Joe Dispenza:
Hace algo más de veinte años, Joe Dispenza (de los maestros de “Y tú qué sabes”), fue arrollado por un todoterreno cuando participaba en un triatlón. El diagnóstico de los cuatro cirujanos que consultó coincidía, tenía que operarse inmediatamente, debían implantarle barras de Harrington (de 20 a 30 centímetros desde la base del cuello hasta la base de la columna), ya que la tomografía demostraba que la médula estaba lesionada y que podría quedarse paralizado en cualquier momento.
Dispenza, que era quiropráctico, sabía muy bien lo que eso significaba: una discapacidad permanente y, muy probablemente, con un dolor constante.
Su decisión fue arriesgada: intentaría ayudar a su cuerpo a que se recuperara de manera natural, conocía bien todo lo concerniente a huesos y músculos e ideó un plan de acción que incluía autohipnosis, meditación, una dieta que ayudara a sus huesos a regenerarse y ciertos ejercicios en el agua. Se recuperó totalmente en un tiempo récord y decidió ahondar en el tema.
Durante ocho años, estudió las remisiones espontáneas de enfermedades y le sorprendieron tanto los resultados que decidió volver a la universidad para intentar explicar científicamente lo que había descubierto: el poder de nuestro cerebro como director ejecutivo del cuerpo.
Joe Dispenza estudió Bioquímica en la Universidad Rutgers de New Brunswickle, en Nueva Jersey; obtuvo el doctorado en Quiropráctica en la Life University de Atlanta, donde se licenció magna cum laude y recibió el premio Clinical Proficiency Citation por la extraordinaria calidad de su relación con los pacientes. Miembro de la International Chiropractic Honor Society, ha cursado estudios de posgrado en neurología, neurofisiologí a, función cerebral, biología celular, genética, memorización, química cerebral, envejecimiento y longevidad.
Desde 1997 ha dado conferencias ante más de diez mil personas en 17 países de los cinco continentes. A finales de mayo hablará en Madrid y Barcelona coincidiendo con la edición española de su libro Desarrolla tu cerebro.
“Podemos cambiar la mentalidad al crear nuevos cableados en el cerebro y fortalecerlos con nuestro pensamiento”
¿Cómo empezó a interesarse por el cerebro?
He entrevistado a cientos de personas que han sido diagnosticadas con enfermedades -tumores malignos y benignos, enfermedades cardiacas, diabetes, alteraciones respiratorias, hipertensión arterial, colesterol alto, dolores músculo esqueléticos, raras alteraciones genéticas para las que la ciencia médica no tiene solución…-, pero cuyo cuerpo se ha regenerado por sí solo sin la ayuda de una intervención médica convencional, como la cirugía o los fármacos.
¿Milagro?
Observé que una de las causas principales de esas remisiones espontáneas era que habían cambiado su forma de pensar, así que volví a la universidad e hice la carrera de neurociencias para poder explicar qué es lo que ocurría. Cuando afirmo que nuestros pensamientos se convierten literalmente en materia, me baso en la más pura vanguardia científica. Básicamente, esos individuos cambiaron la arquitectura neurológica de su
cerebro.
Estimulante curiosidad la suya.
Todas esas personas que tenían una remisión espontánea compartían cuatro cualidades específicas. Lo primero es que todas aceptaron, creyeron y entendieron que había una inteligencia superior dentro de ellos, da igual si la calificaban de divina, espiritual o subconsciente. Lo segundo es que todas aceptaron que fueron sus propios pensamientos y sus propias reacciones las que crearon su enfermedad, y puedo hablar y citar estudios sobre cualquiera de estos temas durante media hora. Hay un floreciente campo científico llamado psico-neuroinmunología que demuestra la conexión existente entre la mente y el cuerpo.
Le creo, pero avancemos en sus conclusiones.
La tercera característica común es que cada persona decidió reinventarse a sí misma para llegar a ser otro, y los estudios actuales en neurociencias muestran que esto es totalmente posible. Por último, tenían en común que durante el periodo en que intentaban meditar o imaginar en qué querían convertirse, hubo tiempos largos en que perdieron la noción del tiempo y el espacio.
¿Y eso qué significa?
El lóbulo frontal representa un 40% ciento de la totalidad del cerebro, y cuando estamos de verdad concentrados o focalizados, el lóbulo frontal actúa como un control de volumen. Como tiene conexiones con todas las demás partes del cerebro, puedo rebajar el volumen del tiempo y del espacio. En otras palabras, los circuitos que tienen que ver con mover tu cuerpo, sentirlo, percibir lo que hay fuera y percibir el tiempo pasan a un segundo plano, y el pensamiento se convierte en la experiencia en sí, es más real que cualquier otra cosa.
De este modo el lóbulo frontal elimina todo lo que no es prioritario para focalizarse en un único pensamiento, y es en ese momento en que el cerebro rehace su cableado.
¿En qué se traduce?
Aquello en lo que pensamos y en lo que concentramos nuestra atención con
más frecuencia es lo que nos define a escala neurológica.
Un reciente estudio demuestra que las grandes ideas surgen cuando uno está relajado, pensando en otras cosas.
Entre la intención y el rendirse.
Antes se creía que la parte derecha del cerebro es la parte emocional o sentimental, el lado creativo, y la izquierda, la racional o lógica. Pero de hecho, el lado derecho del cerebro es el responsable de procesar la novedad cognitiva, las nuevas ideas que, cuando ya están memorizadas, cuando se convierten en familiares, pasan al lado izquierdo del cerebro. Es lo que conocemos como rutina cognitiva.
¿Cambiar las marchas del coche?
Todas esas cosas que hacemos sin pensar, sí. Esa es la razón de que cuando un neófito escucha música la oiga con el lado derecho del cerebro, pero un músico profesional lo haga con el izquierdo. Esto significa que tenemos la oportunidad de aprender cosas nuevas y recordarlas, es la manera que tiene la evolución de hacer conocido lo desconocido. Podemos cambiar nuestra mentalidad. Al crear nuevos cableados y fortalecerlos con nuestro pensamiento, dándoles prioridad, los que no utilizamos tienden a desaparecer.
Usted habla de inteligencia espiritual, ¿qué es eso, cómo lo explica desde un punto de vista científico?
No hay nada místico en ello. Se trata de la misma inteligencia que organiza y regula todas las funciones corporales. Esta fuerza hace que nuestro corazón lata ininterrumpidamente unas cien mil veces cada día sin que nosotros pensemos siquiera en ello, y se encarga de las sesenta y siete funciones del hígado, aunque la mayoría de la gente ni siquiera sabe que ese órgano realiza tantas tareas. Esta inteligencia sabe cómo mantener el orden entre las células, los tejidos, los órganos y los sistemas corporales, porque ha sido ella quien ha creado el cuerpo a partir de dos células individuales.
¿El poder que da origen al cuerpo es el poder que lo mantiene y lo sana?
El cerebro no puede cambiar el cerebro porque es sólo un órgano, y la mente no puede cambiar el cerebro porque es un producto del cerebro. Así que tiene que existir algo que está operando en el cerebro para que cambie la mentalidad.
¿Cómo define ese algo?
Ja, ja, ja, esa es una pregunta muy filosófica, dos botellas de vino y quizá cuatro horas, porque se trata de la búsqueda del ser. Pero por el momento es curiosamente la ciencia la que nos permite explicar que efectivamente tenemos control sobre nuestra mente y nuestro cerebro, es decir, que no somos un efecto de nuestros procesos biológicos sino una causa. Básicamente, más allá de mis estudios sobre las remisiones espontáneas de enfermedades, lo que intento transmitirle es que nuestros pensamientos provocan reacciones químicas que nos llevan a la adicción de comportamientos y sensaciones y que cuando aprendemos cómo se crean esos malos hábitos, no sólo podemos romperlos, sino también reprogramar y desarrollar nuestro cerebro para que aparezcan en nuestra vida comportamientos nuevos.
¿Y la predestinación genética?
La investigación científica de vanguardia está mostrando que la genética tiene la misma plasticidad que el cerebro. Los genes son como interruptores, y es el estado químico en que vivimos el que hace que algunos estén encendidos y otros apagados. Se ha realizado un estudio muy interesante en Japón con enfermos dependientes de la insulina tipo dos
que mostraba cómo los enfermos sometidos a programas de comedia normalizaban su nivel de azúcar en sangre sin necesidad de insulina. Veinticuatro genes activados sólo por el hecho de reírse. Los genes son igual de plásticos que nuestro tejido neuronal.
¿Cada vez que pensamos fabricamos sustancias químicas?
Así es, y estas sustancias a su vez son señales que nos permiten sentir exactamente cómo estábamos pensando. Así que si tienes un pensamiento de infelicidad, al cabo de unos segundos te sientes infeliz. El problema es que en el momento en que empezamos a sentir de la manera en que pensamos, empezamos a pensar de la manera en que nos sentimos, y eso produce aún más química.
Un círculo vicioso.
Sí, y así se crea lo que llamamos el estado de ser. La repetición de estas señales hace que algunos genes estén activados y otros apagados. Memorizamos este estado como nuestra personalidad, así que la persona dice: “Soy una persona infeliz, negativa, o llena de culpa”, pero en realidad lo único que ha hecho es memorizar su continuidad química y definirse como tal. Nuestro organismo se acostumbra al nivel de sustancias químicas que circulan por nuestro torrente sanguíneo, rodean nuestras células o inundan nuestro cerebro. Cualquier perturbación en la composición química constante, regular y confortable de nuestro cuerpo dará como resultado un malestar.
Estamos enganchados a nuestra química interna.
Sí, haremos prácticamente todo lo que esté en nuestra mano, tanto consciente como inconscientemente y a partir de lo que sentimos, para restaurar nuestro equilibrio químico acostumbrado. Es cuando el cuerpo ya manda sobre la mente.
¿Propone cambiar la química cerebral con nuestro pensamiento?
Es una parte de mi trabajo, no se trata sólo de cambiar la química cerebral, también los circuitos cerebrales, el cableado.
Si podemos forzar al cerebro a pensar con otros patrones o secuencias, estamos creando una nueva mente. El principio de la neurociencia es que si las células neuronales se activan conjuntamente, se entrelazan creando una conexión más permanente. Una persona ante una situación, por nueva que sea, recurre a esa conexión, es decir, repite el mismo pensamiento una y otra vez y da las mismas respuestas, su cerebro no cambia, vive con la misma mente cada día.
¿Cómo interrumpir el ciclo?
A través del proceso de conocimiento y de la experiencia podemos cambiar el cerebro. Es buena idea examinar constantemente qué podemos cambiar dentro de nosotros. Si cada mañana nos planteáramos cuál es la mejor idea que podemos tener de nosotros mismos, tendríamos otro tipo de mundo.
¿Qué preguntas debemos hacernos para sentir de otra manera?
La mayoría de las personas cree que las emociones son reales.. Las emociones y los sentimientos son el producto final, el resultado de nuestras experiencias. Si no hay experiencias nuevas o vividas de otra manera, vivimos siempre en la actualización de sentimientos pasados. Se trata del mismo proceso químico vez tras vez.
Una pregunta que ayudaría a cambiarnos es: ¿qué sentimiento tengo cada día que me sirve de excusa
para no cambiar?
Si las personas empiezan a decirse: yo puedo eliminar la culpa, la vergüenza, las sensaciones de no merecer, de no valer….; si podemos eliminar esos estados emocionales destructivos, empezamos a liberarnos, porque son estos estados emocionales los que nos impulsan a comportarnos como animales con grandes almacenes de recuerdos. ¿Cuál es el mayor ideal de mí mismo? ¿Qué puedo cambiar de mí mismo para ser mejor persona? ¿A quién en la historia admiro y qué quiero emular?
Pero saber quién quieres ser no es suficiente para cambiar tu cableado.
No. El conocimiento es lo que precede a la experiencia. Aprender una información es personalizarla y aplicarla.
Debemos modificar nuestro comportamiento para poder tener una nueva experiencia que a su vez crea nuevas emociones. El conocimiento es para la mente; la experiencia, para el cuerpo.
Tenemos que enseñar al cuerpo lo que la mente ha entendido intelectualmente. Si seguimos repitiendo esa experiencia, se archiva en un sistema nuevo en el cerebro, y eso permite pasar del pensar al hacer, al ser.
El siguiente paso es cambiar hábitos de comportamiento, tiene que haber acción.
El hábito más grande que tenemos que romper es el de ser nosotros mismos, porque la neurociencia y la psicología dicen que la personalidad ya esta formada antes de los 35 años, eso significa que tenemos los circuitos hechos para poder enfrentarnos a cualquier situación y, por lo tanto, vamos a pensar, a sentir y actuar de la misma manera el resto de nuestros días.
Pero los últimos estudios muestran que es posible cambiar la personalidad en todas las etapas de la vida, para eso hay que convertir el hábito inconsciente en algo consciente, llegar a tener conciencia de esos pensamientos y sentimientos inconscientes.
¿Eso son 20 años de psicoanálisis?
Aunque llegues a entender intelectualmente que tu padre era muy dominante, eso no cambia tu condición. El primer paso siempre es aprender.
Mientras vamos aprendiendo nueva información y empezamos a pensarla, la contrastamos con nuestras creencias y la analizamos, estamos cambiando nuestro cableado, construyendo una nueva mente. Una vez esa nueva mente está establecida, tenemos que empezar a pensar cómo mostrarla, y ahí entra el cuerpo. Cualquier proceso de cambio requiere el desaprender y el reaprender.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
CÓMO ENERGIZAR Y ACTIVAR EL CEREBRO
El cuerpo físico es un equipo electrónico sutil muy complicado. Cuando se hace una conexión apropiada de la instalación eléctrica, produce los resultados adecuados. Cuando la conexión es incorrecta, los resultados esperados no se alcanzan.
El lóbulo derecho del oído corresponde al cerebro izquierdo.
El lóbulo izquierdo del oído corresponde al cerebro derecho.
Cuando el lóbulo de la oreja derecha se masajea suavemente con el pulgar y el dedo índice de la mano izquierda, con el pulgar hacia afuera, produce la conexión necesaria de energía. Esta conexión hace que la parte izquierda del cerebro y la glándula pituitaria lleguen a energizarse y activarse.
Del mismo modo, cuando el lóbulo de la oreja izquierda se masajea suavemente con el pulgar y el dedo índice de la mano derecha, con el pulgar hacia afuera, produce la conexión necesaria de energía, que hace que la parte derecha del cerebro y la glándula pineal se energicen y activen.
Para energizar y activar la parte izquierda y derecha del cerebro al mismo tiempo, el brazo izquierdo debe estar adentro, mientras que el brazo derecho debe estar afuera.
La posición correcta del brazo es importante para energizar y activar el cerebro.
El lóbulo derecho del oído corresponde al cerebro izquierdo.
El lóbulo izquierdo del oído corresponde al cerebro derecho.
Cuando el lóbulo de la oreja derecha se masajea suavemente con el pulgar y el dedo índice de la mano izquierda, con el pulgar hacia afuera, produce la conexión necesaria de energía. Esta conexión hace que la parte izquierda del cerebro y la glándula pituitaria lleguen a energizarse y activarse.
Del mismo modo, cuando el lóbulo de la oreja izquierda se masajea suavemente con el pulgar y el dedo índice de la mano derecha, con el pulgar hacia afuera, produce la conexión necesaria de energía, que hace que la parte derecha del cerebro y la glándula pineal se energicen y activen.
Para energizar y activar la parte izquierda y derecha del cerebro al mismo tiempo, el brazo izquierdo debe estar adentro, mientras que el brazo derecho debe estar afuera.
La posición correcta del brazo es importante para energizar y activar el cerebro.
LA FUENTE ALTERNATIVA DE ENERGIA DEL CEREBRO
El cerebro, al igual que los músculos, trabaja más intensamente durante la práctica de ejercicios extenuantes, y según un reciente estudio realizado por investigadores de Dinamarca y Holanda, cuando el ejercicio físico monopoliza gran parte de los recursos del organismo, el cerebro se nutre de lactato, y no de glucosa.
No sólo ayuda este descubrimiento a comprender por qué el cerebro es capaz de trabajar de forma apropiada cuando la demanda corporal de combustible y oxígeno está al máximo, sino que va un paso más allá al demostrar que el cerebro pasa a un modo de operación de máxima actividad en una situación crítica. El hallazgo abre las puertas a nuevos campos de investigación sobre el cerebro, vinculados a los efectos neurológicos específicos del lactato.
Ahora que se ha revelado que el cerebro puede funcionar con lactato, los estudios futuros deberían poder mostrarles a los científicos cuándo introducirlo como parte de un tratamiento.
Desde una perspectiva evolutiva, es lógico encontrar este resultado. Imagínese el destino de todo organismo cuyas funciones mentales se vean mermadas cuando se le agotan las reservas de glucosa por el esfuerzo físico de correr huyendo de sus depredadores. Los organismos de esta clase obviamente debieron resultar comida fácil para los animales que sí eran capaces de emplear el lactato.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores se centraron en la estrategia de investigación de comparar la sangre que ingresaba y salía de la cabeza de voluntarios sometidos a esfuerzos agotadores. Hallaron que la sangre, de camino al cerebro, contenía cantidades de lactato considerablemente superiores a las de la sangre que regresaba de la cabeza. Investigaciones posteriores mostraron que el cerebro no se limitaba a almacenar el lactato producido por los músculos durante el ejercicio, sino que lo empleaba como combustible. De hecho, el cerebro ayudaba a eliminar el exceso de lactato de la sangre en circulación, dejándole la glucosa a los músculos, quienes la necesitaban para seguir con el arduo trabajo que estaban realizando.
No sólo ayuda este descubrimiento a comprender por qué el cerebro es capaz de trabajar de forma apropiada cuando la demanda corporal de combustible y oxígeno está al máximo, sino que va un paso más allá al demostrar que el cerebro pasa a un modo de operación de máxima actividad en una situación crítica. El hallazgo abre las puertas a nuevos campos de investigación sobre el cerebro, vinculados a los efectos neurológicos específicos del lactato.
Ahora que se ha revelado que el cerebro puede funcionar con lactato, los estudios futuros deberían poder mostrarles a los científicos cuándo introducirlo como parte de un tratamiento.
Desde una perspectiva evolutiva, es lógico encontrar este resultado. Imagínese el destino de todo organismo cuyas funciones mentales se vean mermadas cuando se le agotan las reservas de glucosa por el esfuerzo físico de correr huyendo de sus depredadores. Los organismos de esta clase obviamente debieron resultar comida fácil para los animales que sí eran capaces de emplear el lactato.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores se centraron en la estrategia de investigación de comparar la sangre que ingresaba y salía de la cabeza de voluntarios sometidos a esfuerzos agotadores. Hallaron que la sangre, de camino al cerebro, contenía cantidades de lactato considerablemente superiores a las de la sangre que regresaba de la cabeza. Investigaciones posteriores mostraron que el cerebro no se limitaba a almacenar el lactato producido por los músculos durante el ejercicio, sino que lo empleaba como combustible. De hecho, el cerebro ayudaba a eliminar el exceso de lactato de la sangre en circulación, dejándole la glucosa a los músculos, quienes la necesitaban para seguir con el arduo trabajo que estaban realizando.
LA FUENTE ALTERNATIVA DE ENERGIA DEL CEREBRO
El cerebro, al igual que los músculos, trabaja más intensamente durante la práctica de ejercicios extenuantes, y según un reciente estudio realizado por investigadores de Dinamarca y Holanda, cuando el ejercicio físico monopoliza gran parte de los recursos del organismo, el cerebro se nutre de lactato, y no de glucosa.
No sólo ayuda este descubrimiento a comprender por qué el cerebro es capaz de trabajar de forma apropiada cuando la demanda corporal de combustible y oxígeno está al máximo, sino que va un paso más allá al demostrar que el cerebro pasa a un modo de operación de máxima actividad en una situación crítica. El hallazgo abre las puertas a nuevos campos de investigación sobre el cerebro, vinculados a los efectos neurológicos específicos del lactato.
Ahora que se ha revelado que el cerebro puede funcionar con lactato, los estudios futuros deberían poder mostrarles a los científicos cuándo introducirlo como parte de un tratamiento.
Desde una perspectiva evolutiva, es lógico encontrar este resultado. Imagínese el destino de todo organismo cuyas funciones mentales se vean mermadas cuando se le agotan las reservas de glucosa por el esfuerzo físico de correr huyendo de sus depredadores. Los organismos de esta clase obviamente debieron resultar comida fácil para los animales que sí eran capaces de emplear el lactato.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores se centraron en la estrategia de investigación de comparar la sangre que ingresaba y salía de la cabeza de voluntarios sometidos a esfuerzos agotadores. Hallaron que la sangre, de camino al cerebro, contenía cantidades de lactato considerablemente superiores a las de la sangre que regresaba de la cabeza. Investigaciones posteriores mostraron que el cerebro no se limitaba a almacenar el lactato producido por los músculos durante el ejercicio, sino que lo empleaba como combustible. De hecho, el cerebro ayudaba a eliminar el exceso de lactato de la sangre en circulación, dejándole la glucosa a los músculos, quienes la necesitaban para seguir con el arduo trabajo que estaban realizando.
No sólo ayuda este descubrimiento a comprender por qué el cerebro es capaz de trabajar de forma apropiada cuando la demanda corporal de combustible y oxígeno está al máximo, sino que va un paso más allá al demostrar que el cerebro pasa a un modo de operación de máxima actividad en una situación crítica. El hallazgo abre las puertas a nuevos campos de investigación sobre el cerebro, vinculados a los efectos neurológicos específicos del lactato.
Ahora que se ha revelado que el cerebro puede funcionar con lactato, los estudios futuros deberían poder mostrarles a los científicos cuándo introducirlo como parte de un tratamiento.
Desde una perspectiva evolutiva, es lógico encontrar este resultado. Imagínese el destino de todo organismo cuyas funciones mentales se vean mermadas cuando se le agotan las reservas de glucosa por el esfuerzo físico de correr huyendo de sus depredadores. Los organismos de esta clase obviamente debieron resultar comida fácil para los animales que sí eran capaces de emplear el lactato.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores se centraron en la estrategia de investigación de comparar la sangre que ingresaba y salía de la cabeza de voluntarios sometidos a esfuerzos agotadores. Hallaron que la sangre, de camino al cerebro, contenía cantidades de lactato considerablemente superiores a las de la sangre que regresaba de la cabeza. Investigaciones posteriores mostraron que el cerebro no se limitaba a almacenar el lactato producido por los músculos durante el ejercicio, sino que lo empleaba como combustible. De hecho, el cerebro ayudaba a eliminar el exceso de lactato de la sangre en circulación, dejándole la glucosa a los músculos, quienes la necesitaban para seguir con el arduo trabajo que estaban realizando.
Mente Digital v/s Mente Analógica
Nosotros no decimos:
Existe, en la vasta llanura silenciosa del cerebro, una máquina electrónica analógica.
Lo que decimos es:
Así como existen máquinas aritméticas y máquinas analógicas, ¿no cabría imaginar, más allá del funcionamiento de nuestra inteligencia en un estado normal, un funcionamiento en un estado superior? ¿No cabría imaginar poderes de la inteligencia que fuesen del mismo orden que los de la máquina analógica?...
Mente Digital v/s Mente Analógica o
Pensamiento Secuencial v/s Pensamiento Trascendente.
(Los que han practicado meditación, saben de qué estamos hablando)
Autores: Louis Pauwels y Jaques Bergier
Conocida es la diferencia entre la aritmética y las matemáticas. El pensamiento matemático, desde Evariste Galois, ha descubierto un mundo que es extraño al hombre, que no corresponde a la experiencia humana, al universo tal como lo conoce la conciencia humana ordinaria. La lógica que actúa a base del sí ó el no, es remplazada en él por una superlógica que opera simultáneamente con el sí y el no. Esta superlógica no es del dominio del razonamiento, sino de la intuición. En este sentido puede decirse que la intuición, es decir, una facultad «salvaje», un poder «insólito» del espíritu, «rige ahora en grandes sectores matemáticos».
¿Cómo funciona normalmente el cerebro? Funciona como máquina aritmética. Funciona como máquina binaria: sí, no; conforme, no conforme; verdadero, falso; amo, no amo; bueno, malo. Dentro del sistema binario, nuestro cerebro es invencible. Los grandes calculadores humanos han logrado superar a las máquinas electrónicas.
¿Qué es una máquina electrónica aritmética? Es una máquina que, con rapidez extraordinaria, clasifica, acepta, rechaza y ordena en series diversos factores. En una palabra, es una máquina que pone orden en el Universo. Imita el funcionamiento de nuestro cerebro. El hombre clasifica, y lo tiene a honor. Todas las ciencias se han construido gracias a un esfuerzo de clasificación.
Sí, pero ahora existen también máquinas electrónicas que no funcionan sólo aritméticamente, sino analógicamente. Ejemplo: si quieren ustedes estudiar todas las condiciones de resistencia de la presa que están construyendo, hagan una maqueta de la presa. Realicen todas las observaciones posibles sobre la maqueta. Proporcionen a la máquina el conjunto de estas observaciones. La máquina coordina, compara, a velocidad inhumana, establece todas las conexiones posibles entre las mil observaciones de detalle, y les dice:
«Si no refuerzan ustedes la cuña del tercer pilar de la derecha, reventará en 1984.»
La máquina analógica ha fijado, con su ojo inmóvil e infalible, todo el conjunto de reacciones de la presa, después ha considerado todos los aspectos de la existencia de la misma, ha asimilado esta existencia y ha deducido de ella todas sus leyes. Ha visto el presente en su totalidad, estableciendo, a una velocidad que contrae el tiempo, todas las relaciones posibles entre todos los factores particulares, y ha podido ver, al mismo tiempo, el futuro. En resumidas cuentas, ha pasado del saber al conocimiento.
Pues bien, nosotros pensamos que el cerebro también puede, en ciertos casos, funcionar como una máquina analógica [esto es una analogía o “maqueta” de la realidad], es decir:
1.° Reunir todas las observaciones posibles sobre una cosa.
2.° Establecer la lista de todas las relaciones constantes entre los múltiples aspectos de las cosas.
3.° Llegar a ser, en cierto modo, la cosa misma, asimilar su esencia y descubrir la totalidad de su destino.
Todo esto, naturalmente, a velocidad electrónica, realizando decenas de millares de conexiones en un tiempo como atomizado. Esta serie fabulosa de operaciones precisas, matemáticas, es lo que llamamos a veces, cuando el mecanismo se dispara por azar, iluminación.
Si el cerebro puede funcionar como una máquina analógica, puede también trabajar, no sobre la cosa misma, sino sobre una maqueta de ella. No sobre el mismo Dios, sino sobre un ídolo. No sobre la eternidad, sino sobre una hora. No sobre la Tierra, sino sobre un grano de arena. Es decir: puede ver, en una imagen que haga el papel de maqueta y estableciendo conexiones a velocidad que rebase el más rápido razonamiento binario, como decía Blake, «El Universo en un grano de arena y la eternidad en una hora».
Si esto ocurriese así, si la velocidad de clasificación, de comparación y de deducción se hallase formidablemente acelerada, si nuestra inteligencia se encontrase, en ciertos casos, como la partícula del ciclotrón, tendríamos la explicación de toda la magia. Partiendo de la observación de una estrella a simple vista, el sacerdote maya hubiese podido reconstruir en su cerebro el conjunto del sistema solar y descubrir Urano y Plutón sin telescopio (según parecen atestiguar ciertos bajorrelieves). Partiendo de un fenómeno en el crisol, el alquimista hubiese podido lograr una representación exacta del átomo más complejo y descubrir el secreto de la materia. Se tendría la explicación de la fórmula según la cual: «Lo que está en lo alto es igual que lo que está en lo bajo». Y en el terreno más grosero de la magia imitativa, se comprendería cómo el mago de Cromagnon, contemplando en su gruta la imagen del bisonte ceremonial, lograba captar el conjunto de las leyes del mundo del bisonte y anunciar a la tribu la fecha, el lugar y el tiempo más favorable para la próxima cacería.
Los técnicos de la cibernética han perfeccionado máquinas electrónicas que funcionan primero aritméticamente y después analógicamente. Estas máquinas son particularmente útiles para descifrar mensajes en clave. Pero los sabios son así: se niegan a imaginar que el hombre pueda ser lo mismo que ha creado. ¡Extraña humildad!
Nosotros admitimos esta hipótesis: el hombre posee un aparato al menos igual, si no superior, a todos los aparatos técnicamente realizables, destinado a alcanzar el resultado que es objeto de toda técnica, a saber la comprensión y el manejo de las fuerzas universales. ¿Por qué no ha de poseer una especie de máquina electrónica en las profundidades de su cerebro? Hoy sabemos que las nueve décimas partes del cerebro humano no son utilizadas en la vida consciente normal; el doctor Warren Penfield ha demostrado la existencia, en nosotros, de este vasto campo silencioso. ¿Y si este campo silencioso fuese una inmensa sala de máquinas en funcionamiento, que espera sólo una voz de mando? Si esto fuera así, la magia tendría razón.
Tenemos un correo: las secreciones hormonales parten a provocar excitaciones en mil lugares de nuestro cuerpo.
Tenemos un teléfono: nuestro sistema nervioso; me pinchan y grito, siento vergüenza y me ruborizo, etc.
¿Por qué no hemos de tener una radio? Tal vez el cerebro emite ondas que se propagan a gran velocidad y que, como las ondas de alta frecuencia, que discurren por los conductores huecos, circulan por el interior de los cilindros de mielina. En este caso, poseeríamos un sistema de comunicaciones, de conexiones, desconocido. Acaso nuestro cerebro emite tales ondas sin cesar, pero no utilizamos los receptores, o tal vez éstos sólo funcionan en raras ocasiones, como esos aparatos de radio mal construidos, a los que un golpe hace momentáneamente sonoros.
Yo tenía siete años. Estaba en la cocina, junto a mi madre, que fregaba la vajilla. Mi madre cogió un estropajo (lavette) para quitar la grasa de los platos, y pensó, en el mismo momento, que su amiga Raymonde llamaba al estropajo «una relavote». Yo estaba charlando, pero me interrumpí en el mismo instante para decir: «Raymonde llama a esto una relavote», y seguí con lo que hablaba. No recordaría este incidente si mi madre, vivamente impresionada, no me lo hubiese recordado a menudo, como si con ello hubiese rozado un gran misterio, sentido, en un hálito de gozo, que yo era ella, recibido una prueba sobrehumana de mi amor. Más tarde, cuando yo la hacía sufrir, evocaba aquel segundo de «contacto», como para convencerse de que algo más profundo que su sangre había pasado de ella a mí.
Sé perfectamente lo que hay que pensar de las coincidencias, incluso de las coincidencias privilegiadas que llama Jung «significativas»; pero tengo la impresión, por haber vivido momentos análogos con un amigo muy querido, con una mujer apasionadamente amada, que hay que rebasar la noción de la coincidencia y atreverse a llegar a la interpretación mágica. Basta con entendernos sobre la palabra «mágica».
¿Qué pasó aquel día en la cocina, cuando yo tenía siete años? Creo que, independientemente de mi voluntad (y a causa de un imperceptible choque, de un temblor ínfimo comparable a la onda ligera que hace caer un objeto largo tiempo en equilibrio, un temblor ínfimo debido a un puro azar), una máquina que hay dentro de mí, sensibilizada infinitamente a la sazón por mil y mil impulsos de amor, de este amor sencillo, violento y exclusivamente de la infancia, se puso bruscamente a funcionar. Esta máquina, nueva y a punto en el campo silencioso de mi cerebro, en la fábrica cibernética de la Bella Durmiente del Bosque, contempló a mi madre. La vio, Captó y clasificó todas las facetas de su pensamiento, de su corazón, de sus humores, de sus sensaciones; se convirtió en mi madre; tuvo conocimiento de su esencia y de su destino hasta aquel instante. Registró y ordenó, a velocidad mayor que la de la luz, todas las asociaciones de sentimientos y de ideas que habían desfilado por mi madre desde su nacimiento, y llegó a la última asociación: la del estropajo, Raymonde y la relavote. Entonces, expresé el resultado del trabajo de la máquina, ejecutado con tan formidable rapidez que sus frutos pasaban por mi interior sin dejar rastro, como nos cruzan los rayos cósmicos sin provocar ninguna sensación. Dije: «Raymonde llama a esto una relavóte». Después, la máquina se detuvo, o bien yo dejé de ser receptor después de haberlo sido una millonésima de segundo, y reanudé la frase interrumpida. Antes de que el tiempo se detenga o de que se acelere en todos los sentidos, pasado, presente y futuro: es la misma cosa.
En otras ocasiones, debía tropezar con «coincidencias» de la misma naturaleza. Pienso que es posible interpretarlas de esta manera: Es verosímil que la máquina funcione constantemente, pero que nosotros sólo podemos ser receptores ocasionalmente. Más aún, esta receptividad tiene que ser rarísima. Sin duda es nula en ciertos seres. Igual que hay «gente con suerte» y gente que no la tiene. Los afortunados serían los que, a veces, reciben mensajes de la máquina: ésta ha analizado todos los elementos de la coyuntura, ha clasificado, elegido y comparado todos los efectos y las causas posibles, y, al descubrir así el mejor camino del destino, ha pronunciado su oráculo, que ha sido recogido sin que la conciencia haya sospechado siquiera el formidable trabajo realizado. Éstos, en efecto, son los «amados de los dioses». De vez en cuando, están conectados con su fábrica. Por lo que a mí atañe, tengo lo que se llama «suerte».
Y todo me inclina a creer que los fenómenos que presiden esta suerte son del mismo orden que los que presidieron la historia de la relavote.
Así empezamos a darnos cuenta de que la concepción mágica de las relaciones del hombre con el prójimo, con las cosas, con el espacio y con el tiempo, no es absolutamente ajena a una reflexión libre y viva sobre la técnica y la ciencia modernas. Precisamente la modernidad nos permite creer en lo mágico. Las máquinas electrónicas hacen que consideremos seriamente al hechicero de Cromagnon y al sacerdote maya. Si en el campo silencioso del cerebro humano se establecen conexiones ultrarrápidas, y si, en ciertas circunstancias, el resultado de este trabajo es captado por la conciencia, ciertas prácticas de magia imitativa, ciertas revelaciones proféticas, ciertas iluminaciones poéticas o místicas, ciertas adivinaciones que cargamos en la cuenta del delirio o del azar, tienen que considerarse como adquisiciones del espíritu en estado de vigilia.
Hace ya muchos años que sabemos que la Naturaleza no es razonable. No está de acuerdo con el mundo ordinario del funcionamiento de la inteligencia. Para la parte de nuestro cerebro normalmente en uso, toda situación es binaria. Esto es blanco o negro. Es que sí o es que no. Es continuo o discontinuo. Nuestra máquina de comprender es aritmética. Clasifica, compara. Todo El Discurso del Método se funda en esto. Y también toda la filosofía china del Yin y del Yang (y el Libro de las mutaciones, único libro de oráculos cuyas reglas nos haya transmitido la antigüedad, se compone de figuras gráficas: tres líneas continuas y tres discontinuas en todos los órdenes posibles). Pues bien, como decía Einstein en los últimos tiempos de su vida: «Me pregunto si la Naturaleza hace siempre el mismo juego.» Parece, en efecto, que la Naturaleza escapa a la máquina binaria que es nuestro cerebro en su estado de actividad normal. Desde Louis de Broglie, nos hemos visto obligados a admitir que la luz es a la vez continua y fragmentada.
Pero ningún cerebro humano ha logrado llegar a una representación de tal fenómeno, a una comprensión interna, a un conocimiento real. Se admite. Se sabe. No se conoce. Suponed ahora que, ante un modelo de la luz (toda la literatura y la iconografía religiosa abundan en evocaciones de la luz), un cerebro pasa del estado aritmético al estado analógico, en el relámpago del éxtasis. Entonces se convierte en la luz. Ve el incomprensible fenómeno. Nace con él. Lo conoce. Llega hasta donde no alcanza la inteligencia sublime de De Broglie. Después vuelve a caer; se ha roto el contacto con las máquinas superiores que funcionan en la inmensa galería secreta del cerebro. Su memoria no le restituye más que retazos del conocimiento que acaba de adquirir. Y el lenguaje es incapaz de traducir siquiera estos retazos. Tal vez algunos místicos conocieron así los fenómenos de la Naturaleza que nuestra inteligencia moderna ha logrado descubrir, admitir, pero no ha conseguido integrar.
«Y, como yo, el escriba pregunta cómo, o qué cosa veía ella o si veía cosa corporal. Ella respondía así: veía una
plenitud, una claridad, la cual me llenaba de tal manera que no puedo expresarlo ni puedo dar ninguna similitud...»
He aquí un pasaje del dictado de Angele de Foligno a su confesor, realmente significativo.
El calculador electrónico, ante una maqueta matemática de presa o de avión, funciona analógicamente. En cierta manera, se convierte en presa o en avión y descubre la totalidad de los aspectos de su existencia. Si el cerebro puede actuar de igual manera, empezamos a comprender por qué el brujo fabrica una estructura que evoque el enemigo al que quiere dañar o dibuja el bisonte cuyo rastro quiere descubrir. Con estas maquetas, espera que su inteligencia pase del estado binario al estado analógico, que su conciencia pase del estado ordinario al estado de vigilia superior. Espera que la máquina empiece a funcionar analógicamente, que se produzcan, en el campo silencioso de su cerebro, conexiones ultrarrápidas que le entreguen la realidad total de la cosa representada. Espera, pero no pasivamente. ¿Qué hace? Ha elegido la hora y el lugar en función de enseñanzas antiguas, de tradiciones que son acaso resultado de una suma de ensayos a tientas.
Tal momento de tal noche, por ejemplo, es más favorable que tal otro momento de tal otra noche, tal vez a causa del estado del cielo, de la radiación cósmica, de la disposición de los campos magnéticos, etc. Se coloca en una cierta postura bien determinada. Hace ciertos gestos, una danza particular, pronuncia ciertas palabras, emite sonidos, modula un silbido, etc. Todavía nadie se ha dado cuenta de que podría tratarse de técnicas (embrionarias, vacilantes) destinadas a provocar la puesta en marcha de las máquinas ultrarrápidas contenidas en la parte dormida de nuestro cerebro. Acaso los ritos no son más que conjuntos completos de disposiciones rítmicas capaces de operar una puesta en marcha de estas funciones superiores de la inteligencia. Giros de manivela, en cierto modo, más o menos eficaces. Todo nos inclina a creer que la puesta en marcha de estas funciones superiores, de estos cerebros electrónicos analógicos, exige empalmes mil veces más complicados y sutiles que los que funcionan en el paso del sueño a la lucidez.
Desde los trabajos de Von Frisch, sabemos que las abejas poseen un lenguaje: dibujan en el espacio, en el curso de sus vuelos, figuras matemáticas de una infinita complicación, y así se comunican los informes necesarios para la vida de la colmena. Todo induce a creer que el hombre, para establecer comunicación con sus poderes más elevados, tiene que poner en juego impulsos al menos igualmente complejos, igualmente tenues y ajenos a lo que determinaba habitualmente sus actos intelectuales.
Los rezos y los ritos ante los ídolos, ante las imágenes simbólicas de las religiones, serían, pues, intentos de captar y orientar las energías sutiles (magnéticas, cósmicas, rítmicas, etc.), en vista a la puesta en marcha de la inteligencia analógica que permitiría al hombre conocer la divinidad representada.
Si esto es así, si existen técnicas para obtener del cerebro un rendimiento sin parangón con los resultados de la inteligencia binaria más desarrollada, y si estas técnicas no fueron buscadas hasta hoy más que por los ocultistas, se comprende que la mayoría de los descubrimientos prácticos y científicos de antes del siglo XIX fuesen logrados por aquéllos.
Nuestro lenguaje, al igual que nuestro pensamiento, procede del funcionamiento aritmético, binario, de nuestro cerebro. Clasificamos en sí o no, en positivo o negativo; establecemos comparaciones y sacamos deducciones. Si el lenguaje nos sirve para poner orden en nuestro pensamiento, enteramente ocupado en clasificar, comprenderemos forzosamente que no es un elemento creador exterior, un atributo divino. El lenguaje no añade un solo pensamiento al pensamiento. Si hablo o escribo, freno mi máquina. No puedo describirla más que observándola en movimiento retardado. No expreso, pues, más que mi toma de conciencia binaria del mundo, y aun, solamente, cuando esta conciencia deja de funcionar a la velocidad normal. Mi lenguaje sólo da fe del movimiento retardado de una visión del mundo que limita a su vez el sistema binario. Esta insuficiencia del lenguaje es evidente y vivamente lamentable. Pero, ¿qué decir de la insuficiencia de la propia inteligencia binaria? Se le escapa la existencia interna, la esencia de las cosas. Puede descubrir que la luz es continua y discontinua a la vez, que la molécula del benceno establece entre sus seis átomos relaciones dobles y, no obstante, mutuamente excluyentes: lo admite, pero no puede comprenderlo, no puede adaptar a su propia marcha la realidad de las estructuras profundas que examina. Para llegar a ello, tendría que cambiar de estado, sería preciso que otras máquinas distintas de las normalmente empleadas empezaran a funcionar en el cerebro, y que el razonamiento binario fuere reemplazado por una conciencia analógica que revistiese las formas y asimilara los ritmos inconcebibles de estas estructuras profundas. Sin duda esto se produce en la intuición científica, en la iluminación científica, en la iluminación poética, en el éxtasis religioso y en otros casos que ignoramos. El recurso a la conciencia despierta, es decir, a un estado diferente del estado de vigilia lúcida, constituye el leitmotiv de todas las filosofías antiguas. También es el leitmotiv de los más grandes físicos y matemáticos modernos, para quienes «algo debe de ocurrir en la conciencia humana para que pase del saber al conocimiento».
No es, pues, sorprendente que el lenguaje, que sólo logra referirse a una conciencia del mundo en estado de vigilia lúcido, se oscurezca en cuanto trata de expresar las estructuras profundas, ya sean la luz, la eternidad, el tiempo, la energía, la esencia del hombre, etcétera. Sin embargo, nosotros distinguimos dos clases de oscuridad.
[N del T: En el original se emplean los términos éveil (alerta) y vieille (vigília), atribuyendo a aquél un sentido superior, como un despertar del estado de vigília a otro estado más clarividente]
Una de ellas procede de que el lenguaje es el vehículo de una inteligencia que se aplica a examinar aquellas estructuras sin poder jamás asimilarlas. Es el vehículo de una naturaleza que choca en vano con otra naturaleza. En el mejor de los casos, sólo puede aportar el testimonio de una imposibilidad, el eco de una sensación de impotencia y de destierro. Su oscuridad es real. No es, precisamente, más que oscuridad.
La otra viene de que el hombre, que trata de expresarse, ha conocido, como relámpagos, otro estado de conciencia. Ha vivido un instante en la intimidad de las estructuras profundas. Las ha conocido. Es el místico del tipo san Juan de la Cruz, el sabio iluminado del tipo Einstein, el poeta inspirado del tipo William Blake, el matemático arrobado del tipo Galois, el filósofo visionario del tipo Meyrink.
Al caer de nuevo, el «vidente» no sabe comunicar lo que ha visto. Pero, aun así, expresa la certeza positiva de que el Universo sería manejable si el hombre lograse combinar lo más íntimamente posible el estado de vigilia y el estado de supervigilia. En tal lenguaje aparece algo eficaz, el perfil de un instrumento soberano. Fulcanelli, al hablar del misterio de las catedrales; Wienner, al hablar de la estructura del Tiempo, son oscuros; pero en ellos la oscuridad deja de ser oscuridad: es la señal de que algo brilla al otro lado.
Es indudable que sólo el lenguaje matemático moderno da cuenta de ciertos resultados del pensamiento analógico. Existen, en física y matemáticas, los terrenos de «más allá absoluto» y de los «continuos de medida nula», es decir, medidas sobre universos inconcebibles y, sin embargo, reales. Uno puede preguntarse por qué los poetas no han ido todavía a escuchar, al lado de esta ciencia, el canto de las realidades fantásticas, si no es por temor a tener que reconocer esta evidencia: que el arte mágico vive y medra fuera de sus gabinetes.
Este lenguaje matemático que da fe de la existencia de universos que escapan a la conciencia normalmente lúcida, es el único que está en actividad, en funcionamiento constante.
Los «seres matemáticos», es decir, las expresiones, los signos que simbolizan la vida y las leyes del mundo invisible, del mundo impensable, desarrollan, fecundan, otros «seres». Hablando con propiedad, este lenguaje es la verdadera «lengua verde» de nuestro tiempo.
Sí, la «lengua verde», el argot en el sentido original de esas palabras, en el sentido que se le daba en la Edad Media (y no en el sentido descolorido que le suponen hoy los literatos que quieren creerse «liberados»), volvemos a encontrarlo en la ciencia de vanguardia, en la física matemática, que es, si la miramos de cerca, un desarreglo de la inteligencia admitida, una ruptura, una visión.
(...)
El hombre puede penetrar los secretos, ver la luz, ver la Eternidad, captar las leyes de la energía, incorporar a su marcha interior el ritmo del destino universal, tener un conocimiento sensible de la última convergencia de las fuerzas y, como Teilhard de Chardin, vivir de la vida incomprensible del punto Omega, en el que toda creación se encontrará, al fin del tiempo terrestre, a la vez cumplida, consumada y exaltada. El hombre lo puede todo. Su inteligencia, equipada sin duda desde el origen con un conocimiento infinito, puede, en ciertas condiciones, captar el conjunto de mecanismos de la vida.
El poder de la inteligencia humana enteramente desplegada puede, probablemente, extenderse a la totalidad del Universo. Pero este poder se detiene donde esta inteligencia, llegada al término de su misión, presiente que hay todavía «algo» más allá del Universo. Aquí, la conciencia analógica pierde toda posibilidad de funcionar. En el Universo no hay modelos de lo que está más allá del Universo. Esta puerta infranqueable es la del Reino de Dios. Aceptamos la expresión, en este grado: «Reino de Dios.»
Por haber intentado desbordar el Universo, imaginando un número más grande que todo lo que podría concebirse en el Universo, por haber intentado construir un concepto que el Universo no podría llenar, el genial matemático Cantor naufragó en la locura. Hay una última puerta que la inteligencia analógica no puede abrir. Pocos textos igualan en grandeza metafísica a aquel en que H. P. Lovecraft intenta describir la inconcebible aventura del hombre despierto que logró entreabrir aquella puerta y pretendió deslizarse en el lugar en que reina Dios más allá del infinito...
«Sabía que un tal Randolph Cárter, de Boston, había existido; no podía, empero, saber si aquel Randolph Cárter era él, fragmento o receta de entidad más allá de la Última Puerta, o si era otro. Su "yo" había sido destruido, y, sin embargo, gracias a alguna facultad inconcebible, tenía igualmente conciencia de ser una legión de "yos". Ello si, en un lugar en que estaba abolida la menor noción de existencia individual, podía sobrevivir, bajo cualquier forma, una cosa tan singular. Era como si su cuerpo hubiese sido bruscamente transformado en una de esas imágenes de múltiples miembros y cabezas de los templos hindúes. En un esfuerzo insensato, contemplando esta aglomeración, trataba de separar de ella su cuerpo original... si es que aún podía existir un cuerpo original...
«Durante estas terroríficas visiones, el fragmento de Randolph Cárter que había franqueado la Última Puerta, fue arrancado con horror todavía más profundo y que, esta vez, venía del interior: era una fuerza, una especie de personalidad que bruscamente le plantaba cara y lo rodeaba a la vez, se apoderaba de él, e, incorporándose a su propia esencia, coexistía con todas las eternidades y era contigua a todos los espacios. No había ninguna manifestación visible, pero la percepción de esta entidad y la temible combinación de los conceptos de identidad y de infinitud le producían un terror que le paralizaba. Este terror rebasaba con mucho todos los que, hasta entonces, habían podido sospechar las múltiples facetas de Cárter... Esta entidad era todo en uno y uno en todo, un ser a la vez infinito y limitado, que no pertenecía solamente a un continuo espacio-tiempo, sino que formaba parte integrante del torbellino eterno de fuerzas vitales, del último torbellino sin límites que sobrepasaba tanto las matemáticas como la imaginación. Esta entidad era tal vez aquella que evocan en voz baja algunos cultos secretos de la Tierra y que los espíritus vaporosos de las nebulosas espirales designan con un signo que no se puede transcribir... Y, en un relámpago, proyectado aún más lejos, el fragmento Cárter conoció la superficialidad, la insuficiencia de lo que acababa de experimentar, de esto mismo, de esto mismo...»
Volvamos a nuestro discurso inicial. Nosotros no decimos:
Existe, en la vasta llanura silenciosa del cerebro, una máquina electrónica analógica.
Lo que decimos es:
Así como existen máquinas aritméticas y máquinas analógicas, ¿no cabría imaginar, más allá del funcionamiento de nuestra inteligencia en un estado normal, un funcionamiento en un estado superior? ¿No cabría imaginar poderes de la inteligencia que fuesen del mismo orden que los de la máquina analógica?
Nuestra comparación no debe ser tomada al pie de la letra. Se trata de un punto de partida, de una rampa de lanzamiento hacia regiones de la inteligencia todavía salvajes, todavía apenas exploradas. En estas regiones, la inteligencia empieza tal vez bruscamente a fulgurar, a iluminar las cosas habitualmente ocultas del Universo. ¿Cómo logra pasar a estas regiones en que su propia vida se hace prodigiosa? ¿Mediante qué operaciones se realiza el cambio de fase? No decimos que lo sepamos. Decimos que hay, en los ritos mágicos y religiosos, en la inmensa literatura antigua y moderna consagrada a los momentos singulares, a los instantes fantásticos del espíritu, millares y millares de descripciones fragmentarias que habría que reunir y comparar, y que tal vez evocan un método perdido... o un método venidero.
Es posible que la inteligencia roce a veces, como por azar, la frontera de esas regiones salvajes. Ella pone en marcha, durante una fracción de segundo, las máquinas superiores cuyo zumbido percibe confusamente. Es mi historieta de la relavóte, son todos estos fenómenos llamados «parapsicológicos» cuya existencia tanto nos conturba, son estas extraordinarias y raras llamadas iluminadoras, que la mayoría de los seres aptos conocen una, dos o tres veces en el transcurso de su vida, y, sobre todo, en la edad temprana. Nada queda de ello; apenas el recuerdo.
Cruzar esta frontera (o, como dicen los textos tradicionales: «entrar en el estado despierto») supone mucho más y no me parece que pueda ser fruto de la casualidad. Todo inclina a pensar que aquel paso exige la agrupación y la orientación de un número enorme de fuerzas exteriores e interiores. No es absurdo pensar que estas fuerzas están a nuestra disposición. Sólo nos falta el método. También nos faltaba el método, hace poco tiempo, de liberar la energía nuclear. Pero, sin duda, estas fuerzas están sólo a nuestra disposición si dedicamos a captarlas la totalidad de nuestra existencia. Los ascetas, los santos, los taumaturgos, los videntes, los poetas y los sabios geniales no nos dicen otra cosa. Y es lo que escribe William Temple, poeta americano moderno:
«Ninguna revelación particular es posible, si la misma existencia no es por entero un instrumento de revelación.»
Volvamos, pues, a nuestra comparación. La «investigación operacional» nació durante la Segunda Guerra Mundial. Para que se hiciese sentir la necesidad de tal método, «era necesario que se plantearan problemas que escapasen al sentido común y a la experiencia». Los tácticos tuvieron que acudir, pues, a los matemáticos:
«Cuando una situación, por la complejidad de su estructura aparente y de su evolución visible, no puede dominarse con los medios habituales, se pide a los científicos que traten esta situación igual que tratan, en su especialidad, los fenómenos de la Naturaleza, y que construyan una teoría. Construir la teoría de una situación o de un objeto es imaginar un modelo abstracto de ellos, cuyas propiedades simulen las propiedades del objeto. El modelo es siempre matemático. Por su mediación, las cuestiones concretas se traducen en propiedades matemáticas.»
Se trata del «modelo» de una cosa o de una situación demasiado nueva y demasiado compleja para ser captada en su realidad total por la inteligencia.
«En la investigación operacional fundamental, interesa entonces construir una máquina electrónica analógica, de modo que esta máquina realice el modelo. Entonces se puede, manipulando los botones de reglaje y mirándola funcionar, hallar las respuestas a todas las cuestiones en vista de las cuales ha sido concebido el modelo.»
Estas definiciones han sido extraídas de un boletín técnico. Y son más importantes, para formarse una idea del «hombre despierto», para comprender el espíritu «mágico», que la mayoría de las obras de literatura ocultista. Si traducimos modelo por ídolo o símbolo, y máquina analógica por funcionamiento iluminado del cerebro o estado de hiperlucidez, vemos que el camino más misterioso del conocimiento humano —el que se niegan a admitir los herederos del positivista siglo XIX— es un verdadero y amplio camino. La técnica moderna nos invita a considerarlo como tal.
«La presencia de símbolos, signos enigmáticos y de expresión misteriosa, en las tradiciones religiosas, las obras de arte, los cuentos y las costumbres del folklore, dan fe de la existencia de un lenguaje umversalmente extendido en Oriente y en Occidente y cuya significación transhistórica parece situarse en la raíz misma de nuestra existencia, de nuestros conocimientos y de nuestros valores».
Ahora bien, ¿qué es el símbolo, sino el modelo abstracto de una realidad, de una estructura, que la inteligencia humana no puede dominar enteramente, pero de la cual esboza la «teoría»?
Como el modelo que elabora el matemático partiendo de un objeto o de una situación que escapan al sentido común o a la experiencia, las propiedades del símbolo imitan las propiedades del objeto o de la situación representados así de un modo abstracto, y cuyo aspecto fundamental permanece oculto. Entonces habría que conectar y poner en marcha una máquina electrónica analógica, partiendo de aquel modelo, para que el símbolo descubriese la realidad que contiene y las respuestas a todas las preguntas en vista de las cuales fue concebido. Nosotros creemos que en el hombre existe el equivalente de esta máquina. Ciertas actitudes mentales y físicas aún mal conocidas, pueden provocar su funcionamiento. Todas las técnicas ascéticas, religiosas, mágicas, parecen orientadas a este resultado, y seguramente es esto lo que la tradición, que recorre toda la historia de la Humanidad, expresa al prometer a los sabios el «estado de alerta».
Así, pues, los símbolos son acaso modelos abstractos establecidos desde los orígenes de la Humanidad que piensa, partiendo de los cuales podrían hacérsenos sensibles las estructuras profundas del Universo. Pero, ¡atención! Los símbolos no representan la cosa misma, el fenómeno mismo. También sería erróneo pensar que son pura y simplemente esquematizaciones. En la investigación operacional, el modelo no es un modelo reducido o simplificado de una cosa conocida, sino que es un punto de partida posible para el conocimiento de esta cosa. Es un punto de partida situado fuera de la realidad: situado en el universo matemático. Pero también será preciso que la máquina analógica, construida sobre este modelo, entre en trance electrónico, para que se obtengan las respuestas prácticas. Por esto carecen de interés todas las explicaciones de los símbolos que dan los ocultistas. Éstos trabajan sobre los símbolos como si se tratase de esquemas traducibles por la inteligencia en su estado normal. Como si, desde estos esquemas, se pudiese remontar inmediatamente hacia una realidad. Después de muchos siglos de actuar de esta suerte a base de la Cruz de San Andrés, la cruz gamada y la estrella de Salomón el estudio de las estructuras profundas del Universo no ha avanzado un solo paso por su esfuerzo.
Gracias a la iluminación de su sublime inteligencia, Einstein logró entrever (no captar totalmente, no incorporar ni dominar) la relación espacio-tiempo. Para comunicar su descubrimiento, en el grado en que es inteligiblemente comunicable, y para ayudarse él mismo a remontar hacia su propia visión iluminada, dibuja el signo del triedro de referencia. Este dibujo no es un esquema de la realidad. Es inutilizable en general. Es un «¡levántate y anda!», para el conjunto de los conocimientos fisico-matemáticos. Y aun todo este conjunto puesto en marcha en un cerebro poderoso, no logrará encontrar más que lo que evoca aquel triedro, no pasará al Universo en que juega la ley expresada por aquel signo. Pero, al final de la marcha, se sabrá que aquel Universo existe.
Acaso todos los signos son del mismo orden. La esvástica invertida, o cruz gamada, cuyo origen se pierde en el pasado más remoto, es tal vez el modelo de la ley que rige toda destrucción. Posiblemente cada vez que hay destrucción, en la materia o en el espíritu, el movimiento de las fuerzas se conforma con aquel modelo, como la relación espacio-tiempo se conforma con el triedro.
De la misma manera, nos dice el matemático Eric Temple Bell, la espiral es acaso el «modelo» de la estructura profunda de toda evolución (de la energía, de la vida, de la conciencia). Es posible que, en el «estado de alerta», el cerebro pueda funcionar como la máquina analógica partiendo de un modelo establecido, y que penetre así, partiendo de la esvástica, la estructura universal de la evolución.
Los símbolos, los signos, son, pues, acaso, modelos concebidos por las máquinas superiores de nuestro espíritu, en vista al funcionamiento de nuestra inteligencia en otro estado.
Nuestra inteligencia, en su estado ordinario, trabaja tal vez con su pluma más fina en el dibujo de modelos gracias a los cuales, pasando a un estado superior, podría incorporarse la última realidad de las cosas. Cuando Teilhard de Chardin logra concebir el punto Omega, elabora el «modelo» del punto último de la evolución. Pero, para sentir la realidad de este punto, para vivir en profundidad una realidad tan poco imaginable, para que la conciencia se incorpore esta realidad, asimilándola por entero, en fin, para que la conciencia se convierta ella misma en punto Omega y capte todo lo alcanzable en este punto —sentido último de la vida de la Tierra, destino cósmico del espíritu completo, más allá del fin de los tiempos de nuestro Globo—, para que se realice este paso de la idea al conocimiento, sería preciso que se desarrollase otra forma de inteligencia, llámese inteligencia analógica, llámese iluminación mística, llámese estado de contemplación absoluto.
Así, la idea de Eternidad, la idea de Más Allá del Fin, la idea de Dios, etc., son acaso «modelos» establecidos por nosotros y destinados, en otro dominio de nuestra inteligencia, en la zona habitualmente dormida, a darnos las respuestas en atención a las cuales los hemos elaborado.
Hay que comprender bien que la idea más sublime es tal vez el equivalente del dibujo del bisonte para el brujo de Cromagnon. Se trata de una maqueta. Enseguida, las máquinas analógicas se ponen a funcionar sobre este modelo en la zona secreta del cerebro. El brujo pasa, por trances, a la realidad del mundo bisonte, descubre de golpe todos sus aspectos y puede anunciar el lugar y la hora de la próxima cacería. Esto es magia en su estado más bajo. En el estado más elevado, el modelo no es un dibujo o una estatuilla, ni siquiera un símbolo. Es una idea, es el producto más fino de la más fina inteligencia binaria posible. Esta idea sólo ha sido concebida en vistas de otra etapa de investigación: la etapa analógica, segundo tiempo de toda investigación operacional.
Nos parece claro que la más alta, la más ferviente actividad del espíritu humano consiste en establecer «modelos» destinados a otra actividad del espíritu, mal conocida, difícil de poner en marcha. En este sentido puede decirse: todo es símbolo, todo es signo, todo es evocación de otra realidad.
Esto nos abre las puertas del infinito poder posible del hombre. Contrariamente a lo que creen los simbolistas, no nos da la llave de todas las cosas. Desde la idea de Trinidad, desde la idea de Más Allá del Fin, a la estatuilla pinchada con alfileres del brujo campesino, pasando por la cruz, la esvástica, el rosetón, la catedral, la Virgen María, los «seres matemáticos», los guarismos, etc., todo es modelo o «maqueta» de lo que existe en un Universo diferente de aquel en que la maqueta ha sido concebida. Pero «las maquetas» no son intercambiables: un modelo matemático de presa entregado al calculador electrónico no es comparable a un modelo de cohete supersónico. No todo está en todo. La espiral no está en la cruz. La imagen del bisonte no está en la fotografía con la que actúa el médium, el punto Omega del padre Teilhard no está en el Infierno del Dante, el menhir no está en la catedral, los números de Cantor no están en las cifras del Apocalipsis. Si bien hay maquetas de todo, todas las maquetas no forman un todo desmontable capaz de abrirnos el secreto del Universo.
Si los modelos más poderosos proporcionados a la inteligencia en estado de vigilia superior son modelos sin dimensión, es decir, ideas, hay que abandonar la esperanza de encontrar la maqueta del Universo en la Gran Pirámide o en el pórtico de Notre Dame. Si existe una maqueta del Universo entero, sólo puede existir en el cerebro humano, en la extrema punta de la más sublime de las inteligencias. Pero, ¿es que el Universo no puede tener otros recursos más que el hombre? Si el hombre es un infinito, ¿no puede ser el Universo el infinito más otra cosa?
Sin embargo, el descubrimiento de que todo es maqueta, modelo, signo, símbolo, conduce al descubrimiento de una llave. No la que abre la puerta del misterio insondable, que, o bien no existe, o bien está en manos de Dios. Una llave, no de certeza, sino de actitud. Se trata de hacer funcionar una inteligencia «diferente» de aquella a la que son presentadas las maquetas. Se trata, pues, de pasar del estado de vigilia ordinario al estado de vigilia superior [del pensamiento secuencial al pensamiento trascendente].
Se trata de pasar al estado de alerta. No todo está en todo. Pero velar lo es todo.
Existe, en la vasta llanura silenciosa del cerebro, una máquina electrónica analógica.
Lo que decimos es:
Así como existen máquinas aritméticas y máquinas analógicas, ¿no cabría imaginar, más allá del funcionamiento de nuestra inteligencia en un estado normal, un funcionamiento en un estado superior? ¿No cabría imaginar poderes de la inteligencia que fuesen del mismo orden que los de la máquina analógica?...
Mente Digital v/s Mente Analógica o
Pensamiento Secuencial v/s Pensamiento Trascendente.
(Los que han practicado meditación, saben de qué estamos hablando)
Autores: Louis Pauwels y Jaques Bergier
Conocida es la diferencia entre la aritmética y las matemáticas. El pensamiento matemático, desde Evariste Galois, ha descubierto un mundo que es extraño al hombre, que no corresponde a la experiencia humana, al universo tal como lo conoce la conciencia humana ordinaria. La lógica que actúa a base del sí ó el no, es remplazada en él por una superlógica que opera simultáneamente con el sí y el no. Esta superlógica no es del dominio del razonamiento, sino de la intuición. En este sentido puede decirse que la intuición, es decir, una facultad «salvaje», un poder «insólito» del espíritu, «rige ahora en grandes sectores matemáticos».
¿Cómo funciona normalmente el cerebro? Funciona como máquina aritmética. Funciona como máquina binaria: sí, no; conforme, no conforme; verdadero, falso; amo, no amo; bueno, malo. Dentro del sistema binario, nuestro cerebro es invencible. Los grandes calculadores humanos han logrado superar a las máquinas electrónicas.
¿Qué es una máquina electrónica aritmética? Es una máquina que, con rapidez extraordinaria, clasifica, acepta, rechaza y ordena en series diversos factores. En una palabra, es una máquina que pone orden en el Universo. Imita el funcionamiento de nuestro cerebro. El hombre clasifica, y lo tiene a honor. Todas las ciencias se han construido gracias a un esfuerzo de clasificación.
Sí, pero ahora existen también máquinas electrónicas que no funcionan sólo aritméticamente, sino analógicamente. Ejemplo: si quieren ustedes estudiar todas las condiciones de resistencia de la presa que están construyendo, hagan una maqueta de la presa. Realicen todas las observaciones posibles sobre la maqueta. Proporcionen a la máquina el conjunto de estas observaciones. La máquina coordina, compara, a velocidad inhumana, establece todas las conexiones posibles entre las mil observaciones de detalle, y les dice:
«Si no refuerzan ustedes la cuña del tercer pilar de la derecha, reventará en 1984.»
La máquina analógica ha fijado, con su ojo inmóvil e infalible, todo el conjunto de reacciones de la presa, después ha considerado todos los aspectos de la existencia de la misma, ha asimilado esta existencia y ha deducido de ella todas sus leyes. Ha visto el presente en su totalidad, estableciendo, a una velocidad que contrae el tiempo, todas las relaciones posibles entre todos los factores particulares, y ha podido ver, al mismo tiempo, el futuro. En resumidas cuentas, ha pasado del saber al conocimiento.
Pues bien, nosotros pensamos que el cerebro también puede, en ciertos casos, funcionar como una máquina analógica [esto es una analogía o “maqueta” de la realidad], es decir:
1.° Reunir todas las observaciones posibles sobre una cosa.
2.° Establecer la lista de todas las relaciones constantes entre los múltiples aspectos de las cosas.
3.° Llegar a ser, en cierto modo, la cosa misma, asimilar su esencia y descubrir la totalidad de su destino.
Todo esto, naturalmente, a velocidad electrónica, realizando decenas de millares de conexiones en un tiempo como atomizado. Esta serie fabulosa de operaciones precisas, matemáticas, es lo que llamamos a veces, cuando el mecanismo se dispara por azar, iluminación.
Si el cerebro puede funcionar como una máquina analógica, puede también trabajar, no sobre la cosa misma, sino sobre una maqueta de ella. No sobre el mismo Dios, sino sobre un ídolo. No sobre la eternidad, sino sobre una hora. No sobre la Tierra, sino sobre un grano de arena. Es decir: puede ver, en una imagen que haga el papel de maqueta y estableciendo conexiones a velocidad que rebase el más rápido razonamiento binario, como decía Blake, «El Universo en un grano de arena y la eternidad en una hora».
Si esto ocurriese así, si la velocidad de clasificación, de comparación y de deducción se hallase formidablemente acelerada, si nuestra inteligencia se encontrase, en ciertos casos, como la partícula del ciclotrón, tendríamos la explicación de toda la magia. Partiendo de la observación de una estrella a simple vista, el sacerdote maya hubiese podido reconstruir en su cerebro el conjunto del sistema solar y descubrir Urano y Plutón sin telescopio (según parecen atestiguar ciertos bajorrelieves). Partiendo de un fenómeno en el crisol, el alquimista hubiese podido lograr una representación exacta del átomo más complejo y descubrir el secreto de la materia. Se tendría la explicación de la fórmula según la cual: «Lo que está en lo alto es igual que lo que está en lo bajo». Y en el terreno más grosero de la magia imitativa, se comprendería cómo el mago de Cromagnon, contemplando en su gruta la imagen del bisonte ceremonial, lograba captar el conjunto de las leyes del mundo del bisonte y anunciar a la tribu la fecha, el lugar y el tiempo más favorable para la próxima cacería.
Los técnicos de la cibernética han perfeccionado máquinas electrónicas que funcionan primero aritméticamente y después analógicamente. Estas máquinas son particularmente útiles para descifrar mensajes en clave. Pero los sabios son así: se niegan a imaginar que el hombre pueda ser lo mismo que ha creado. ¡Extraña humildad!
Nosotros admitimos esta hipótesis: el hombre posee un aparato al menos igual, si no superior, a todos los aparatos técnicamente realizables, destinado a alcanzar el resultado que es objeto de toda técnica, a saber la comprensión y el manejo de las fuerzas universales. ¿Por qué no ha de poseer una especie de máquina electrónica en las profundidades de su cerebro? Hoy sabemos que las nueve décimas partes del cerebro humano no son utilizadas en la vida consciente normal; el doctor Warren Penfield ha demostrado la existencia, en nosotros, de este vasto campo silencioso. ¿Y si este campo silencioso fuese una inmensa sala de máquinas en funcionamiento, que espera sólo una voz de mando? Si esto fuera así, la magia tendría razón.
Tenemos un correo: las secreciones hormonales parten a provocar excitaciones en mil lugares de nuestro cuerpo.
Tenemos un teléfono: nuestro sistema nervioso; me pinchan y grito, siento vergüenza y me ruborizo, etc.
¿Por qué no hemos de tener una radio? Tal vez el cerebro emite ondas que se propagan a gran velocidad y que, como las ondas de alta frecuencia, que discurren por los conductores huecos, circulan por el interior de los cilindros de mielina. En este caso, poseeríamos un sistema de comunicaciones, de conexiones, desconocido. Acaso nuestro cerebro emite tales ondas sin cesar, pero no utilizamos los receptores, o tal vez éstos sólo funcionan en raras ocasiones, como esos aparatos de radio mal construidos, a los que un golpe hace momentáneamente sonoros.
Yo tenía siete años. Estaba en la cocina, junto a mi madre, que fregaba la vajilla. Mi madre cogió un estropajo (lavette) para quitar la grasa de los platos, y pensó, en el mismo momento, que su amiga Raymonde llamaba al estropajo «una relavote». Yo estaba charlando, pero me interrumpí en el mismo instante para decir: «Raymonde llama a esto una relavote», y seguí con lo que hablaba. No recordaría este incidente si mi madre, vivamente impresionada, no me lo hubiese recordado a menudo, como si con ello hubiese rozado un gran misterio, sentido, en un hálito de gozo, que yo era ella, recibido una prueba sobrehumana de mi amor. Más tarde, cuando yo la hacía sufrir, evocaba aquel segundo de «contacto», como para convencerse de que algo más profundo que su sangre había pasado de ella a mí.
Sé perfectamente lo que hay que pensar de las coincidencias, incluso de las coincidencias privilegiadas que llama Jung «significativas»; pero tengo la impresión, por haber vivido momentos análogos con un amigo muy querido, con una mujer apasionadamente amada, que hay que rebasar la noción de la coincidencia y atreverse a llegar a la interpretación mágica. Basta con entendernos sobre la palabra «mágica».
¿Qué pasó aquel día en la cocina, cuando yo tenía siete años? Creo que, independientemente de mi voluntad (y a causa de un imperceptible choque, de un temblor ínfimo comparable a la onda ligera que hace caer un objeto largo tiempo en equilibrio, un temblor ínfimo debido a un puro azar), una máquina que hay dentro de mí, sensibilizada infinitamente a la sazón por mil y mil impulsos de amor, de este amor sencillo, violento y exclusivamente de la infancia, se puso bruscamente a funcionar. Esta máquina, nueva y a punto en el campo silencioso de mi cerebro, en la fábrica cibernética de la Bella Durmiente del Bosque, contempló a mi madre. La vio, Captó y clasificó todas las facetas de su pensamiento, de su corazón, de sus humores, de sus sensaciones; se convirtió en mi madre; tuvo conocimiento de su esencia y de su destino hasta aquel instante. Registró y ordenó, a velocidad mayor que la de la luz, todas las asociaciones de sentimientos y de ideas que habían desfilado por mi madre desde su nacimiento, y llegó a la última asociación: la del estropajo, Raymonde y la relavote. Entonces, expresé el resultado del trabajo de la máquina, ejecutado con tan formidable rapidez que sus frutos pasaban por mi interior sin dejar rastro, como nos cruzan los rayos cósmicos sin provocar ninguna sensación. Dije: «Raymonde llama a esto una relavóte». Después, la máquina se detuvo, o bien yo dejé de ser receptor después de haberlo sido una millonésima de segundo, y reanudé la frase interrumpida. Antes de que el tiempo se detenga o de que se acelere en todos los sentidos, pasado, presente y futuro: es la misma cosa.
En otras ocasiones, debía tropezar con «coincidencias» de la misma naturaleza. Pienso que es posible interpretarlas de esta manera: Es verosímil que la máquina funcione constantemente, pero que nosotros sólo podemos ser receptores ocasionalmente. Más aún, esta receptividad tiene que ser rarísima. Sin duda es nula en ciertos seres. Igual que hay «gente con suerte» y gente que no la tiene. Los afortunados serían los que, a veces, reciben mensajes de la máquina: ésta ha analizado todos los elementos de la coyuntura, ha clasificado, elegido y comparado todos los efectos y las causas posibles, y, al descubrir así el mejor camino del destino, ha pronunciado su oráculo, que ha sido recogido sin que la conciencia haya sospechado siquiera el formidable trabajo realizado. Éstos, en efecto, son los «amados de los dioses». De vez en cuando, están conectados con su fábrica. Por lo que a mí atañe, tengo lo que se llama «suerte».
Y todo me inclina a creer que los fenómenos que presiden esta suerte son del mismo orden que los que presidieron la historia de la relavote.
Así empezamos a darnos cuenta de que la concepción mágica de las relaciones del hombre con el prójimo, con las cosas, con el espacio y con el tiempo, no es absolutamente ajena a una reflexión libre y viva sobre la técnica y la ciencia modernas. Precisamente la modernidad nos permite creer en lo mágico. Las máquinas electrónicas hacen que consideremos seriamente al hechicero de Cromagnon y al sacerdote maya. Si en el campo silencioso del cerebro humano se establecen conexiones ultrarrápidas, y si, en ciertas circunstancias, el resultado de este trabajo es captado por la conciencia, ciertas prácticas de magia imitativa, ciertas revelaciones proféticas, ciertas iluminaciones poéticas o místicas, ciertas adivinaciones que cargamos en la cuenta del delirio o del azar, tienen que considerarse como adquisiciones del espíritu en estado de vigilia.
Hace ya muchos años que sabemos que la Naturaleza no es razonable. No está de acuerdo con el mundo ordinario del funcionamiento de la inteligencia. Para la parte de nuestro cerebro normalmente en uso, toda situación es binaria. Esto es blanco o negro. Es que sí o es que no. Es continuo o discontinuo. Nuestra máquina de comprender es aritmética. Clasifica, compara. Todo El Discurso del Método se funda en esto. Y también toda la filosofía china del Yin y del Yang (y el Libro de las mutaciones, único libro de oráculos cuyas reglas nos haya transmitido la antigüedad, se compone de figuras gráficas: tres líneas continuas y tres discontinuas en todos los órdenes posibles). Pues bien, como decía Einstein en los últimos tiempos de su vida: «Me pregunto si la Naturaleza hace siempre el mismo juego.» Parece, en efecto, que la Naturaleza escapa a la máquina binaria que es nuestro cerebro en su estado de actividad normal. Desde Louis de Broglie, nos hemos visto obligados a admitir que la luz es a la vez continua y fragmentada.
Pero ningún cerebro humano ha logrado llegar a una representación de tal fenómeno, a una comprensión interna, a un conocimiento real. Se admite. Se sabe. No se conoce. Suponed ahora que, ante un modelo de la luz (toda la literatura y la iconografía religiosa abundan en evocaciones de la luz), un cerebro pasa del estado aritmético al estado analógico, en el relámpago del éxtasis. Entonces se convierte en la luz. Ve el incomprensible fenómeno. Nace con él. Lo conoce. Llega hasta donde no alcanza la inteligencia sublime de De Broglie. Después vuelve a caer; se ha roto el contacto con las máquinas superiores que funcionan en la inmensa galería secreta del cerebro. Su memoria no le restituye más que retazos del conocimiento que acaba de adquirir. Y el lenguaje es incapaz de traducir siquiera estos retazos. Tal vez algunos místicos conocieron así los fenómenos de la Naturaleza que nuestra inteligencia moderna ha logrado descubrir, admitir, pero no ha conseguido integrar.
«Y, como yo, el escriba pregunta cómo, o qué cosa veía ella o si veía cosa corporal. Ella respondía así: veía una
plenitud, una claridad, la cual me llenaba de tal manera que no puedo expresarlo ni puedo dar ninguna similitud...»
He aquí un pasaje del dictado de Angele de Foligno a su confesor, realmente significativo.
El calculador electrónico, ante una maqueta matemática de presa o de avión, funciona analógicamente. En cierta manera, se convierte en presa o en avión y descubre la totalidad de los aspectos de su existencia. Si el cerebro puede actuar de igual manera, empezamos a comprender por qué el brujo fabrica una estructura que evoque el enemigo al que quiere dañar o dibuja el bisonte cuyo rastro quiere descubrir. Con estas maquetas, espera que su inteligencia pase del estado binario al estado analógico, que su conciencia pase del estado ordinario al estado de vigilia superior. Espera que la máquina empiece a funcionar analógicamente, que se produzcan, en el campo silencioso de su cerebro, conexiones ultrarrápidas que le entreguen la realidad total de la cosa representada. Espera, pero no pasivamente. ¿Qué hace? Ha elegido la hora y el lugar en función de enseñanzas antiguas, de tradiciones que son acaso resultado de una suma de ensayos a tientas.
Tal momento de tal noche, por ejemplo, es más favorable que tal otro momento de tal otra noche, tal vez a causa del estado del cielo, de la radiación cósmica, de la disposición de los campos magnéticos, etc. Se coloca en una cierta postura bien determinada. Hace ciertos gestos, una danza particular, pronuncia ciertas palabras, emite sonidos, modula un silbido, etc. Todavía nadie se ha dado cuenta de que podría tratarse de técnicas (embrionarias, vacilantes) destinadas a provocar la puesta en marcha de las máquinas ultrarrápidas contenidas en la parte dormida de nuestro cerebro. Acaso los ritos no son más que conjuntos completos de disposiciones rítmicas capaces de operar una puesta en marcha de estas funciones superiores de la inteligencia. Giros de manivela, en cierto modo, más o menos eficaces. Todo nos inclina a creer que la puesta en marcha de estas funciones superiores, de estos cerebros electrónicos analógicos, exige empalmes mil veces más complicados y sutiles que los que funcionan en el paso del sueño a la lucidez.
Desde los trabajos de Von Frisch, sabemos que las abejas poseen un lenguaje: dibujan en el espacio, en el curso de sus vuelos, figuras matemáticas de una infinita complicación, y así se comunican los informes necesarios para la vida de la colmena. Todo induce a creer que el hombre, para establecer comunicación con sus poderes más elevados, tiene que poner en juego impulsos al menos igualmente complejos, igualmente tenues y ajenos a lo que determinaba habitualmente sus actos intelectuales.
Los rezos y los ritos ante los ídolos, ante las imágenes simbólicas de las religiones, serían, pues, intentos de captar y orientar las energías sutiles (magnéticas, cósmicas, rítmicas, etc.), en vista a la puesta en marcha de la inteligencia analógica que permitiría al hombre conocer la divinidad representada.
Si esto es así, si existen técnicas para obtener del cerebro un rendimiento sin parangón con los resultados de la inteligencia binaria más desarrollada, y si estas técnicas no fueron buscadas hasta hoy más que por los ocultistas, se comprende que la mayoría de los descubrimientos prácticos y científicos de antes del siglo XIX fuesen logrados por aquéllos.
Nuestro lenguaje, al igual que nuestro pensamiento, procede del funcionamiento aritmético, binario, de nuestro cerebro. Clasificamos en sí o no, en positivo o negativo; establecemos comparaciones y sacamos deducciones. Si el lenguaje nos sirve para poner orden en nuestro pensamiento, enteramente ocupado en clasificar, comprenderemos forzosamente que no es un elemento creador exterior, un atributo divino. El lenguaje no añade un solo pensamiento al pensamiento. Si hablo o escribo, freno mi máquina. No puedo describirla más que observándola en movimiento retardado. No expreso, pues, más que mi toma de conciencia binaria del mundo, y aun, solamente, cuando esta conciencia deja de funcionar a la velocidad normal. Mi lenguaje sólo da fe del movimiento retardado de una visión del mundo que limita a su vez el sistema binario. Esta insuficiencia del lenguaje es evidente y vivamente lamentable. Pero, ¿qué decir de la insuficiencia de la propia inteligencia binaria? Se le escapa la existencia interna, la esencia de las cosas. Puede descubrir que la luz es continua y discontinua a la vez, que la molécula del benceno establece entre sus seis átomos relaciones dobles y, no obstante, mutuamente excluyentes: lo admite, pero no puede comprenderlo, no puede adaptar a su propia marcha la realidad de las estructuras profundas que examina. Para llegar a ello, tendría que cambiar de estado, sería preciso que otras máquinas distintas de las normalmente empleadas empezaran a funcionar en el cerebro, y que el razonamiento binario fuere reemplazado por una conciencia analógica que revistiese las formas y asimilara los ritmos inconcebibles de estas estructuras profundas. Sin duda esto se produce en la intuición científica, en la iluminación científica, en la iluminación poética, en el éxtasis religioso y en otros casos que ignoramos. El recurso a la conciencia despierta, es decir, a un estado diferente del estado de vigilia lúcida, constituye el leitmotiv de todas las filosofías antiguas. También es el leitmotiv de los más grandes físicos y matemáticos modernos, para quienes «algo debe de ocurrir en la conciencia humana para que pase del saber al conocimiento».
No es, pues, sorprendente que el lenguaje, que sólo logra referirse a una conciencia del mundo en estado de vigilia lúcido, se oscurezca en cuanto trata de expresar las estructuras profundas, ya sean la luz, la eternidad, el tiempo, la energía, la esencia del hombre, etcétera. Sin embargo, nosotros distinguimos dos clases de oscuridad.
[N del T: En el original se emplean los términos éveil (alerta) y vieille (vigília), atribuyendo a aquél un sentido superior, como un despertar del estado de vigília a otro estado más clarividente]
Una de ellas procede de que el lenguaje es el vehículo de una inteligencia que se aplica a examinar aquellas estructuras sin poder jamás asimilarlas. Es el vehículo de una naturaleza que choca en vano con otra naturaleza. En el mejor de los casos, sólo puede aportar el testimonio de una imposibilidad, el eco de una sensación de impotencia y de destierro. Su oscuridad es real. No es, precisamente, más que oscuridad.
La otra viene de que el hombre, que trata de expresarse, ha conocido, como relámpagos, otro estado de conciencia. Ha vivido un instante en la intimidad de las estructuras profundas. Las ha conocido. Es el místico del tipo san Juan de la Cruz, el sabio iluminado del tipo Einstein, el poeta inspirado del tipo William Blake, el matemático arrobado del tipo Galois, el filósofo visionario del tipo Meyrink.
Al caer de nuevo, el «vidente» no sabe comunicar lo que ha visto. Pero, aun así, expresa la certeza positiva de que el Universo sería manejable si el hombre lograse combinar lo más íntimamente posible el estado de vigilia y el estado de supervigilia. En tal lenguaje aparece algo eficaz, el perfil de un instrumento soberano. Fulcanelli, al hablar del misterio de las catedrales; Wienner, al hablar de la estructura del Tiempo, son oscuros; pero en ellos la oscuridad deja de ser oscuridad: es la señal de que algo brilla al otro lado.
Es indudable que sólo el lenguaje matemático moderno da cuenta de ciertos resultados del pensamiento analógico. Existen, en física y matemáticas, los terrenos de «más allá absoluto» y de los «continuos de medida nula», es decir, medidas sobre universos inconcebibles y, sin embargo, reales. Uno puede preguntarse por qué los poetas no han ido todavía a escuchar, al lado de esta ciencia, el canto de las realidades fantásticas, si no es por temor a tener que reconocer esta evidencia: que el arte mágico vive y medra fuera de sus gabinetes.
Este lenguaje matemático que da fe de la existencia de universos que escapan a la conciencia normalmente lúcida, es el único que está en actividad, en funcionamiento constante.
Los «seres matemáticos», es decir, las expresiones, los signos que simbolizan la vida y las leyes del mundo invisible, del mundo impensable, desarrollan, fecundan, otros «seres». Hablando con propiedad, este lenguaje es la verdadera «lengua verde» de nuestro tiempo.
Sí, la «lengua verde», el argot en el sentido original de esas palabras, en el sentido que se le daba en la Edad Media (y no en el sentido descolorido que le suponen hoy los literatos que quieren creerse «liberados»), volvemos a encontrarlo en la ciencia de vanguardia, en la física matemática, que es, si la miramos de cerca, un desarreglo de la inteligencia admitida, una ruptura, una visión.
(...)
El hombre puede penetrar los secretos, ver la luz, ver la Eternidad, captar las leyes de la energía, incorporar a su marcha interior el ritmo del destino universal, tener un conocimiento sensible de la última convergencia de las fuerzas y, como Teilhard de Chardin, vivir de la vida incomprensible del punto Omega, en el que toda creación se encontrará, al fin del tiempo terrestre, a la vez cumplida, consumada y exaltada. El hombre lo puede todo. Su inteligencia, equipada sin duda desde el origen con un conocimiento infinito, puede, en ciertas condiciones, captar el conjunto de mecanismos de la vida.
El poder de la inteligencia humana enteramente desplegada puede, probablemente, extenderse a la totalidad del Universo. Pero este poder se detiene donde esta inteligencia, llegada al término de su misión, presiente que hay todavía «algo» más allá del Universo. Aquí, la conciencia analógica pierde toda posibilidad de funcionar. En el Universo no hay modelos de lo que está más allá del Universo. Esta puerta infranqueable es la del Reino de Dios. Aceptamos la expresión, en este grado: «Reino de Dios.»
Por haber intentado desbordar el Universo, imaginando un número más grande que todo lo que podría concebirse en el Universo, por haber intentado construir un concepto que el Universo no podría llenar, el genial matemático Cantor naufragó en la locura. Hay una última puerta que la inteligencia analógica no puede abrir. Pocos textos igualan en grandeza metafísica a aquel en que H. P. Lovecraft intenta describir la inconcebible aventura del hombre despierto que logró entreabrir aquella puerta y pretendió deslizarse en el lugar en que reina Dios más allá del infinito...
«Sabía que un tal Randolph Cárter, de Boston, había existido; no podía, empero, saber si aquel Randolph Cárter era él, fragmento o receta de entidad más allá de la Última Puerta, o si era otro. Su "yo" había sido destruido, y, sin embargo, gracias a alguna facultad inconcebible, tenía igualmente conciencia de ser una legión de "yos". Ello si, en un lugar en que estaba abolida la menor noción de existencia individual, podía sobrevivir, bajo cualquier forma, una cosa tan singular. Era como si su cuerpo hubiese sido bruscamente transformado en una de esas imágenes de múltiples miembros y cabezas de los templos hindúes. En un esfuerzo insensato, contemplando esta aglomeración, trataba de separar de ella su cuerpo original... si es que aún podía existir un cuerpo original...
«Durante estas terroríficas visiones, el fragmento de Randolph Cárter que había franqueado la Última Puerta, fue arrancado con horror todavía más profundo y que, esta vez, venía del interior: era una fuerza, una especie de personalidad que bruscamente le plantaba cara y lo rodeaba a la vez, se apoderaba de él, e, incorporándose a su propia esencia, coexistía con todas las eternidades y era contigua a todos los espacios. No había ninguna manifestación visible, pero la percepción de esta entidad y la temible combinación de los conceptos de identidad y de infinitud le producían un terror que le paralizaba. Este terror rebasaba con mucho todos los que, hasta entonces, habían podido sospechar las múltiples facetas de Cárter... Esta entidad era todo en uno y uno en todo, un ser a la vez infinito y limitado, que no pertenecía solamente a un continuo espacio-tiempo, sino que formaba parte integrante del torbellino eterno de fuerzas vitales, del último torbellino sin límites que sobrepasaba tanto las matemáticas como la imaginación. Esta entidad era tal vez aquella que evocan en voz baja algunos cultos secretos de la Tierra y que los espíritus vaporosos de las nebulosas espirales designan con un signo que no se puede transcribir... Y, en un relámpago, proyectado aún más lejos, el fragmento Cárter conoció la superficialidad, la insuficiencia de lo que acababa de experimentar, de esto mismo, de esto mismo...»
Volvamos a nuestro discurso inicial. Nosotros no decimos:
Existe, en la vasta llanura silenciosa del cerebro, una máquina electrónica analógica.
Lo que decimos es:
Así como existen máquinas aritméticas y máquinas analógicas, ¿no cabría imaginar, más allá del funcionamiento de nuestra inteligencia en un estado normal, un funcionamiento en un estado superior? ¿No cabría imaginar poderes de la inteligencia que fuesen del mismo orden que los de la máquina analógica?
Nuestra comparación no debe ser tomada al pie de la letra. Se trata de un punto de partida, de una rampa de lanzamiento hacia regiones de la inteligencia todavía salvajes, todavía apenas exploradas. En estas regiones, la inteligencia empieza tal vez bruscamente a fulgurar, a iluminar las cosas habitualmente ocultas del Universo. ¿Cómo logra pasar a estas regiones en que su propia vida se hace prodigiosa? ¿Mediante qué operaciones se realiza el cambio de fase? No decimos que lo sepamos. Decimos que hay, en los ritos mágicos y religiosos, en la inmensa literatura antigua y moderna consagrada a los momentos singulares, a los instantes fantásticos del espíritu, millares y millares de descripciones fragmentarias que habría que reunir y comparar, y que tal vez evocan un método perdido... o un método venidero.
Es posible que la inteligencia roce a veces, como por azar, la frontera de esas regiones salvajes. Ella pone en marcha, durante una fracción de segundo, las máquinas superiores cuyo zumbido percibe confusamente. Es mi historieta de la relavóte, son todos estos fenómenos llamados «parapsicológicos» cuya existencia tanto nos conturba, son estas extraordinarias y raras llamadas iluminadoras, que la mayoría de los seres aptos conocen una, dos o tres veces en el transcurso de su vida, y, sobre todo, en la edad temprana. Nada queda de ello; apenas el recuerdo.
Cruzar esta frontera (o, como dicen los textos tradicionales: «entrar en el estado despierto») supone mucho más y no me parece que pueda ser fruto de la casualidad. Todo inclina a pensar que aquel paso exige la agrupación y la orientación de un número enorme de fuerzas exteriores e interiores. No es absurdo pensar que estas fuerzas están a nuestra disposición. Sólo nos falta el método. También nos faltaba el método, hace poco tiempo, de liberar la energía nuclear. Pero, sin duda, estas fuerzas están sólo a nuestra disposición si dedicamos a captarlas la totalidad de nuestra existencia. Los ascetas, los santos, los taumaturgos, los videntes, los poetas y los sabios geniales no nos dicen otra cosa. Y es lo que escribe William Temple, poeta americano moderno:
«Ninguna revelación particular es posible, si la misma existencia no es por entero un instrumento de revelación.»
Volvamos, pues, a nuestra comparación. La «investigación operacional» nació durante la Segunda Guerra Mundial. Para que se hiciese sentir la necesidad de tal método, «era necesario que se plantearan problemas que escapasen al sentido común y a la experiencia». Los tácticos tuvieron que acudir, pues, a los matemáticos:
«Cuando una situación, por la complejidad de su estructura aparente y de su evolución visible, no puede dominarse con los medios habituales, se pide a los científicos que traten esta situación igual que tratan, en su especialidad, los fenómenos de la Naturaleza, y que construyan una teoría. Construir la teoría de una situación o de un objeto es imaginar un modelo abstracto de ellos, cuyas propiedades simulen las propiedades del objeto. El modelo es siempre matemático. Por su mediación, las cuestiones concretas se traducen en propiedades matemáticas.»
Se trata del «modelo» de una cosa o de una situación demasiado nueva y demasiado compleja para ser captada en su realidad total por la inteligencia.
«En la investigación operacional fundamental, interesa entonces construir una máquina electrónica analógica, de modo que esta máquina realice el modelo. Entonces se puede, manipulando los botones de reglaje y mirándola funcionar, hallar las respuestas a todas las cuestiones en vista de las cuales ha sido concebido el modelo.»
Estas definiciones han sido extraídas de un boletín técnico. Y son más importantes, para formarse una idea del «hombre despierto», para comprender el espíritu «mágico», que la mayoría de las obras de literatura ocultista. Si traducimos modelo por ídolo o símbolo, y máquina analógica por funcionamiento iluminado del cerebro o estado de hiperlucidez, vemos que el camino más misterioso del conocimiento humano —el que se niegan a admitir los herederos del positivista siglo XIX— es un verdadero y amplio camino. La técnica moderna nos invita a considerarlo como tal.
«La presencia de símbolos, signos enigmáticos y de expresión misteriosa, en las tradiciones religiosas, las obras de arte, los cuentos y las costumbres del folklore, dan fe de la existencia de un lenguaje umversalmente extendido en Oriente y en Occidente y cuya significación transhistórica parece situarse en la raíz misma de nuestra existencia, de nuestros conocimientos y de nuestros valores».
Ahora bien, ¿qué es el símbolo, sino el modelo abstracto de una realidad, de una estructura, que la inteligencia humana no puede dominar enteramente, pero de la cual esboza la «teoría»?
Como el modelo que elabora el matemático partiendo de un objeto o de una situación que escapan al sentido común o a la experiencia, las propiedades del símbolo imitan las propiedades del objeto o de la situación representados así de un modo abstracto, y cuyo aspecto fundamental permanece oculto. Entonces habría que conectar y poner en marcha una máquina electrónica analógica, partiendo de aquel modelo, para que el símbolo descubriese la realidad que contiene y las respuestas a todas las preguntas en vista de las cuales fue concebido. Nosotros creemos que en el hombre existe el equivalente de esta máquina. Ciertas actitudes mentales y físicas aún mal conocidas, pueden provocar su funcionamiento. Todas las técnicas ascéticas, religiosas, mágicas, parecen orientadas a este resultado, y seguramente es esto lo que la tradición, que recorre toda la historia de la Humanidad, expresa al prometer a los sabios el «estado de alerta».
Así, pues, los símbolos son acaso modelos abstractos establecidos desde los orígenes de la Humanidad que piensa, partiendo de los cuales podrían hacérsenos sensibles las estructuras profundas del Universo. Pero, ¡atención! Los símbolos no representan la cosa misma, el fenómeno mismo. También sería erróneo pensar que son pura y simplemente esquematizaciones. En la investigación operacional, el modelo no es un modelo reducido o simplificado de una cosa conocida, sino que es un punto de partida posible para el conocimiento de esta cosa. Es un punto de partida situado fuera de la realidad: situado en el universo matemático. Pero también será preciso que la máquina analógica, construida sobre este modelo, entre en trance electrónico, para que se obtengan las respuestas prácticas. Por esto carecen de interés todas las explicaciones de los símbolos que dan los ocultistas. Éstos trabajan sobre los símbolos como si se tratase de esquemas traducibles por la inteligencia en su estado normal. Como si, desde estos esquemas, se pudiese remontar inmediatamente hacia una realidad. Después de muchos siglos de actuar de esta suerte a base de la Cruz de San Andrés, la cruz gamada y la estrella de Salomón el estudio de las estructuras profundas del Universo no ha avanzado un solo paso por su esfuerzo.
Gracias a la iluminación de su sublime inteligencia, Einstein logró entrever (no captar totalmente, no incorporar ni dominar) la relación espacio-tiempo. Para comunicar su descubrimiento, en el grado en que es inteligiblemente comunicable, y para ayudarse él mismo a remontar hacia su propia visión iluminada, dibuja el signo del triedro de referencia. Este dibujo no es un esquema de la realidad. Es inutilizable en general. Es un «¡levántate y anda!», para el conjunto de los conocimientos fisico-matemáticos. Y aun todo este conjunto puesto en marcha en un cerebro poderoso, no logrará encontrar más que lo que evoca aquel triedro, no pasará al Universo en que juega la ley expresada por aquel signo. Pero, al final de la marcha, se sabrá que aquel Universo existe.
Acaso todos los signos son del mismo orden. La esvástica invertida, o cruz gamada, cuyo origen se pierde en el pasado más remoto, es tal vez el modelo de la ley que rige toda destrucción. Posiblemente cada vez que hay destrucción, en la materia o en el espíritu, el movimiento de las fuerzas se conforma con aquel modelo, como la relación espacio-tiempo se conforma con el triedro.
De la misma manera, nos dice el matemático Eric Temple Bell, la espiral es acaso el «modelo» de la estructura profunda de toda evolución (de la energía, de la vida, de la conciencia). Es posible que, en el «estado de alerta», el cerebro pueda funcionar como la máquina analógica partiendo de un modelo establecido, y que penetre así, partiendo de la esvástica, la estructura universal de la evolución.
Los símbolos, los signos, son, pues, acaso, modelos concebidos por las máquinas superiores de nuestro espíritu, en vista al funcionamiento de nuestra inteligencia en otro estado.
Nuestra inteligencia, en su estado ordinario, trabaja tal vez con su pluma más fina en el dibujo de modelos gracias a los cuales, pasando a un estado superior, podría incorporarse la última realidad de las cosas. Cuando Teilhard de Chardin logra concebir el punto Omega, elabora el «modelo» del punto último de la evolución. Pero, para sentir la realidad de este punto, para vivir en profundidad una realidad tan poco imaginable, para que la conciencia se incorpore esta realidad, asimilándola por entero, en fin, para que la conciencia se convierta ella misma en punto Omega y capte todo lo alcanzable en este punto —sentido último de la vida de la Tierra, destino cósmico del espíritu completo, más allá del fin de los tiempos de nuestro Globo—, para que se realice este paso de la idea al conocimiento, sería preciso que se desarrollase otra forma de inteligencia, llámese inteligencia analógica, llámese iluminación mística, llámese estado de contemplación absoluto.
Así, la idea de Eternidad, la idea de Más Allá del Fin, la idea de Dios, etc., son acaso «modelos» establecidos por nosotros y destinados, en otro dominio de nuestra inteligencia, en la zona habitualmente dormida, a darnos las respuestas en atención a las cuales los hemos elaborado.
Hay que comprender bien que la idea más sublime es tal vez el equivalente del dibujo del bisonte para el brujo de Cromagnon. Se trata de una maqueta. Enseguida, las máquinas analógicas se ponen a funcionar sobre este modelo en la zona secreta del cerebro. El brujo pasa, por trances, a la realidad del mundo bisonte, descubre de golpe todos sus aspectos y puede anunciar el lugar y la hora de la próxima cacería. Esto es magia en su estado más bajo. En el estado más elevado, el modelo no es un dibujo o una estatuilla, ni siquiera un símbolo. Es una idea, es el producto más fino de la más fina inteligencia binaria posible. Esta idea sólo ha sido concebida en vistas de otra etapa de investigación: la etapa analógica, segundo tiempo de toda investigación operacional.
Nos parece claro que la más alta, la más ferviente actividad del espíritu humano consiste en establecer «modelos» destinados a otra actividad del espíritu, mal conocida, difícil de poner en marcha. En este sentido puede decirse: todo es símbolo, todo es signo, todo es evocación de otra realidad.
Esto nos abre las puertas del infinito poder posible del hombre. Contrariamente a lo que creen los simbolistas, no nos da la llave de todas las cosas. Desde la idea de Trinidad, desde la idea de Más Allá del Fin, a la estatuilla pinchada con alfileres del brujo campesino, pasando por la cruz, la esvástica, el rosetón, la catedral, la Virgen María, los «seres matemáticos», los guarismos, etc., todo es modelo o «maqueta» de lo que existe en un Universo diferente de aquel en que la maqueta ha sido concebida. Pero «las maquetas» no son intercambiables: un modelo matemático de presa entregado al calculador electrónico no es comparable a un modelo de cohete supersónico. No todo está en todo. La espiral no está en la cruz. La imagen del bisonte no está en la fotografía con la que actúa el médium, el punto Omega del padre Teilhard no está en el Infierno del Dante, el menhir no está en la catedral, los números de Cantor no están en las cifras del Apocalipsis. Si bien hay maquetas de todo, todas las maquetas no forman un todo desmontable capaz de abrirnos el secreto del Universo.
Si los modelos más poderosos proporcionados a la inteligencia en estado de vigilia superior son modelos sin dimensión, es decir, ideas, hay que abandonar la esperanza de encontrar la maqueta del Universo en la Gran Pirámide o en el pórtico de Notre Dame. Si existe una maqueta del Universo entero, sólo puede existir en el cerebro humano, en la extrema punta de la más sublime de las inteligencias. Pero, ¿es que el Universo no puede tener otros recursos más que el hombre? Si el hombre es un infinito, ¿no puede ser el Universo el infinito más otra cosa?
Sin embargo, el descubrimiento de que todo es maqueta, modelo, signo, símbolo, conduce al descubrimiento de una llave. No la que abre la puerta del misterio insondable, que, o bien no existe, o bien está en manos de Dios. Una llave, no de certeza, sino de actitud. Se trata de hacer funcionar una inteligencia «diferente» de aquella a la que son presentadas las maquetas. Se trata, pues, de pasar del estado de vigilia ordinario al estado de vigilia superior [del pensamiento secuencial al pensamiento trascendente].
Se trata de pasar al estado de alerta. No todo está en todo. Pero velar lo es todo.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Las percepciones sensoriales no siempre responden a la realidad
Escrito por webmaster redplanetaria
domingo, 22 de abril de 2007
Surgen de la combinación, en diferentes áreas cerebrales, de sensación, atención y expectativa.Una investigación desarrollada con macacos ha puesto de manifiesto que la representación sensorial no refleja realmente el mundo externo, sino que confirma algo que previamente se ha pensado. Las percepciones, según esta investigación, surgen de la combinación, en diferentes áreas cerebrales, de sensación, atención y expectativa.
El experimento ha puesto de manifiesto que las neuronas de los macacos se activan cuando el mono “piensa” que los estímulos sensoriales están activos -aunque no lo estén-, mientras que no descargan cuando el mono “piensa” que los estímulos no estan sucediendo, aún cuando sí ocurran.
Los investigadores Ranulfo Romo y Víctor de Lafuente, del Howard Hughes Medical Institute (HHMI, han descubierto que la percepción de algo que se toca puede depender tanto de la memoria, la atención y la expectativa, como del estímulo mismo, informa el HHMI.
Los investigadores han llegado a esta conclusión a partir de un experimento con macacos que ha demostrado que las percepciones táctiles se relacionan con la actividad en el lóbulo frontal, una región cerebral que asimila diversos tipos de información nerviosa. Los resultados del experimento han sido publicados por la revista Nature Neuroscience.
Uno de los retos más complejos de la neurología es comprender cómo el cerebro convierte la información que nos llega de los sentidos en experiencias perceptivas completas. Se sabe que las cortezas sensoriales son las primeras áreas del cerebro que procesan la información sensorial que recibimos, pero se han descubierto otras zonas del cerebro que también están implicadas en estos procesos.
El neurólogo Mariano Sigman, investigador de Neurociencias del Institut National de la Santé et de la Recherche Médicale (Paris) y autor del libro El breve lapso entre el huevo y la gallina, ha señalado en una entrevista para Tendencias21 que realmente existe una comunicación entre todas las áreas cerebrales que procesan la información que recibimos de los sentidos.
Estas áreas están conectadas de una manera directa gracias a los axones (prolongaciones de las células nerviosas a través de las que viajan los impulsos nerviosos), que posibilitan la comunicación entre áreas del cerebro que procesan información distinta, y también gracias a determinados centros de información (en inglés “hubs”) en los que la información converge.
Sigman señala que es probable además que, aunque la corteza cerebral sea la región que más información sensorial procese, el procesamiento de datos se da también gracias a estados dinámicos y extendidos en el cerebro, capaces de hacer de puente de la información de una región cerebral a las otras.
Respuesta al tacto
El experimento del HHMI se realizó con estímulos táctiles eléctricos aplicados a los macacos. Cuando tocamos cualquier objeto, su estímulo en la piel activa un impulso que en primer lugar viaja a un área superior del cerebro llamada corteza somatosensorial primaria (S1). La información luego se mueve a otras partes del cerebro, donde puede contribuir a la memoria, a la toma de decisiones y a las salidas motoras. ¿Pero cuáles son estas regiones que trabajan a la par con la corteza somatosensorial primaria para que desarrollemos una percepción sensorial completa?
Romo y de Lafuente tocaron las yemas de los dedos de los monos con un estímulo indoloro que a veces vibraba y a veces no. La intensidad de esta vibración variaba, por lo que a veces era fácil para los monos indicar que la vibración estaba activada, mientras que otras veces las vibraciones eran tan débiles que los monos no siempre las podían detectar. Los monos fueron entrenados para que pudieran indicarles a los investigadores si el estímulo estaba vibrando o estaba quieto, y eran recompensados con comida cuando acertaban.
Las neuronas de la corteza somatosensorial primaria reaccionaban proporcionalmente con la fuerza del estímulo. Si la vibración era más intensa, las neuronas de esta región cerebral se activaban más rápidamente. Pero la actividad de las neuronas S1 no se relacionaba con las respuestas comportamentales de los monos, es decir, que no dependía de ellas que los monos reaccionaran conscientemente al estímulo o no.
Otras regiones implicadas
Romo y de Lafuente registraron entonces la actividad neuronal de la llamada corteza premotora media (CPM), una región del lóbulo frontal del cerebro que se sabe está involucrada en la toma de decisiones sobre la información sensorial.
La actividad de esta área sí reflejó las respuestas subjetivas de los monos a la sonda vibrante. Las neuronas de la CPM respondían de una manera absoluta, y se activaban cuando el mono “pensaba” que las vibraciones estaban presentes -aunque no lo estuvieran- y no descargaban cuando el mono “pensaba” que las vibraciones no estaban sucendiendo, aún cuando sí ocurrían.
Estos resultados indican que las percepciones de los monos no surgen de la actividad cerebral en la corteza sensorial misma, sino de la actividad en el lóbulo frontal de la CPM, lo que implica que esta región cerebral es capaz de combinar memoria, atención y la información que le llega de las áreas sensoriales del cerebro, para relacionar este cúmulo de datos con la actividad del aparato motor: los monos muestran físicamente lo que piensan que está pasando en sus dedos.
Para comprender mejor la relación de la CPM con las percepciones de los monos, los investigadores utilizaron un electrodo para aplicar un estímulo eléctrico débil a las neuronas de la CPM. Encontraron que la estimulación de estas neuronas hacía que fuera más probable que los monos que habían percibido una vibración respondieran, ya sea que estuviera ocurriendo el estímulo vibrante o no.
Relación entre percepción y respuesta
Según Sigman, en la actualidad se conocen más de 30 regiones en las que el cerebro procesa la información visual, aunque afirma que debe haber muchas más. Entre todas establecen un mapa del mundo procesando a la vez distintos tipos de información, como el color, la textura o el movimiento de los objetos que nos rodean. Toda esta información se compila de manera que para nosotros tenga sentido y resulte útil: la gran cantidad de estímulos conlleva sus respuestas determinadas (es decir, recibimos en presente y reaccionamos), con la consecuente satisfacción de cualquier objetivo.
El experimento de Romo y de Lafuente ha determinado ahora que las neuronas de la CPM se activaban incluso antes de que los estímulos tocaran las yemas de los dedos de los monos, lo que implica que el mono “esperaba” el estímulo y que las neuronas se anticipaban a éste atendiendo a la expectativa más que a la realidad.
La conclusión de los investigadores es que las percepciones surgen de la combinación, en áreas de un orden cerebral superior, de sensación, atención y expectativa. Según Romo, la representación sensorial es, de hecho, la confirmación de algo que ya se ha pensado.
La cuestión es, si el cerebro es capaz de adelantar el efecto de un estímulo gracias a la memoria, esto supone que, de alguna forma, el conocimiento del cerebro puede preceder a los propios estímulos.
Según Sigman, hay una infinidad de preguntas que ya no nos hacemos porque esperamos que la realidad se comporte de un modo determinado: el techo de nuestra casa no se va a caer porque después de miles de días en mi casa el techo no se ha caído, es decir, construimos un mundo donde lo que sucede mil veces sucederá una vez más. El cerebro reacciona, por tanto, no sólo en función de los estímulos que recibe en el “ahora”, sino también en función de lo que acostumbra a sucedernos en determinadas situaciones.
Un nuevo modelo del mundo
Por el contrario, cuando sucede algo inesperado hay una doble reacción, señala Sigman: la primera es que dirigimos la acción desde el estimulo y no desde las premisas. La segunda es que seguimos con nuestro aprendizaje y modificamos consecuentemente nuestro mapa del mundo.
Según Sigman, se puede decir que la estructura del cerebro está compuesta de muchos mapas que forman un meta-mapa. Aún no conocemos esta cartografía cerebral, pero en el intento de atraparla nos encontramos que nosotros mismos formamos parte de ella. El error de todos los experimentos que se han hecho hasta la fecha es, a su modo de ver, que a partir de ellos se generan modelos del cerebro con escasas dimensiones.
Tal como explica Sigman, "la imagen del cerebro es el cerebro mismo y no creo que podamos generar una representación mucho mas compacta que capture toda su integridad. Modelos mucho mas simples, de flujos que se cruzan, con jerarquías, selecciones, una rama perceptiva y otra de acción, con un sistema encima de todo esto que determine las emociones, se han hecho a montones. Ya lo he escrito en algún otro lado (ver Plos Biology), pero hay unos cuantos científicos que sugieren, sin demasiada parodia, que un cerebro incapaz de entenderse a si mismo puede ser una gran gesta evolutiva".
La realidad es que el cerebro se enfrenta continuamente a una cantidad ingente de estímulos, entre ellos los de los estados internos de cada individuo, aunque muy pocos experimentos han medido hasta la fecha esos estados subjetivos.
Cómo procesa (incluso selecciona) y reacciona el cerebro a todos ellos parece ser algo de una inmensa complejidad. Mientras lo vamos desentrañando, el cerebro sigue funcionando a pesar de nuestra ignorancia. El órgano que supuestamente nos da la conciencia sabe más que nosotros.
Por Yaiza Martínez.
domingo, 22 de abril de 2007
Surgen de la combinación, en diferentes áreas cerebrales, de sensación, atención y expectativa.Una investigación desarrollada con macacos ha puesto de manifiesto que la representación sensorial no refleja realmente el mundo externo, sino que confirma algo que previamente se ha pensado. Las percepciones, según esta investigación, surgen de la combinación, en diferentes áreas cerebrales, de sensación, atención y expectativa.
El experimento ha puesto de manifiesto que las neuronas de los macacos se activan cuando el mono “piensa” que los estímulos sensoriales están activos -aunque no lo estén-, mientras que no descargan cuando el mono “piensa” que los estímulos no estan sucediendo, aún cuando sí ocurran.
Los investigadores Ranulfo Romo y Víctor de Lafuente, del Howard Hughes Medical Institute (HHMI, han descubierto que la percepción de algo que se toca puede depender tanto de la memoria, la atención y la expectativa, como del estímulo mismo, informa el HHMI.
Los investigadores han llegado a esta conclusión a partir de un experimento con macacos que ha demostrado que las percepciones táctiles se relacionan con la actividad en el lóbulo frontal, una región cerebral que asimila diversos tipos de información nerviosa. Los resultados del experimento han sido publicados por la revista Nature Neuroscience.
Uno de los retos más complejos de la neurología es comprender cómo el cerebro convierte la información que nos llega de los sentidos en experiencias perceptivas completas. Se sabe que las cortezas sensoriales son las primeras áreas del cerebro que procesan la información sensorial que recibimos, pero se han descubierto otras zonas del cerebro que también están implicadas en estos procesos.
El neurólogo Mariano Sigman, investigador de Neurociencias del Institut National de la Santé et de la Recherche Médicale (Paris) y autor del libro El breve lapso entre el huevo y la gallina, ha señalado en una entrevista para Tendencias21 que realmente existe una comunicación entre todas las áreas cerebrales que procesan la información que recibimos de los sentidos.
Estas áreas están conectadas de una manera directa gracias a los axones (prolongaciones de las células nerviosas a través de las que viajan los impulsos nerviosos), que posibilitan la comunicación entre áreas del cerebro que procesan información distinta, y también gracias a determinados centros de información (en inglés “hubs”) en los que la información converge.
Sigman señala que es probable además que, aunque la corteza cerebral sea la región que más información sensorial procese, el procesamiento de datos se da también gracias a estados dinámicos y extendidos en el cerebro, capaces de hacer de puente de la información de una región cerebral a las otras.
Respuesta al tacto
El experimento del HHMI se realizó con estímulos táctiles eléctricos aplicados a los macacos. Cuando tocamos cualquier objeto, su estímulo en la piel activa un impulso que en primer lugar viaja a un área superior del cerebro llamada corteza somatosensorial primaria (S1). La información luego se mueve a otras partes del cerebro, donde puede contribuir a la memoria, a la toma de decisiones y a las salidas motoras. ¿Pero cuáles son estas regiones que trabajan a la par con la corteza somatosensorial primaria para que desarrollemos una percepción sensorial completa?
Romo y de Lafuente tocaron las yemas de los dedos de los monos con un estímulo indoloro que a veces vibraba y a veces no. La intensidad de esta vibración variaba, por lo que a veces era fácil para los monos indicar que la vibración estaba activada, mientras que otras veces las vibraciones eran tan débiles que los monos no siempre las podían detectar. Los monos fueron entrenados para que pudieran indicarles a los investigadores si el estímulo estaba vibrando o estaba quieto, y eran recompensados con comida cuando acertaban.
Las neuronas de la corteza somatosensorial primaria reaccionaban proporcionalmente con la fuerza del estímulo. Si la vibración era más intensa, las neuronas de esta región cerebral se activaban más rápidamente. Pero la actividad de las neuronas S1 no se relacionaba con las respuestas comportamentales de los monos, es decir, que no dependía de ellas que los monos reaccionaran conscientemente al estímulo o no.
Otras regiones implicadas
Romo y de Lafuente registraron entonces la actividad neuronal de la llamada corteza premotora media (CPM), una región del lóbulo frontal del cerebro que se sabe está involucrada en la toma de decisiones sobre la información sensorial.
La actividad de esta área sí reflejó las respuestas subjetivas de los monos a la sonda vibrante. Las neuronas de la CPM respondían de una manera absoluta, y se activaban cuando el mono “pensaba” que las vibraciones estaban presentes -aunque no lo estuvieran- y no descargaban cuando el mono “pensaba” que las vibraciones no estaban sucendiendo, aún cuando sí ocurrían.
Estos resultados indican que las percepciones de los monos no surgen de la actividad cerebral en la corteza sensorial misma, sino de la actividad en el lóbulo frontal de la CPM, lo que implica que esta región cerebral es capaz de combinar memoria, atención y la información que le llega de las áreas sensoriales del cerebro, para relacionar este cúmulo de datos con la actividad del aparato motor: los monos muestran físicamente lo que piensan que está pasando en sus dedos.
Para comprender mejor la relación de la CPM con las percepciones de los monos, los investigadores utilizaron un electrodo para aplicar un estímulo eléctrico débil a las neuronas de la CPM. Encontraron que la estimulación de estas neuronas hacía que fuera más probable que los monos que habían percibido una vibración respondieran, ya sea que estuviera ocurriendo el estímulo vibrante o no.
Relación entre percepción y respuesta
Según Sigman, en la actualidad se conocen más de 30 regiones en las que el cerebro procesa la información visual, aunque afirma que debe haber muchas más. Entre todas establecen un mapa del mundo procesando a la vez distintos tipos de información, como el color, la textura o el movimiento de los objetos que nos rodean. Toda esta información se compila de manera que para nosotros tenga sentido y resulte útil: la gran cantidad de estímulos conlleva sus respuestas determinadas (es decir, recibimos en presente y reaccionamos), con la consecuente satisfacción de cualquier objetivo.
El experimento de Romo y de Lafuente ha determinado ahora que las neuronas de la CPM se activaban incluso antes de que los estímulos tocaran las yemas de los dedos de los monos, lo que implica que el mono “esperaba” el estímulo y que las neuronas se anticipaban a éste atendiendo a la expectativa más que a la realidad.
La conclusión de los investigadores es que las percepciones surgen de la combinación, en áreas de un orden cerebral superior, de sensación, atención y expectativa. Según Romo, la representación sensorial es, de hecho, la confirmación de algo que ya se ha pensado.
La cuestión es, si el cerebro es capaz de adelantar el efecto de un estímulo gracias a la memoria, esto supone que, de alguna forma, el conocimiento del cerebro puede preceder a los propios estímulos.
Según Sigman, hay una infinidad de preguntas que ya no nos hacemos porque esperamos que la realidad se comporte de un modo determinado: el techo de nuestra casa no se va a caer porque después de miles de días en mi casa el techo no se ha caído, es decir, construimos un mundo donde lo que sucede mil veces sucederá una vez más. El cerebro reacciona, por tanto, no sólo en función de los estímulos que recibe en el “ahora”, sino también en función de lo que acostumbra a sucedernos en determinadas situaciones.
Un nuevo modelo del mundo
Por el contrario, cuando sucede algo inesperado hay una doble reacción, señala Sigman: la primera es que dirigimos la acción desde el estimulo y no desde las premisas. La segunda es que seguimos con nuestro aprendizaje y modificamos consecuentemente nuestro mapa del mundo.
Según Sigman, se puede decir que la estructura del cerebro está compuesta de muchos mapas que forman un meta-mapa. Aún no conocemos esta cartografía cerebral, pero en el intento de atraparla nos encontramos que nosotros mismos formamos parte de ella. El error de todos los experimentos que se han hecho hasta la fecha es, a su modo de ver, que a partir de ellos se generan modelos del cerebro con escasas dimensiones.
Tal como explica Sigman, "la imagen del cerebro es el cerebro mismo y no creo que podamos generar una representación mucho mas compacta que capture toda su integridad. Modelos mucho mas simples, de flujos que se cruzan, con jerarquías, selecciones, una rama perceptiva y otra de acción, con un sistema encima de todo esto que determine las emociones, se han hecho a montones. Ya lo he escrito en algún otro lado (ver Plos Biology), pero hay unos cuantos científicos que sugieren, sin demasiada parodia, que un cerebro incapaz de entenderse a si mismo puede ser una gran gesta evolutiva".
La realidad es que el cerebro se enfrenta continuamente a una cantidad ingente de estímulos, entre ellos los de los estados internos de cada individuo, aunque muy pocos experimentos han medido hasta la fecha esos estados subjetivos.
Cómo procesa (incluso selecciona) y reacciona el cerebro a todos ellos parece ser algo de una inmensa complejidad. Mientras lo vamos desentrañando, el cerebro sigue funcionando a pesar de nuestra ignorancia. El órgano que supuestamente nos da la conciencia sabe más que nosotros.
Por Yaiza Martínez.
La religión parece responder a patrones neuronales
Por Óscar Castro García.
Autores como Persinger, Newberg, D´Aquilli o Hamer han buscado las raíces biológicas de lo religioso. La llamada neuroteología o neurología mística o religiosa (estudiada en España, entre otros muchos, por neurólogos como F. J. Rubia o Francisco Mora) es hoy una temática científica que responde a evidencias objetivas y no tiene nada que ver con todo aquello que pudiéramos calificar en general como “esotérico”. Evidencias científico-neurológicas permiten constatar que las representaciones y emociones religiosas (y, más ampliamente, conectadas con lo metafísico, lo filosófico, lo cósmico …) se producen neuronalmente por activación de ciertas localizaciones corticales precisas entre los lóbulos frontales, temporales y el sistema límbico.
Hoy en día se han buscado incluso las bases genéticas que estarían en la raíz evolutiva de los comportamientos religiosos. En todo caso, lo que estos hechos neurológicos, e incluso genéticos, muestran, es que lo religioso ha sido y sigue siendo un importante factor que inevitablemente se plantea siempre en la vida, acabando por aflorar, y obligándonos a tomar ante el una decisión personal.
En principio hubiera podido suponerse desde el principio que, si el comportamiento humano responde siempre a patrones neuronales, también el comportamiento religioso debiera tener sus estructuras neurales propias. Lo que hubiera podido ser una expectativa científica ha sido hoy comprobado en los estudios de neurología empírica.
Cuando el hombre piensa en lo filosófico, en lo metafísico, en lo religioso y se ve embarcado en emociones que lo conectan místicamente con la Unidad del Universo, se activan en su cerebro ciertas áreas y estructuras que recibidos por herencia de la especie. Estas funciones han sido construidas poco a poco desde la evolución del hombre primitivo y pueden estar activadas o inhibidas en el hombre actual: pero están siempre ahí y pueden dispararse en cualquier momento activadas por las circusntancias de la vida.
¿Responden estas estructuras neurales a la verdad?
¿Muestran que efectivamente Dios existe?
Evidentemente que no. Podrían ser un error programado por necesidad adaptativa. Pero también podrían responder a la realidad mistérica y trascendente de un Dios realmente existente. En todo caso, lo que estos hechos neurológicos, e incluso genéticos, muestran, es que lo religioso ha sido y sigue siendo un importante factor que inevitablemente se plantea siempre en la vida, acabando por aflorar, y obligándonos a tomar ante el una decisión personal.
El gen de Dios de Dean Hamer
El profesor Dean Harner es director de la Unidad de Regulación de la estructura genética en el National Cancer Institute de Bethseda. Según Hamer, la espiritualidad responde a un mecanismo biológico, comparable al mecanismo que rige el canto de los pájaros, aunque más complejo.
Existe una predisposición genética a la autotranscendencia, a través de una proteína llamada VMAT2, que está involucrada en la rotura, a través del MAO (monoamino oxidasa: enzima que rompe las monoaminas después de su liberación sináptica) y en el transporte de monoaminas vesiculares. Éstas son neurotransmisores que contribuyen a la sensibilidad emocional.
De esta manera influye en las capacidades cognitivas con diversos tipos de tipos de conciencia que constituyen la base de las experiencias espirituales. Según Hamer la VMAT2 está relacionada, primero, con el olvido se si mismo y por tanto de la transcendencia del espacio-tiempo; segundo, con la identificación transpersonal y tercero con el misticismo o el sentido de lo sagrado y la captación de realidades inefables.
Algunos teólogos como John Polkinghome, rechazan la tesis de Hamer aludiendo un reduccionismo genético darwinista que va “en contra de mis convicciones teológicas personales” según testimonió públicamente. Pienso que Polkinghome cae en la trampa de la que habla Sam Harris, ya que ha de ser el método científico el que ofrezca respuesta interpretativa a la actividad cerebral que permite las experiencias místicas.
Hamer también alude a la experiencia personal y al influjo cultural para la experiencia mística. Esto lo corrobora un estudio del McGovern Institute for Brain Research del Massachussets Institute of Technology (MIT) que ha realizado un equipo de investigadores de la Stony Brook University de NY, del MIT y de la Standford University de California. En pocas palabras, el nivel de identificación que tenemos con la cultura que hemos vivido no sólo condiciona nuestros pensamientos, sino que también rige los patrones de actividad neuronal.
Los experimentos realizados con personas de ámbitos culturales opuestos (occidental americano versus extremo oriental) han determinado que la construcción social de la realidad que compartimos de forma memética (injertada y ajena a nuestra realidad) a lo largo de nuestra vida produce la actividad de nuestro cerebro. Los occidentales, por ejemplo no estamos tan acostumbrados a las actividades interdependientes como los orientales, y los orientales no tienen tan desarrollado su capacidad de actuar autónomamente, con independencia y libertad.
La exploración realizada a través de fRMI en sujetos experimentados con tareas visuoespaciales registró actividad en las regiones frontal y parietal del cerebro, zonas directamente asociadas al control de la atención. Dicha actividad era mayor durante la emisión de juicios no-preferidos culturalmente que durante la emisión de juicios preferidos culturalmente.
De esta forma se ha llegando a la conclusión de que cuanto más identificado está uno con su recorte psicológico del inconsciente colectivo, mayor es la dificultad de salirse de dicho recorte. Es un fenómeno que viene asociado a la supervivencia, en cuanto que la cultura propia, en el medio inmediato que le envuelve, lo identifica como persona y le permite reforzarse para sobrevivir en un medio hostil.
Pero, como señala Francisco J. Rubia, de la Universidad Complutense de Madrid, si la cultura es un subproducto del cerebro, y estamos de acuerdo en que el cerebro está hecho para la supervivencia, y si el cerebro genera un “yo social” para sobrevivir, entonces, ¿cómo sobrevive el individuo si lo despojas de este “yo”?
Los operadores cognitivos de Andrew Newberg y Eugene D'Aquili
En su libro Why God won't go away. Brain Sciene and Biology of Belief, Newberg y D'Aquili, de la Universidad de Pennsylvania, señalaban en primer lugar una zona cerebral (sección posterior del lóbulo parietal) a la que nombran “Área de Orientación y Asociación” (OAA), fundamental en la orientación física del espacio, en la consideración de ángulos y distancias; siendo de suma importancia en su desarrollo para los pilotos de aviones y aeroplanos.
¿Qué ocurre si el OAA no recibe información para activarse? Si no hay información que fluya a través de los sentidos, el Área de Orientación y Asociación no es capaz de encontrar fronteras. Entonces, ¿dónde se encuentra el límite físico del Self y del mundo exterior? No existe. En ese caso el cerebro no tiene otra opción que percibir que el “yo” es interminable e íntimamente ligado a todo de forma inevitable.
Es cierto que pueden existir lesiones en el OAA que provoquen esta experiencia. Pero, ¿qué ocurre cuando es una experiencia autoinducida por uno mismo a través de un serio trabajo de largos años de meditación? O quizá provenientes de muchas horas de oración, como aparecería en los datos del estudio realizado por Newberg y D'Aquili. Estas experiencias serían las que podrían llamarse de identificación transpersonal, según la escala de Hamer.
Newberg y D'Aquili consideran que existen cuatro áreas de asociación que manifiestan un protagonismo especial en las experiencias religiosas profundas:
- Área de Asociación Visual
- Área de Orientación y Asociación
- Área de Atención y Asociación
- Área Verbal-Conceptual de Asociación, o “TPO junction” porque se situa en el punto de contacto de los lóbulos Temporal, Parietal y Occipital.
De hecho, el lóbulo temporal merece mucha atención en estudios de estados mentales singulares relacionados con la mística y los estados alterados de la conciencia (ASC). Tal como lo planteó Michael Persinger, la amígdala y el hipocampo están asociados con el sentido del “yo” en relación con el espacio-tiempo y sus límites, de acuerdo con su memoria y sus afecciones primarias.
Persinger también postula la existencia en el lóbulo temporal de patrones de descarga transitorios de las células nerviosas que provocan el fenómeno de “kindling”. También postula que la inestabilidad de esta excitación puede provocar experiencias alucinatorias, como la impresión de estar fuera del cuerpo o sensaciones vestibulares, o auditivas (la escucha de Dios, o la hipótesis del genio maligno de Descartes), sea el paciente creyente o agnóstico. Sus interpretaciones vendrán configuradas por el contexto cultural en que está envuelto el individuo o paciente en que esto sucede.
También Newberg y D'Aquili llegan a decir que la mente es “mística por defecto” en el sentido de que se obtienen experiencias religiosas combinando el sistema vegetativo, el límbico y las funciones analíticas del cerebro. El sistema vegetativo combina la acción vegetativa-sinpática (fundamentalmente desveladora) con la parasimpática (relajadora o quiescente). Eso ofrece estados de “hiperquiescencia” o quietud, “hiperdespertar”; o gran activación “hiperquiescente” con irrupción de despertar; o “hiperdespertar” con irrupción de quiescencia. Y todo esto se complementa con los estados emocionales dependientes del sistema límbico (concretamente con la amígdala e hipocampo) muy relacionados con la memoria.
Operadores cognitivos
También ha hecho referencia a que existen estructuras neurales que, actuando simultáneamente proceden como algoritmos para ordenar la percepción de la realidad y se activan especialmente en la generación de experiencias místicas. Se denominan “operadores cognitivos” y son las siguientes:
1. Operador holístico: permite ver el mundo como una totalidad. Es posible que esta capacidad mental nazca de la actividad parietal del hemisferio derecho. Un ejemplo sería ver el reloj de agujas.
2. Operador reduccionista: Responde primariamente a la actividad del hemisferio izquierdo. Representa la antítesis de la función holística. Permite dividir el conjunto en partes. Representa la capacidad analítica. Un ejemplo sería ver las agujas del reloj.
3. Operador abstractor: Es el taxonomista mental. Probablemente activado desde el lóbulo parietal del hemisferio izquierdo. Permite la formación de conceptos a partir de la observación de las partes individualizadas. La abstracción para formar conceptos es la base de la generación de la cultura de las ideas.
4. Operador cuantitativo: Es la mente calculadora. Cuantifica el mundo real y también calcula los elementos de supervivencia (distancias, número de elementos, etc.).
5. Operador binario: Esto contra aquello. Capacidad de organizar el mundo físico y sus relaciones. Facultad de elaboración de opiniones y similitudes entre las piezas de la realidad. Está relacionado con la parte inferior del lóbulo parietal, ya que las lesiones en dicha zona impiden realizar estas funciones.
6. Operador existencial: Función de la mente que ofrece la sensación de vivir, de existir o de realidad a través de la información procesada por el cerebro. Nos informa de que lo percibido es real. Probablemente relacionado con el sistema límbico, que nos capacita para asumir emocionalmente la realidad.
7. Operador de valor emocional: El sentimiento consecuente. Asigna los valores emocionales a cada elemento de la percepción y del conocimiento. Este operador preside también nuestro mundo intencional.
Imperativos cognitivos
La actuación de todos estos operadores genera lo que denominan “Imperativos cognitivos”. En éstos se encuentran los significados de los mitos y la simbólica metafísica tan importantes para todas las culturas. Son básicos para la interpretación de la realidad y los problemas metafísicos de sentido que esta realidad suscita. De esta manera minimizamos la ansiedad que genera nuestra existencia y la convivencia en un mundo incógnito.
Los mitos, traducidos en doctrinas y prácticas rituales, constituyen arquitecturas mentales imprescindibles sin las cuales no es posible vivir para la mayoría de los huque manos. Este fundamento es el que permite que la creación del mito o mito-cultura sea un producto de la mente humana orientada al propósito de la supervivencia del individuo y del colectivo humano.
La congruencia entre el mito y la supervivencia del “yo” se fundamenta en la estructura de la actividad cerebral. Los operadores causal y binario son los que intervienen en el origen de la interpretación de los orígenes de los fenómenos, de las responsabilidades y en la delimitación de los contrarios, cosa que permite poner orden en la ambigüedad de muchos datos de la realidad.
Para que sobreviva la experiencia cognitiva que produce el mito ha de sobrevivir también la transmisión por vía cultural; y esto se hace en forma narrativa, representacional (generador del mundo simbólico) y vivencial (el rito y la normativa socio-cultural). Los lóbulos frontales serían entonces los que capacitarían a los humanos para la creación de una realidad simbólica que sustentaría el equilibrio de la mente y de la conducta adaptativa al medio.
Newberg y D'Aquili, descubrieron que, cuando se alcanza un estado de meditación profunda, las regiones del cerebro que regulan la construcción de la propia identidad se desactivan. De este modo el practicante de meditación pierde el sentido del propio yo individual, produciéndose un estado de “paradoxicalidad”: no existen límites entre él mismo y todo lo demás; supera las dualidades y se integra en una totalidad única transcendente.
Eso se traduce en una caída de la actividad del área de orientación del lóbulo parietal (que procesa toda la información sobre el espacio y la ubicación del cuerpo físico en él) y en un aumento de la actividad de la región prefrontal dorsolateral de manera inusual. Las imágenes fueron obtenidas a través de tomografía computerizada por emisión de un solo fotón (SPECT).
Óscar Castro García, de la Universidad Autónoma de Barcelona
Autores como Persinger, Newberg, D´Aquilli o Hamer han buscado las raíces biológicas de lo religioso. La llamada neuroteología o neurología mística o religiosa (estudiada en España, entre otros muchos, por neurólogos como F. J. Rubia o Francisco Mora) es hoy una temática científica que responde a evidencias objetivas y no tiene nada que ver con todo aquello que pudiéramos calificar en general como “esotérico”. Evidencias científico-neurológicas permiten constatar que las representaciones y emociones religiosas (y, más ampliamente, conectadas con lo metafísico, lo filosófico, lo cósmico …) se producen neuronalmente por activación de ciertas localizaciones corticales precisas entre los lóbulos frontales, temporales y el sistema límbico.
Hoy en día se han buscado incluso las bases genéticas que estarían en la raíz evolutiva de los comportamientos religiosos. En todo caso, lo que estos hechos neurológicos, e incluso genéticos, muestran, es que lo religioso ha sido y sigue siendo un importante factor que inevitablemente se plantea siempre en la vida, acabando por aflorar, y obligándonos a tomar ante el una decisión personal.
En principio hubiera podido suponerse desde el principio que, si el comportamiento humano responde siempre a patrones neuronales, también el comportamiento religioso debiera tener sus estructuras neurales propias. Lo que hubiera podido ser una expectativa científica ha sido hoy comprobado en los estudios de neurología empírica.
Cuando el hombre piensa en lo filosófico, en lo metafísico, en lo religioso y se ve embarcado en emociones que lo conectan místicamente con la Unidad del Universo, se activan en su cerebro ciertas áreas y estructuras que recibidos por herencia de la especie. Estas funciones han sido construidas poco a poco desde la evolución del hombre primitivo y pueden estar activadas o inhibidas en el hombre actual: pero están siempre ahí y pueden dispararse en cualquier momento activadas por las circusntancias de la vida.
¿Responden estas estructuras neurales a la verdad?
¿Muestran que efectivamente Dios existe?
Evidentemente que no. Podrían ser un error programado por necesidad adaptativa. Pero también podrían responder a la realidad mistérica y trascendente de un Dios realmente existente. En todo caso, lo que estos hechos neurológicos, e incluso genéticos, muestran, es que lo religioso ha sido y sigue siendo un importante factor que inevitablemente se plantea siempre en la vida, acabando por aflorar, y obligándonos a tomar ante el una decisión personal.
El gen de Dios de Dean Hamer
El profesor Dean Harner es director de la Unidad de Regulación de la estructura genética en el National Cancer Institute de Bethseda. Según Hamer, la espiritualidad responde a un mecanismo biológico, comparable al mecanismo que rige el canto de los pájaros, aunque más complejo.
Existe una predisposición genética a la autotranscendencia, a través de una proteína llamada VMAT2, que está involucrada en la rotura, a través del MAO (monoamino oxidasa: enzima que rompe las monoaminas después de su liberación sináptica) y en el transporte de monoaminas vesiculares. Éstas son neurotransmisores que contribuyen a la sensibilidad emocional.
De esta manera influye en las capacidades cognitivas con diversos tipos de tipos de conciencia que constituyen la base de las experiencias espirituales. Según Hamer la VMAT2 está relacionada, primero, con el olvido se si mismo y por tanto de la transcendencia del espacio-tiempo; segundo, con la identificación transpersonal y tercero con el misticismo o el sentido de lo sagrado y la captación de realidades inefables.
Algunos teólogos como John Polkinghome, rechazan la tesis de Hamer aludiendo un reduccionismo genético darwinista que va “en contra de mis convicciones teológicas personales” según testimonió públicamente. Pienso que Polkinghome cae en la trampa de la que habla Sam Harris, ya que ha de ser el método científico el que ofrezca respuesta interpretativa a la actividad cerebral que permite las experiencias místicas.
Hamer también alude a la experiencia personal y al influjo cultural para la experiencia mística. Esto lo corrobora un estudio del McGovern Institute for Brain Research del Massachussets Institute of Technology (MIT) que ha realizado un equipo de investigadores de la Stony Brook University de NY, del MIT y de la Standford University de California. En pocas palabras, el nivel de identificación que tenemos con la cultura que hemos vivido no sólo condiciona nuestros pensamientos, sino que también rige los patrones de actividad neuronal.
Los experimentos realizados con personas de ámbitos culturales opuestos (occidental americano versus extremo oriental) han determinado que la construcción social de la realidad que compartimos de forma memética (injertada y ajena a nuestra realidad) a lo largo de nuestra vida produce la actividad de nuestro cerebro. Los occidentales, por ejemplo no estamos tan acostumbrados a las actividades interdependientes como los orientales, y los orientales no tienen tan desarrollado su capacidad de actuar autónomamente, con independencia y libertad.
La exploración realizada a través de fRMI en sujetos experimentados con tareas visuoespaciales registró actividad en las regiones frontal y parietal del cerebro, zonas directamente asociadas al control de la atención. Dicha actividad era mayor durante la emisión de juicios no-preferidos culturalmente que durante la emisión de juicios preferidos culturalmente.
De esta forma se ha llegando a la conclusión de que cuanto más identificado está uno con su recorte psicológico del inconsciente colectivo, mayor es la dificultad de salirse de dicho recorte. Es un fenómeno que viene asociado a la supervivencia, en cuanto que la cultura propia, en el medio inmediato que le envuelve, lo identifica como persona y le permite reforzarse para sobrevivir en un medio hostil.
Pero, como señala Francisco J. Rubia, de la Universidad Complutense de Madrid, si la cultura es un subproducto del cerebro, y estamos de acuerdo en que el cerebro está hecho para la supervivencia, y si el cerebro genera un “yo social” para sobrevivir, entonces, ¿cómo sobrevive el individuo si lo despojas de este “yo”?
Los operadores cognitivos de Andrew Newberg y Eugene D'Aquili
En su libro Why God won't go away. Brain Sciene and Biology of Belief, Newberg y D'Aquili, de la Universidad de Pennsylvania, señalaban en primer lugar una zona cerebral (sección posterior del lóbulo parietal) a la que nombran “Área de Orientación y Asociación” (OAA), fundamental en la orientación física del espacio, en la consideración de ángulos y distancias; siendo de suma importancia en su desarrollo para los pilotos de aviones y aeroplanos.
¿Qué ocurre si el OAA no recibe información para activarse? Si no hay información que fluya a través de los sentidos, el Área de Orientación y Asociación no es capaz de encontrar fronteras. Entonces, ¿dónde se encuentra el límite físico del Self y del mundo exterior? No existe. En ese caso el cerebro no tiene otra opción que percibir que el “yo” es interminable e íntimamente ligado a todo de forma inevitable.
Es cierto que pueden existir lesiones en el OAA que provoquen esta experiencia. Pero, ¿qué ocurre cuando es una experiencia autoinducida por uno mismo a través de un serio trabajo de largos años de meditación? O quizá provenientes de muchas horas de oración, como aparecería en los datos del estudio realizado por Newberg y D'Aquili. Estas experiencias serían las que podrían llamarse de identificación transpersonal, según la escala de Hamer.
Newberg y D'Aquili consideran que existen cuatro áreas de asociación que manifiestan un protagonismo especial en las experiencias religiosas profundas:
- Área de Asociación Visual
- Área de Orientación y Asociación
- Área de Atención y Asociación
- Área Verbal-Conceptual de Asociación, o “TPO junction” porque se situa en el punto de contacto de los lóbulos Temporal, Parietal y Occipital.
De hecho, el lóbulo temporal merece mucha atención en estudios de estados mentales singulares relacionados con la mística y los estados alterados de la conciencia (ASC). Tal como lo planteó Michael Persinger, la amígdala y el hipocampo están asociados con el sentido del “yo” en relación con el espacio-tiempo y sus límites, de acuerdo con su memoria y sus afecciones primarias.
Persinger también postula la existencia en el lóbulo temporal de patrones de descarga transitorios de las células nerviosas que provocan el fenómeno de “kindling”. También postula que la inestabilidad de esta excitación puede provocar experiencias alucinatorias, como la impresión de estar fuera del cuerpo o sensaciones vestibulares, o auditivas (la escucha de Dios, o la hipótesis del genio maligno de Descartes), sea el paciente creyente o agnóstico. Sus interpretaciones vendrán configuradas por el contexto cultural en que está envuelto el individuo o paciente en que esto sucede.
También Newberg y D'Aquili llegan a decir que la mente es “mística por defecto” en el sentido de que se obtienen experiencias religiosas combinando el sistema vegetativo, el límbico y las funciones analíticas del cerebro. El sistema vegetativo combina la acción vegetativa-sinpática (fundamentalmente desveladora) con la parasimpática (relajadora o quiescente). Eso ofrece estados de “hiperquiescencia” o quietud, “hiperdespertar”; o gran activación “hiperquiescente” con irrupción de despertar; o “hiperdespertar” con irrupción de quiescencia. Y todo esto se complementa con los estados emocionales dependientes del sistema límbico (concretamente con la amígdala e hipocampo) muy relacionados con la memoria.
Operadores cognitivos
También ha hecho referencia a que existen estructuras neurales que, actuando simultáneamente proceden como algoritmos para ordenar la percepción de la realidad y se activan especialmente en la generación de experiencias místicas. Se denominan “operadores cognitivos” y son las siguientes:
1. Operador holístico: permite ver el mundo como una totalidad. Es posible que esta capacidad mental nazca de la actividad parietal del hemisferio derecho. Un ejemplo sería ver el reloj de agujas.
2. Operador reduccionista: Responde primariamente a la actividad del hemisferio izquierdo. Representa la antítesis de la función holística. Permite dividir el conjunto en partes. Representa la capacidad analítica. Un ejemplo sería ver las agujas del reloj.
3. Operador abstractor: Es el taxonomista mental. Probablemente activado desde el lóbulo parietal del hemisferio izquierdo. Permite la formación de conceptos a partir de la observación de las partes individualizadas. La abstracción para formar conceptos es la base de la generación de la cultura de las ideas.
4. Operador cuantitativo: Es la mente calculadora. Cuantifica el mundo real y también calcula los elementos de supervivencia (distancias, número de elementos, etc.).
5. Operador binario: Esto contra aquello. Capacidad de organizar el mundo físico y sus relaciones. Facultad de elaboración de opiniones y similitudes entre las piezas de la realidad. Está relacionado con la parte inferior del lóbulo parietal, ya que las lesiones en dicha zona impiden realizar estas funciones.
6. Operador existencial: Función de la mente que ofrece la sensación de vivir, de existir o de realidad a través de la información procesada por el cerebro. Nos informa de que lo percibido es real. Probablemente relacionado con el sistema límbico, que nos capacita para asumir emocionalmente la realidad.
7. Operador de valor emocional: El sentimiento consecuente. Asigna los valores emocionales a cada elemento de la percepción y del conocimiento. Este operador preside también nuestro mundo intencional.
Imperativos cognitivos
La actuación de todos estos operadores genera lo que denominan “Imperativos cognitivos”. En éstos se encuentran los significados de los mitos y la simbólica metafísica tan importantes para todas las culturas. Son básicos para la interpretación de la realidad y los problemas metafísicos de sentido que esta realidad suscita. De esta manera minimizamos la ansiedad que genera nuestra existencia y la convivencia en un mundo incógnito.
Los mitos, traducidos en doctrinas y prácticas rituales, constituyen arquitecturas mentales imprescindibles sin las cuales no es posible vivir para la mayoría de los huque manos. Este fundamento es el que permite que la creación del mito o mito-cultura sea un producto de la mente humana orientada al propósito de la supervivencia del individuo y del colectivo humano.
La congruencia entre el mito y la supervivencia del “yo” se fundamenta en la estructura de la actividad cerebral. Los operadores causal y binario son los que intervienen en el origen de la interpretación de los orígenes de los fenómenos, de las responsabilidades y en la delimitación de los contrarios, cosa que permite poner orden en la ambigüedad de muchos datos de la realidad.
Para que sobreviva la experiencia cognitiva que produce el mito ha de sobrevivir también la transmisión por vía cultural; y esto se hace en forma narrativa, representacional (generador del mundo simbólico) y vivencial (el rito y la normativa socio-cultural). Los lóbulos frontales serían entonces los que capacitarían a los humanos para la creación de una realidad simbólica que sustentaría el equilibrio de la mente y de la conducta adaptativa al medio.
Newberg y D'Aquili, descubrieron que, cuando se alcanza un estado de meditación profunda, las regiones del cerebro que regulan la construcción de la propia identidad se desactivan. De este modo el practicante de meditación pierde el sentido del propio yo individual, produciéndose un estado de “paradoxicalidad”: no existen límites entre él mismo y todo lo demás; supera las dualidades y se integra en una totalidad única transcendente.
Eso se traduce en una caída de la actividad del área de orientación del lóbulo parietal (que procesa toda la información sobre el espacio y la ubicación del cuerpo físico en él) y en un aumento de la actividad de la región prefrontal dorsolateral de manera inusual. Las imágenes fueron obtenidas a través de tomografía computerizada por emisión de un solo fotón (SPECT).
Óscar Castro García, de la Universidad Autónoma de Barcelona
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