradición vital, a los valores, a los estilos de vida, a las conciliaciones cuerpo-mente, individuo-sociedad, persona-planeta y una radical apuesta por la modernidad cultural, tecnológica y social de la inteligencia cooperativa y compartida que se abre paso en la sociedad digital. Una oferta tan vital… como ideológica.
En lugar de presentar las emociones y los estilos de vida como un conflicto frontal, y como un fracaso de la racionalidad, la oferta política debe comprender las relaciones de complementariedad entre lo cognitivo, lo emocional, lo vivencial y el aprendizaje, como un conjunto inseparable de la naturaleza humana… y del cerebro humano.
Todo ello con el objetivo de que los valores progresistas, vividos y sentidos, se preinstalen de manera legítima, pero segura y confortable, en el mundo apriorístico que precede nuestras decisiones y comportamientos. Instalados en el corazón y en las emociones de las personas podremos pedirles la atención mínima a nuestras propuestas. No hay otro camino para el desafío de las ideas.
“¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.”
Albert Einstein
Carlos Belmonte [1], prestigioso científico del Instituto de Neurociencias de Alicante y experto en los mecanismos del dolor y del funcionamiento del cerebro, afirma que en un futuro cercano “leeremos y manipularemos el cerebro como queramos”. Una posibilidad más que inquieta y que se convertirá en un desafío ético para la humanidad y para la política democrática. No es ciencia-ficción, es ciencia posible.
El poder de la ciencia: un debate abierto
La capacidad de modificar un cerebro física o químicamente, también genéticamente, va a suponer un debate ético sobre los límites de esta actuación y de su legitimidad. Podremos borrar, selectivamente, recuerdos traumáticos (como los que sufren los soldados en situaciones de guerra o las personas víctimas de torturas o agresiones) o pretender que el cerebro de nuestros hijos esté especialmente dotado para la música o la literatura. Pero la investigación que permite la posibilidad técnica de tales avances debe de ir acompañada de un profundo debate político y social sobre los límites del poder científico. La respuesta política a este desafío debe desarrollarse de manera conjunta desde ambos ámbitos. Y debe ser, también, una responsabilidad ineludible de los progresistas.
El cerebro humano, el gran desconocido
Pero para ello, debemos conocer más y mejor el cerebro de hombres y mujeres, superando algunas reservas y bloqueos a los avances de la ciencia que todavía atemorizan a la izquierda transformadora que, a veces, parece conservadora.
Estamos, por ejemplo, y gracias a las nuevas técnicas de imagen, retratando y monitorizando el cerebro de tal manera que podemos ver ya cualquier alteración de su corteza o de sus amígdalas. Pronto vamos a discutir si aceptaremos como prueba irrefutable en los tribunales las imágenes de éste mostrándonos cómo se altera con la verdad o la mentira.
Sabemos que las mujeres detectan mejor que los hombres los estados emocionales de sus interlocutores porque sus amígdalas funcionan de manera diferente, lo cual explicaría que ellas sean más empáticas que ellos. ¡Y qué decir de la química! Hemos confirmado la intuición y hemos demostrado que el exceso de testosterona de los varones (mayoritarios en los parqués bursátiles del mundo) puede haber jugado un papel decisivo en el riesgo excesivo e imprudente de los gestores de mercados financieros en la actual crisis, como se demostró recientemente en un artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.
Sabemos, también, que los condicionantes genéticos son determinantes para la evolución de la inteligencia de las personas, que un cerebro puede ir al máximo de sus posibilidades pero no más allá de su capacidad genética. Así como que la plasticidad de éste en los primeros años de formación y crecimiento es decisiva, en su configuración y potencialidad intelectual y relacional. De ahí, la enorme responsabilidad de la educación social, familiar y reglada.
Tenemos 100.000 millones de neuronas y, cada una de ellas, 1.000 conexiones que forman un circuito determinado. La neurociencia nos indica que lo importante es la configuración de estas conexiones. Su conocimiento es el que nos permite bloquearlas con las sustancias capaces de alterar un circuito. Si se administra a una persona depresiva, por ejemplo, un bloqueante de la recaptación de la serotonina, al día siguiente está como nueva. ¿Lo que es legítimo en un enfermo (el individuo depresivo) lo va a ser, también, en una persona melancólica y triste? Nuestra capacidad de cambiar lo enfermo está en la misma línea que nuestra capacidad para cambiar el carácter, las emociones, las percepciones… y las opiniones. La proximidad de lo aceptable y lo inaceptable se pone en jaque por la posibilidad técnica. Renunciar a lo que no es posible no requiere coraje. Renunciar a lo que es posible es el auténtico desafío.
El poder del subconsciente. Intuición vs razón
Sabemos también que las decisiones “libres” que tomamos en nuestra vida cotidiana tienen que ver en un 80% con la información subconsciente. Decidimos en función de una gran cantidad de información que tenemos en nuestro cerebro… y de la que desconocemos su existencia. La zona consciente de nuestro cerebro es muy pequeña y la experiencia vital (nuestra escala de valores acumulada) que determina nuestras decisiones (intelectuales, emotivas y racionales) es muy vulnerable a nuestros prejuicios. “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio” decía Albert Einstein.
Eduard Punset, en su libro “Por qué somos como somos” [2], afirma que en la vida (en nuestras decisiones) recurrimos a intuiciones que requieren mucha menos información de la que creemos. Que tomamos decisiones muy serias e importantes con un gran nivel de exposición a la equivocación. Y que incluso “cuando el cerebro percibe una explicación distinta a lo que él cree no sólo la cuestiona, es que corta los circuitos de comunicación para que no penetre. Por eso no cambiamos de voto”. Es a lo que se llama disonancias. Es decir, nuestro cerebro bloquea la información racional que podría hacernos cambiar de opinión ya que preferimos las convicciones emocionales o morales a las confirmaciones racionales o epistemológicas. Las personas preferimos escuchar lo que queremos escuchar, leer lo que queremos leer, opinar lo que queremos opinar.
Neuropolítica como base de la acción transformadora
Sabemos todas estas cosas, pero todavía las ignoramos para la acción política transformadora. La neuropolítica se abre paso como una nueva disciplina capaz de comprender el cerebro de las personas en su condición de ciudadanos, electores o activistas. Nos permite conocerlo mejor, saber cómo funciona, cómo articula sus imágenes, con valores, con sentimientos y cómo se canalizan sus decisiones. Esa es la cuestión que debe ocupar más tiempo y energías a la política democrática de orientación progresista.
Ya hemos aprendido la fuerza cognoscitiva del lenguaje en la política, con los trabajos sobre comunicación política [3] de George Lakoff y la fortaleza de los marcos conceptuales que inhiben la razón y la condicionan. Estamos explorando el potencial de la “política de las emociones”, leyendo las aportaciones, entre otros, de Drew Westen, profesor de psicología y psiquiatría de la Universidad de Emory y su trabajo “El cerebro político” [4]. Sabemos ya que las razones no siempre dominan la razón. Y que la mejor manera de llegar al cerebro de un elector es a través de su corazón.
Repensar la ideología en función del factor humano
Pero debemos convertir el conocimiento de la psicología, de la neurociencia y de las emociones que rigen y explican el comportamiento de nuestros ciudadanos, en un estímulo para repensar la oferta progresista, con nuevos ingredientes para no renunciar a nuestras convicciones políticas e ideales morales. La arrogancia de la ideología debe dar paso a una nueva filosofía.
Obsesionados con las ideas programáticas, decididos a que nuestra superioridad intelectual en el debate ideológico es abrumadora y debe ser reconocida y aplaudida por los ciudadanos en su dócil misión de aprobación electoral, hemos olvidado la comprensión real de las emociones, de las palabras, y no tenemos ni idea del comportamiento del cerebro en su misión reguladora y directiva de las actitudes humanas.
Seguimos sorprendiéndonos de que algunas mayorías electorales sigan revalidando candidatos y propuestas que, objetivamente, perjudican a los propios intereses de las comunidades que los eligen o a valores y patrimonios superiores, como el planeta. Sobredimensionamos la capacidad concluyente de la información, del dato, y no nos damos cuenta de que nuestras sociedades están abrumadas, precisamente, de datos, opiniones, informaciones, rumores… y reclaman dosis de simplicidad reconfortante. Y de que, además, nuestros cerebros se resisten a dar crédito a la verdad, asiéndose en el terreno de las convicciones y de las emociones como la mejor arquitectura para la toma de decisiones y cómo bastión irreductible de las opiniones. Los prejuicios, nunca mejor dicho, anteceden a los juicios.
“Buscar la verdad es complejo, es más sencillo validar una opinión previa”, afirma Daniel Eskibel [5]. Nuestro cerebro detesta el conflicto interno, por eso se refugia y valida toda la información previa que refuerce el apriorismo instalado. A su vez, José Antonio Marina, en su libro “La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez” [6], señala cuatro tipos de fracaso de nuestra inteligencia: cognitivos, afectivos, de lenguaje y de la voluntad. “Los fracasos cognitivos provienen del empeño que tenemos muchas veces las personas de negar la realidad. Los prejuicios, la superstición, el dogmatismo, el fanatismo son formas de pensamiento que niegan la realidad, que evitan la aceptación de las evidencias que se nos presentan”. Algunas de estas creencias son conscientes, pero la mayoría son inconscientes e influyen poderosamente en nuestras emociones y decisiones.
Y todavía más. Ted Brader, autor de la “Teoría de la Inteligencia Afectiva”, [7] afirma que: “las emociones tienden a anticiparse para definir las decisiones políticas de las personas, y las emociones positivas liberan el camino para el ingreso de mensajes que confirmen las ideas preconcebidas, mientras que las negativas parecen conducir a la reflexión, aunque no modifiquen el sistema de creencias previas”.
Ideología y filosofía
En este contexto complejo, la propuesta progresista debe replantear su estrategia de persuasión-comunicación-adhesión con un mejor conocimiento de lo emocional y neuronal y con una práctica política que favorezca, también, las “filosofías de vida” como complemento revitalizante de las ideologías. Una nueva mirada a lo espiritual, a la tradición vital, a los valores, a los estilos de vida, a las conciliaciones cuerpo-mente, individuo-sociedad, persona-planeta y una radical apuesta por la modernidad cultural, tecnológica y social de la inteligencia cooperativa y compartida que se abre paso en la sociedad digital. Una oferta tan vital… como ideológica.
En lugar de presentar las emociones y los estilos de vida como un conflicto frontal, y como un fracaso de la racionalidad, la oferta política debe comprender las relaciones de complementariedad entre lo cognitivo, lo emocional, lo vivencial y el aprendizaje, como un conjunto inseparable de la naturaleza humana… y del cerebro humano.
Todo ello con el objetivo de que los valores progresistas, vividos y sentidos, se preinstalen de manera legítima, pero segura y confortable, en el mundo apriorístico que precede nuestras decisiones y comportamientos. Instalados en el corazón y en las emociones de las personas podremos pedirles la atención mínima a nuestras propuestas. No hay otro camino para el desafío de las ideas.
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